Hoy se cumple el centenario de la profesión religiosa de este religioso agustino recoleto en proceso de beatificación. El historiador agustino recoleto Ángel Martínez Cuesta nos acerca a su figura, a su tarea y a su testimonio de vida.
¿Qué impresión te causó fray Jenaro cuando lo conociste y cómo influyó en tu propia vocación de historiador?
Llegué a Roma un día de septiembre de 1962, requerido por el prior general. Fue una sorpresa mayúscula. Llevaba en Filipinas apenas once meses y me estaban preparando, junto con fray Alfonso Díaz, para inaugurar el filosofado de la Provincia de San Nicolás de Tolentino de los Agustinos Recoletos en Baguio. En todo pensaba menos en volver a Europa. Si he de ser sincero, la llamada me agradó y no veía motivo para el pésame que me dieron los compañeros. Uno incluso me dio 5 dólares para “ayudarme a digerir” el supuesto disgusto.
El prior general no señalaba el motivo de mi llamada, pero no era difícil adivinarlo. Se quería potenciar el Instituto Histórico de los Agustinos Recoletos y los dos últimos miembros nombrados, recién salidos de las aulas universitarias, habían declinado la oferta. Urgía, por tanto, hallar sustituto.
No sé de quién partió la idea de pensar en mí. Desde luego, no del prior general, que no me conocía; ni de nuestra Provincia, a la que no se consultó. Sí es cierto que fray Diego Izurzu, entonces secretario general, sabía de mis aficiones, aunque de modo superficial, por haberme conocido durante el noviciado.
Siendo estudiante de teología en Marcilla (Navarra, España) escribí un articulito sobre historia de la Orden del agrado de fray Jenaro, y durante casi un año presté mi granito de arena a fray Jesús Berdonces, miembro del Instituto Histórico que acopiaba material en el convento para su tesis doctoral. Creo que de uno de ellos, si no de ambos, partió la idea, pues compartían la ilusión y aspiración de dar vida al Instituto. Aquellas débiles muestras de mi tiempo de estudiante quizá les movieron a pensar en mí.
Al llegar a Roma permanecí un par de semanas en la Curia general y mi cuarto estaba contiguo al de fray Jenaro, pero apenas lo traté. Era un hombre maduro, muy estimado dentro y fuera de la casa, muy ocupado en sus estudios, a los que dedicaba la mañana entera, y en la visita a los enfermos, lo que hacía por las tardes.
Yo vivía distraído en otras cosas y suspirando por unirme a mis compañeros del Colegio Internacional San Ildefonso, en la Vía Sixtina, mi residencia mientras cursase Historia de la Iglesia en la Universidad Gregoriana.
Durante la carrera apenas tuve referencias a los Agustinos Recoletos. En la Orden comencé a pensar en serio en la tesis doctoral, cuyo tema no me fue difícil elegir. En Marcilla había oído repetidas veces a fray Rafael García recrearse en el recuerdo de la isla de Negros (Filipinas), e incluso había leído con gusto y admiración sus escritos sobre nuestras parroquias allí.
Al terminar el primer semestre del curso del doctorado ya pude presentar a Miguel Batllori, el ponente, y a la Secretaría de la Universidad, el título y el esquema detallado, que ya no sufrieron variaciones en todo el proceso. Fray Jenaro no influyó en la elección y elaboración de esta tesis, ni siquiera me preguntó sobre su marcha. Mientras estudiaba en la Gregoriana no quería que dedicase mi tiempo a los Agustinos Recoletos, sino a adquirir una base sólida para moverme con soltura en el futuro.
Su ejemplo no necesitaba de palabras. Estaba a mi lado, le veía trabajar sin descanso y comencé a leer sus escritos y a observar su método. En alguna ocasión le presenté algún borrador. Asistió a la defensa de la tesis, pero no me comentó sus impresiones, que creo eran positivas. Él estaba muy ocupado, no perdía un momento, y el día en que pudimos haber intercambiado ideas encontró la muerte en un desgraciado accidente de tráfico.
¿Cuál fue la contribución de fray Jenaro para la memoria y la fijación y descripción de la identidad recoleta?
El aporte de fray Jenaro a la historia y a la configuración jurídica de la Orden fue muy notable; y también ofreció ideas y materiales para redescubrir y apreciar su fisonomía espiritual, que encontraron eco y pronta aplicación en los años preconciliares.
Una muestra es la celebración del 5 de diciembre como fecha fundacional de la Recolección y el redescubrimiento de la Forma de vivir de fray Luis de León. También los rasgos típicamente recoletos en los primeros capítulos de las Constituciones de 1968 y 1974 fueron, en buena aparte, consecuencia de sus investigaciones.
Creo que tras fray Andrés de San Nicolás (1617-1666), el primer cronista, nadie como fray Jenaro ha estudiado tan a fondo los orígenes y configuración de la Recolección Agustiniana. Durante casi un decenio (1938-1949) acudió día tras día al Archivo Vaticano con la esperanza y el ansia de dar con documentos que proyectaran nueva luz sobre las ideas, personas y circunstancias que protagonizaron o acompañaron la evolución de los Recoletos a través de los siglos.
Lo hizo de modo sistemático, con competencia y meticulosidad en la búsqueda y transcripción documental, abundancia de notas aclaratorias y entre grandes dificultades. Él contaba que a menudo le tocó hacer el camino de vía Sixtina al Vaticano a pie mientras los aviones de guerra planeaban sobre Roma.
Siempre luchó con una gran escasez de medios. Llegó a confiar apuntes al reverso de las hojas del taco conventual o hasta al papel higiénico, como se ve hoy en el Archivo General de los Agustinos Recoletos.
El Archivo Vaticano fue su fuente fundamental, pero no la única: también están los archivos romanos de Propaganda Fide y de los Agustinos, o los de Sevilla, Simancas y Marcilla. En sus últimos años fray Manuel Carceller (1899-1983) y un servidor le proporcionamos documentos del Archivo Nacional de Madrid y del de Indias de Sevilla.
Los cuatro volúmenes del Bullarium son, sin duda, su principal aportación, editados entre 1955 y 1974. Cubren dos siglos de historia recoleta (1572 a 1788). La mayoría son de sesgo jurídico, pero no faltan documentos sobre las misiones o la vida cotidiana. Siguen siendo una fuente imprescindible. Con el descaro y temeridad de la juventud en 1968 me atreví a señalarle ligeras deficiencias metodológicas que acogió humildemente y, las pertinentes, las tuvo presentes en el último volumen.
Su tesis doctoral (De figura iuridica Ordinis Recollectorum Sancti Augustini, Roma 1938) le mereció la medalla de oro de la Universidad; también destacan el segundo volumen del Registro de las patentes de jubilación y otras cosas dignas de notar del generalato, años 1690-1846, y una primera edición de las Actas de los Capítulos Generales de la Orden (1602-1829) que se puede calificar de provisoria, porque de bastantes no se conservan las Actas o se desconocía su paradero. Y destacaría otros artículos, como los dedicados a Palawan o a la fundación de la Provincia de Santo Tomás de Villanueva.
¿Qué mensaje deja el testimonio de fray Jenaro a la Familia Agustino-Recoleta hoy?
Sería injusto reducir su legado a los estudios históricos: por encima está su vida de estudioso, de contemplativo y de apóstol. Puesto a elegir, me limito a recordar su laboriosidad, su amor entrañable a la Recolección y a la Iglesia, y la naturalidad con que supo conjugar todos los aspectos de la vida consagrada: nunca vio incompatibilidad entre la vida común y el apostolado, entre la oración y el estudio.
Destaco esa naturalidad: nunca le vi adoptar posturas extrañas o extremas. En la vida cotidiana era uno más, plenamente integrado en la comunidad, de cuya vida participaba intensamente: trabajo, oración, esparcimiento, recreación… Nada de extraordinario vi en él, sino que era el conjunto y la armonía de su vida lo que llamaba la atención.
Pero había algo más. Siendo contigua mi habitación a la suya, nunca le vi que encendiera la luz al acostarse. Siempre he pensado que dedicaba algún tiempo, no sabría cuánto, a la oración. No creo que dedicara al sueño las ocho horas entre las 22:30 y las 6:30.
Como prior fue comprensivo y generoso. Amó la Recolección con amor entrañable, como solo se ama a una persona viviente; y sirvió a la Iglesia con fidelidad absoluta. Fue pronta y plena su aceptación del Vaticano II, en el que trabajó intensamente, como consultor en fase preparatoria y como uno de sus primeros peritos. Siendo de talante y formación tradicional, no tuvo la menor dificultad para acoger sus novedades.
Entre septiembre de 1965 y junio de 1966 realizó una visita canónica a la mayoría de las comunidades recoletas de América del Sur dando abundantes pruebas de su plena sintonía intelectual y afectiva con el Concilio. Partió de Roma con la intención de darlo a conocer y no desaprovechó ocasión para aconsejar su estudio y puesta en práctica.
A los frailes de Macuto (Venezuela), les dijo que el Concilio “ha imprimido un nuevo vigor a la vida cristiana y, en lo relativo a las parroquias, quiere movilizar a los laicos […]. Hay que ponerse al día en los métodos de apostolado; hay que instruir a los seglares en la doctrina conciliar y hacerlos partícipes en el desarrollo del culto, obras sociales, educativas…”.
Habló del Concilio a frailes y a laicos, en templos y auditorios y en la prensa. Promovió el uso de la lengua vernácula en la liturgia, la celebración de misas vespertinas, la participación del laicado, la renovación de las asociaciones y la creación de grupos como los Cursillos de Cristiandad, Movimiento Familiar Cristiano, Legión de María…
En síntesis, creo que fray Jenaro fue un modelo para los miembros de la Familia Agustino-Recoleta de su tiempo y sigue siéndolo para los de hoy.





