Jenaro Fernández (1909-1972), agustino recoleto.

Jenaro Fernández (1909-1972) es una figura clave que llevó a la Recolección Agustiniana a fijar, conocer, promover y divulgar sus orígenes carismáticos tras el Vaticano II. Con la ayuda del historiador recoleto Ángel Martínez Cuesta nos acercamos a este religioso que quería ser amable, sonriente y un misionero diseminador del evangelio: quería ser santo.

“Mi único ideal de vida ha de ser imitar a Jesús, asemejarme a Jesús, ser otro Jesús”.

El 4 de octubre de 1922, con casi 14 años de edad, Jenaro salió de la casa paterna e ingresó en el colegio apostólico (seminario) que los Agustinos Recoletos habían abierto ocho años antes en Ágreda (Soria). De su paso por él no tenemos noticias concretas, aunque algo podemos deducir del reglamento del centro.

La disciplina era severa y dejaba poco tiempo libre. La jornada comenzaba a las 6 de la mañana y concluía a las 8:50 de la noche; entre ambos extremos, casi 15 horas distribuidas entre el estudio (siete horas y cuarto), la oración e instrucción religiosa (dos horas y tres cuartos), las refecciones (1 hora y veinte minutos) y la higiene y el esparcimiento (tres horas y media).

Una intensa vida de piedad, la gimnasia y el recreo, en el que el fútbol comenzaba a reclamar un puesto de privilegio, completaban la formación. La vida de piedad incluía prácticas diarias como la misa, el rosario, la lectura espiritual y la instrucción moral. La confesión era semanal; y cada mes había un día de retiro.

El programa académico, desarrollado en tres cursos, comprendía cinco asignaturas principales (lenguas castellana y latina, aritmética, geografía e historia) y otras cinco secundarias (griego, música, caligrafía, dibujo y urbanidad). Jenaro obtuvo en todas la calificación de meritissimus.

Algo mayor que sus compañeros y con mejores dotes intelectuales, aprobó en un solo año las asignaturas de los dos primeros cursos y fue enviado al noviciado al término del segundo. El 14 de octubre del año 1924 vistió el hábito recoleto. Su maestro de novicios fue fray Pedro Corro, estudioso de la historia de la Orden y enamorado de sus tradiciones.

Sus primeros apuntes espirituales, que datan de este año, reflejan una vida religiosa muy intensa y muestran uno de los rasgos fundamentales de su carácter, la constancia y, al menos en esbozo, muchos de los rasgos de su espiritualidad madura: autocontrol, laboriosidad, aceptación del dolor, custodia de la lengua, horror al pecado, percepción clara del amor de Dios y de su presencia en la vida de cada día…

Con esas intenciones pronunció sus primeros votos el 15 de octubre de 1925 y prosiguió sus estudios en Villaviciosa de Odón (Madrid) y Monachil (Granada). Volvió a obtener las máximas calificaciones. Entre sus formadores hubo religiosos notables: Feliciano de Ocio sería luego prior general; Antonio Rubio fue predicador afamado; y en Monachil volvió a encontrarse con Ricardo Imas, que le había llevado a Ágreda y luego, en Roma, le acompañó en su cantamisa. De él recibió las primeras lecciones de piano, instrumento del que haría uso frecuente en su apostolado.

El 29 de enero de 1930 hizo la profesión solemne. De esos años debe de datar su inscripción en la Liga de Víctimas del Sagrado Corazón, una asociación de personas generosas que ofrecían a Cristo su ser en reparación de las ofensas de la humanidad.

Su figura espiritual se forjó en estos años. Sus líneas se irán purificando y fortaleciendo con el correr del tiempo, pero sus rasgos fundamentales ya saltan a la vista. Del año 1927 datan unas ideas que, con otras palabras, repetirá a lo largo de la vida:

“Mi único ideal de vida ha de ser imitar a Jesús, asemejarme a Jesús, ser otro Jesús, de tal modo que Jesús y yo seamos una misma cosa, un mismo pensar, un mismo querer, un mismo todo”.

A veces, prorrumpe en exclamaciones y se explaya en aspiraciones; pero de ordinario, su innato pragmatismo lo libera de vaguedades y sensiblerías y lo lleva a refugiarse en planes y propósitos concretos.

 

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