Voluntariado ARCORES 2025. Agustinos Recoletos.

Entre hoy y el jueves, en este mes misionero, nos acercamos a la experiencia de siete voluntarios españoles de ARCORES, la Red Solidaria Internacional Agustino-Recoleta, que han estado en cuatro países diferentes colaborando en proyectos sociales. Estos son sus testimonios (Parte 1).

Lucas Castañeda (Totonicapán, Guatemala)

Nada más salir de la zona de desembarque del aeropuerto nos encontramos con un grupo de gente muy alegre con un cartel (“ARCORES”) y muchas ganas de conocernos. Estábamos cansados por el vuelo, pero desde el principio notamos ese enorme cariño y lo agradecimos entonces, y continuamos agradeciéndolo.

Llegamos a Totonicapán, nuestro hogar las siguientes tres semanas: y tanto que lo fue. No solo nos atendían en nuestras necesidades, hasta las más cotidianas como comer o lavar la ropa, sino que los religiosos de la comunidad local y las religiosas que estaban de paso nos alegraron los días y nos enseñaron que la sencillez es la mejor forma de vivir.

Nuestra labor fue muy variada. Lo rutinario era preparar y servir el desayuno a personas de escasos recursos, muchos con problemas de adicciones. Entre semana, por la mañana o por la tarde, impartíamos refuerzo escolar, tanto en el complejo parroquial como en las casas.

El resto de las actividades diferían cada día: repartimos calzado, visitamos enfermos, arreglamos el techo de una casa, compramos y transportamos de forma inverosímil una pila para lavar la ropa y dimos charlas en los institutos.

Nos acompañaron voluntarios locales universitarios becados por ARCORES, que resultaron ser aquel grupo que nos recibió en el aeropuerto. Valoro mucho el esfuerzo, la generosidad y la alegría que nos regalaron cada día, así como su infinita humildad: algunos de ellos, como la mayoría de su gente, también sufren de condiciones precarias.

Lo que más impactó es la profunda fe de este pueblo: no pasan dos minutos de conversación sin que todos mencionen en algún momento a Dios, agradecidos y con una confianza plena en Él. El templo y el complejo parroquial siempre estaban llenos por las misas o las actividades pastorales. ¡Hasta en la publicidad hacen referencia a Dios!

Como enseñanza de esta experiencia, cito a san Agustín: “la humildad es la base de todas las virtudes”.

Irene Martín (Caracas, Venezuela)

Llegué a Caracas junto con otros dos profesores de otros colegios de la Familia Agustino-Recoleta en España para desarrollar un proyecto conjunto de la Red Educar y ARCORES para formar alumnos y docentes de tres centros venezolanos.

Fue verdaderamente precioso. Aunque los alumnos estaban de vacaciones, regresaron con la mayor de sus sonrisas y con una ilusión contagiosa por aprender algo de inglés e informática, las asignaturas que habían quedado sin docentes.

También compartimos juegos y diversión con toda la comunidad educativa. Sentir esa motivación genuina por aprender y esas ganas de participar, nos impulsaba cada día a preparar nuevas dinámicas, a innovar, a dar más incluso estando ya cansados.

También conocimos otros proyectos de ARCORES en la zona: el Comedor Divina Providencia de Los Teques, la Casa Hogar Madre María, el Ancianato San José en Maracay, el Centro de Ayuda a la Mujer Guadalupe y el Comedor Social San Judas Tadeo. Y participamos en la celebración del Día del Niño.

Nos confrontó con realidades muy distintas a la nuestra, duras y complejas, de personas que, a pesar de todo, mantienen su fe y su esperanza y cuentan con el trabajo incansable de ARCORES. Nos recibieron con una sonrisa sincera que jamás olvidaré. Me ha transformado profundamente como persona.

Los Agustinos Recoletos nos hicieron sentir bienvenidos y parte de algo mayor con su solidaridad, su compromiso, su preocupación por el prójimo. La situación del país es complicada, pero mantienen vivos sus valores y la esperanza de que, con el trabajo de todos, la situación mejorará. Es un país de riqueza inmensa, y la principal es su gente.

He aprendido a ser más solidaria, a mirar más allá de mis necesidades y a darme cuenta de que siempre hay tiempo para ayudar. Vivimos con tanta prisa, tan enfocados en lo nuestro, que se nos olvida lo esencial: lo que damos, aunque sea poco, puede significar muchísimo para alguien. Cada pequeño gesto cuenta y el mundo sería mucho mejor si dejáramos a un lado el egoísmo y nos atreviéramos a mirar más al otro.

Llegué a Caracas con mi camiseta de ARCORES con su lema, “Moviendo corazones”, dispuesta a ayudar y a dar la mejor versión de mí. Regreso con el corazón removido, lleno de rostros, abrazos, sonrisas y aprendizajes que ya forman parte de mí para siempre.

La palabra “gracias” se queda corta para agradecer tanta acogida y cariño con los que nos han tratado y lo bien que me han hecho sentir. Ahora, espero aprender de lo vivido para vivir lo que está por venir.

Lorena Polo (Sierra Leona)

“Quiero hacer un voluntariado el próximo verano”, dije al encargado de voluntariado de ARCORES en el colegio en que soy profesora. El destino era incierto hasta que un día, por los pasillos, me dijo: “Sierra Leona”. Se me abrieron los ojos como platos: “¿En serio?”.

Se me pasaron mil cosas por la cabeza, pero solo una persona vino a mi mente: el agustino recoleto José Luis Garayoa (1952-2020), que trajo a mi colegio la ilusión por conocer, querer y apoyar a aquel país y su gente. Él fue un referente e inspiración para mí. Recuerdo sus charlas cuando yo aún era alumna, su alegría, su fuerza y su generosidad, que lo impulsaron a construir escuelas y pozos. Y aquí estoy, viendo con mis propios ojos parte de lo que él hizo y que ARCORES sigue manteniendo con tanto amor y entrega.

Los miedos antes de llegar a África eran muchos: el idioma, cómo desenvolverme, si sería capaz de llegar a la gente… Pero se esfumaron en cuanto puse un pie en Kamalo. Nos recibieron con abrazos y sonrisas, a pesar de no conocernos, nos ofrecieron sus manos, su generosidad y su hogar.

Durante las mañanas dábamos charlas sobre primeros auxilios y prevención de enfermedades. Por las tardes, el campamento escolar de verano nos regalaba aprendizajes, diversión y cercanía: anatomía, sistema solar, dibujo, deporte, baile… También visitamos a familias que siempre nos recibían con los brazos abiertos y un plato de comida, aunque ellos lo necesitaran mucho más.

En el complejo de la misión de Kamalo están acogidas doce alumnas de secundaria para poder acudir con regularidad a clase sin tener que caminar dos o tres horas de ida y otras tantas de vuelta. La despedida fue dura, con lágrimas y abrazos de estas compañeras de casa, tan divertidas, alegres y cariñosas… Nunca las olvidaré.

Era el ecuador del viaje y poníamos rumbo a Kamabai, donde pasaríamos las otras dos semanas de voluntariado. Aquí fue donde vivió tantos años José Luis Garayoa, a quien todos recuerdan con cariño y siguen llamando con su apodo, “Grandpa”.

Rodeados de unas montañas que no te cansas de mirar, nos recibieron los religiosos recoletos y los colaboradores de la misión. Compartimos historias, risas y ayuda mutua. Visitamos aldeas para inaugurar pozos escolares y dimos las charlas sobre primeros auxilios. Por las tardes enseñábamos nociones de informática a los colaboradores, que empezarán a usar ordenadores en el colegio el próximo curso.

El tiempo ha sido breve, como siempre lo es cuando sientes que aún queda tanto por hacer. No sé si hemos conseguido aportar algo valioso, pero yo sí me llevo muchísimo. En Sierra Leona he aprendido lo que es recibir sin condiciones: abrazos sinceros, sonrisas que desarman y miradas que hablan más que las palabras con ese lenguaje universal que nos une más allá de todo.

Agradecida y feliz, vuelvo a España con el corazón lleno.