Curso de formación permanente para religiosos con más de 50 años de profesión. Roma, octubre 2025.

Del 5 al 27 octubre, 52 recoletos con más de 50 años de profesión religiosa participaron en Ariccia (Roma) de un curso diseñado para su etapa vital como adultos mayores. También participaron en el Jubileo de la Vida Consagrada y de un encuentro de casi 200 miembros de la Familia Agustino-Recoleta. Así fue su experiencia.

Mons. Ángel San Casimiro (Pradejón, La Rioja, España, 1942)

Lo que nos dijeron y nos regalaron fue como una muy buena medicina, fue una experiencia excelente que me servirá para vivir la última etapa de mi vida con mayor ilusión, para seguir sirviendo a la Iglesia unos cuantos años más.

Fue muy gratificante compartir tantas cosas con tantos hermanos cargados de años. Sentí la ilusión de todos ellos para seguir en la lucha. Con las enseñanzas recibidas podré disfrutar de la alegría de entender que todavía puedo transmitir mucha esperanza si pongo en práctica estas enseñanzas recibidas.

José García Corcuera (Redecilla del Campo, Burgos, España, 1949)

Si quisiera resumir lo vivido en Roma, hablaría de entusiasmo, vitalidad, ánimo, realismo, sabiduría, aceptación y convivencia; y de agradecimiento a los organizadores. Ha sido un momento de bendición muy positivo.

Las celebraciones multitudinarias en el Vaticano o el Jubileo de la Vida Consagrada me transmitieron vivencias únicas de experiencia eclesial, de belleza celebrativa y litúrgica. El Encuentro con la Familia Agustino-Recoleta fortaleció mi pertenencia carismática; y las visitas a santuarios agustinianos me aproximaron a fuentes significativas de la espiritualidad agustino-recoleta.

Cada ciclo vital tiene sus características, retos y oportunidades. Hemos analizado la última etapa de la vida con muchos matices y propuestas. Me quedo con una idea central que considero más valiosa: estructurar la vida en torno a un principio unificador que evite estar desparramado, dividido y agobiado, en favor de una mayor sabiduría y paz interior.

Dios y los hermanos deben acaparar todo el interés: es el criterio de discernimiento y decisión. Ante esa perspectiva, se relativizan muchas cosas y se evaporan muchas preocupaciones. Ante las limitaciones, los achaques o la enfermedad cabe una doble postura: sentirse derrotado, abatido, lleno de amargura, o, por el contrario, fortalecer el entusiasmo y la ilusión. La naturaleza, ciertamente, se va deteriorando, pero el espíritu es el que debe renovarse día a día.

La salud física y emocional son importantes, pero si el espíritu toma las riendas mantenemos la alegría y el humor. La edad nos aproxima a un límite que se puede encarar no como un muro, sino como un umbral, una puerta a otras realidades: madurez, tolerancia, misericordia, comprensión, paz, y, en última instancia, a la vida sin fin.

Lo dijo santa Teresa de Calcuta: “Cuando por los años no puedas correr, trota; cuando no puedas trotar, camina; cuando no puedas caminar, usa el bastón, pero… ¡nunca te detengas!”

Jesús Jiménez (Cervera del Río Alhama, La Rioja, España, 1951)

Con buena acogida y fructuosa reconciliación he vivido estos días de formación complementados con el Jubileo de la Vida Consagrada, la Eucaristía con León XIV y el Encuentro de la Familia Agustino-Recoleta: un don maravilloso de Dios.

Salí fortalecido al visitar a santa Mónica en la Basílica de San Agustín, a santa Rita en Casia y a Nuestra Señora del Buen Consejo en Genazzano, con un gozo inmenso que brota del espíritu comunitario. Me ayuda a compartir la fe y el carisma agustino recoleto desde la sinodalidad.

Ahora, con la experiencia de Cristo vivo, quiero ser testigo en el día a día allí donde esté. Hemos caminado juntos en los talleres de formación, comprendiendo mejor este momento de mi vida, aceptando mis limitaciones con entusiasmo y buscando la salud en ese triángulo de nutrición e hidratación + ejercicio mental + ejercicio físico.

He comprendido que la esperanza madura, forjada con caídas y levantadas, con fe y confianza en el Padre. Me ayuda a situarme en la escucha, la compasión y la confianza. La fecundidad, más que de la actividad, depende de esa esperanza madurada. Los pensamientos y las emociones positivas favorecen la salud, promueven el entusiasmo y la alegría de vivir, fortalecen la fe.

También he entendido que la espiritualidad madura al reconocer la fragilidad; si aprendo a mirar con fe y confianza, encuentro fortaleza: cuando soy débil, entonces soy fuerte, todo lo puedo en aquel que me conforta, Él es fiel, siempre me espera.

Se nos ha insistido en ser testigos convincentes de nuestra fe y esperanza para cuantos nos necesitan. He escuchado varias veces en estos días —y antes muchas más— ese “nos hiciste Señor para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”.

Ojalá, pese a mis limitaciones, siga caminando con esta fuerza y gracia, apoyado en la luz de la comunidad. Que aprenda del kintsugi, esa técnica japonesa de reparación con oro de cerámica que hace que el objeto reparado tenga más valor que el original. Las heridas, sanadas con tiempo y cuidado, predisponen a entender y ayudar a los demás.

Pongo a Dios en el centro de mi vida, Él es lo más importante. Mis hermanos de comunidad, amados por Dios, también me aman y son parte de mí, me importan. Y también amo al mundo, creación de Dios y mi hogar; no necesito de todo lo que hay en él, ni me conviene: mejor necesitar poco que tener mucho. El pasado aceptado, sanado e integrado, me ayuda a dar el sentido y la fuerza a un futuro esperanzado.

Javier Ruiz (Los Arcos, Navarra, España, 1952)

Este tiempo en Roma ha sido una verdadera gracia, me hizo sentir la belleza y la fuerza de mi vocación de vida en comunidad. Participar en la Audiencia con el Papa, cruzar juntos la Puerta Santa o celebrar la Eucaristía en San Pedro fueron experiencias de comunión profunda con la Iglesia y con el Señor que nos llamó.

He redescubierto la importancia de cuidar mi vida en todas sus dimensiones. Cuidar de uno mismo también es una forma de fidelidad a Dios y al don recibido. Y los días de retiro me ayudaron a hacer silencio y a escuchar la voz del Señor, que me invita a seguir confiando, a agradecer y a dejarme transformar.

Me llevo tres certezas: que Dios sigue actuando en mí, también en la madurez y la fragilidad; que la comunidad es el lugar donde Dios se hace presente y me sostiene; y que la fidelidad serena de cada día es el mejor testimonio que puedo ofrecer.

Vuelvo a la vida cotidiana con el corazón agradecido y con el deseo de seguir testimoniando mi consagración con alegría, esperanza y sencillez.