Lecturas: Isaías 2, 1-5; Salmo 121 R/. Vamos alegres a la casa del Señor; Romanos 13, 11-14a; Mateo 24, 37-44: “Estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor”.
Comenzamos hoy el Adviento, y el carácter cíclico del calendario confiere a la vida una apariencia engañosa. Otra vez Adviento, otra vez la Inmaculada, otra vez… Se repite el año litúrgico, pero no se repite nuestra vida.
El tiempo pasa inexorablemente y con él pasan las oportunidades. La palabra de Dios nos advierte contra esa trampa, la de la rutina, la comodidad y el contentamiento, que todo lo trivializan.
El Adviento no es tanto un tiempo cronológico, cuanto una actitud de espera atenta, de alegría contenida, de vigilancia responsable y activa. Nos enseña la Iglesia que es un “tiempo fuerte”, una antesala necesaria que nos ha de conducir al centro de la Navidad, ese trono sin espejos de oro donde nos espera el niño Dios recién nacido.
No es un tiempo de penitencia, sino de expectación gozosa: «¡Qué alegría cuando me dijeron: ‘Vamos al encuentro del Señor’!», porque “se acerca nuestra liberación”. Es tiempo de tocar campanas, de desembarazarse de costumbres viejas, de oler el aire del peligro como la corza, cuando levanta su hocico atento.
Es un tiempo para la responsabilidad: no para matarlo en insensateces, sino para llenarlo de sentido. “Daos cuenta del momento en que vivís -dice san Pablo-, ya es hora de espabilarse”.
Que cada cual se examine, porque se va generalizando esa respuesta desganada y sintomática de una vida sin sal ni gracia. Ante preguntas generales, solemos decir: “voy tirando”. Familia, salud, negocios… vamos tirando; es una oscura confesión de que la vida pesa, de que la realidad nos desborda, de que las dificultades nos acobardan. Es una expresión que encierra signos de cansancio, resignación y desencanto.
El adviento es tiempo de revisión, de acomodar el paso y desembarazarse de modorras. Es tiempo de preguntarnos: ¿estamos a lo que estamos, o nos limitamos a ir tirando? ¿Vivimos con esperanza y esperamos el Reino de Dios, o nos dejamos seducir por los señuelos de la propaganda? ¿Meditamos las palabras del Señor, o nos arrastra la vana curiosidad de ver a los artistas de turno brindando con las burbujas del cava en la tele?
Nuestro auténtico futuro no es el de mañana sino el de siempre. No ha de ser la seguridad, sino el servicio; porque más allá de lo que sufrimos, trabajamos o gozamos en esta vida, está la promesa del Reino que Jesús nos hace y que todos los años tenemos la oportunidad de recordar, principalmente cuando se acercan estas fechas.
Tanto el Evangelio como san Pablo denuncian la devaluación de la esperanza por el consumo. El tener que satisfacer las necesidades cotidianas del comer y vestir y viajar; la preocupación por los medios de vida hace que, frecuentemente, perdamos de vista el sentido de la vida.
Y puede pasarnos como a los contemporáneos de Noé: bebían, se divertían, iban a lo suyo y sucedió lo que se podía haber evitado. Memes, fútbol, series, redes, viajes, supermercados, acumulación de cosas… ¿Y si llega el Señor en cualquier momento?
“Estad en vela”, dice el Señor, para que no nos sorprenda el diluvio de la muerte en fuera de juego; para que ningún ladrón nos desvalije el corazón y se nos lleve el tesoro del amor; para que no nos llevemos un susto morrocotudo que nos convierta en estatua de sal. El Señor vendrá cuando menos lo esperamos.
Sería bueno que aprovecháramos este tiempo de Adviento, de verde esperanza, como la corona que hemos bendecido, para invertir en buenas acciones, para encender luces de cariño, atención y respeto, para vivir pendientes del Reino que ya ha comenzado y que un día gozaremos del todo.
Así lo expresa ese poemilla de 1754 de Francisco Corrales:
Puesta la confianza en Dios,
estoy sembrando este grano;
gobierna, Señor, mi mano
y llegue dichoso el día
que con tu madre María
góceme en su compañía
en tu Reino soberano.
Las tres lecturas hablan del futuro. Y es para estar contentos, porque no se trata de un mañana amenazador y oscuro, al revés: Isaías anuncia un futuro de paz y de prosperidad; Jesús dice que llega el Señor; y el Apóstol pide ser hijos de la luz, dejar las actividades de las tinieblas, porque el día ya está encima.
Cuando san Agustín leyó las palabras de san Pablo que acabamos de escuchar, se resolvió a romper con su pasado; se desencadenó de sus esclavitudes y se vistió con los sentimientos de Jesucristo. Y ya conocemos el resultado. Su adviento fue una conversión total, un volverse hacia las cosas importantes: cumplir la voluntad de Dios, amar a todos, trabajar por todos y apoyar el hombro para hacer avanzar la justicia y la prosperidad.
Que el Señor nos conceda la alegría de creer y de esperar como María, para gozar como ella y junto a ella del Reino de su Hijo. Como a ella, también a nosotros nos mira para salvarnos. Así lo esperamos, bien mantenidos por su Cuerpo y su Sangre, recibidos en la Comunión eucarística.
Adaptación de un texto del agustino recoleto Santiago Marcilla (1950-2016).





