En este mes misionero, nos acercamos a la experiencia de siete voluntarios de ARCORES, la Red Solidaria Internacional Agustino-Recoleta, que han estado en cuatro países diferentes colaborando en proyectos sociales. Estos son sus testimonios (Parte 2).
Lucía Llorca (Casian, Palawan, Filipinas)
Como antigua alumna del Colegio San Agustín de los Agustinos Recoletos en Valladolid, siempre he tenido muy presentes los valores de la solidaridad, la comunidad y el servicio que se transmiten en las aulas como parte de la identidad del centro.
Hace tres o cuatro años me hablaron del voluntariado y ya entonces supe que era lo que quería y tenía que hacer; después se me planteó el voluntariado internacional y, sin duda, ha sido una de las mejores decisiones que he tomado. Tuve la oportunidad de vivir algo único en Filipinas de la mano de ARCORES, experiencia que, sin duda, me ha cambiado.
En Cebú nos recibieron con los brazos abiertos en la Universidad San José Recoletos y nos alojamos en el Centro de Espiritualidad Talavera House. Conocimos los campus de la Universidad, incluso uno aún en construcción, aprendimos a hacer carbón vegetal y visitamos el mercado local, nuestro primer contacto con la cultura popular filipina.
Después fuimos a Casian, isla al norte de Palawan con apenas siete kilómetros de longitud, donde pasamos la mayor parte del tiempo. Todos tenían siempre una sonrisa para ti; las familias vivían con lo básico pero, como nos dijo uno de los frailes, la felicidad allí consiste “en tener tres comidas al día y una educación básica”.
La gente está en contacto pleno con la naturaleza y se vive de la pesca. Hay otras islas aún más pequeñas cerca, como Calampisao o Debangan, donde desarrollamos un proyecto de alimentación y de energía solar.
Los religiosos recoletos y la gente nos hicieron sentir como en casa. Colaboramos en el programa de alimentación escolar, organizamos juegos y ocio sano con los niños y limpiamos y ordenamos las bibliotecas de las escuelas de Casian y Calampisao. Aprendimos a preparar platos típicos, como el pansit, y organizamos talleres sobre medio ambiente, que en su parte práctica consistió en la limpieza de playa.
El proyecto Solar Dream lleva energía a los hogares que no cuentan con ella mediante paneles solares. Tras recibir nosotros la formación, fuimos casa por casa para enseñar cómo usarlos y mantenerlos. Es impactante que algo tan cotidiano para nosotros, la energía, supone un cambio tan absoluto para quien no la disfrutaba antes.
El paso de tifones nos impidió algunas actividades, pero buscamos cómo seguir ayudando. Y compartimos con la gente las misas, catequesis, celebraciones e incluso partidos de baloncesto, integrándonos en la comunidad.
Se me ha hecho difícil volver con tantos recuerdos, aprendizajes y, sobre todo, tanto cariño de una comunidad que nos ha dado más de lo que podíamos imaginar. No solo me he sentido como en casa, sino que me ha hecho crecer como persona y entender mejor el valor de vivir con y para los demás.
Martín Heredero (Sierra Leona)
El sufrimiento es una realidad universal en todo momento y lugar. No hay garantía de que vaya a desaparecer, lo que tampoco es óbice para nuestro escándalo ante el dolor ajeno. Podemos cargar con nuestras propias fatigas, pero el dolor del inocente plantea una pregunta radical en la que hemos de sumergirnos para no precipitarnos en la respuesta: ¿qué sentido tiene este dolor?
Creo que este es el punto de partida de la experiencia de un voluntario que se asoma a un rincón del mundo tan distinto, pero donde se manifiestan los temas inscritos en el modo de ser propio de la humanidad. Una experiencia que sirve de lente de aumento para comprender la realidad.
En el espejo del otro, tan distinto de mí mismo, descubro que la trama de la existencia está urdida con la misma tela, de igual textura y fragilidad. Simplemente con estar aquí se inicia un diálogo que se juega antes y después de la palabra: en la pura disponibilidad abierta hacia el otro.
Este momento inicial de encuentro no se resuelve, al menos si hablo de mi experiencia, en una suma de respuestas y certezas acerca de la vida, el dolor o la alegría. Más bien, diría que vuelvo cargado de preguntas con las que habitaré largo tiempo —quizá todo mi tiempo— sin poder más que asombrarme ante ellas, sin resolverlas definitivamente. Si más días durase este voluntariado, más interrogantes atesoraría.
No tengo claro qué hacer para ayudar, ni sé en qué problemas de aquí puede resultar útil mi persona. Sí afirmo, empero, que cuando hay alguien que sufre es mi responsabilidad —como la de todos— hacerme presente. Quizá sea bastante para empezar. Ante la tenaza de la carestía y de la angustia, la presencia de alguien a quien mirar aligera la carga de existir. Todo lo demás es accesorio; se trata de encarar esa responsabilidad absoluta y hacerla efectiva como parte de uno mismo.
No es mucho lo que digo, pero no por falta de voluntad, sino porque la amplitud de esta experiencia es, en último término, incomunicable. Haría falta otro vocabulario que rozase la esencia del alma humana para presentar fielmente la sobreabundancia de tanta vida concentrada en un mes. Sucede aquí como en el caso del dolor ajeno: quizá estar presente sea ya algo, y para eso no es necesario romper el sutil marco del silencio.
César Lloris (Casian, Palawan, Filipinas)
Hace cuatro años, siendo alumno del Colegio Romareda de los Agustinos Recoletos en Zaragoza, se nos presentó el voluntariado internacional de ARCORES. No dudé en que quería hacerlo, pero esperé al momento adecuado. Este año decidí por fin aventurarme con un grupo de cinco desconocidos con muchas ganas, miedos e inseguridades, pero con la misma voluntad de ayudar. Y pusimos rumbo a Filipinas.
Durante los dos primeros días, estuvimos en Cebú acogidos por la Universidad San José Recoletos en Talavera House. Vimos la ciudad y las instalaciones universitarias, nos acostumbramos al horario, la comida, el idioma.
Luego pusimos rumbo a Palawan, a la isla de Casian, pequeña pero llena de personas increíbles. Fueron tres semanas y nuestro día a día se basaba en acompañar y ayudar en las escuelas: programa de alimentación escolar, juegos y ocio, taller medioambiental con presentaciones y dibujos, limpieza y orden en una futura biblioteca…
Visitamos las islas y comunidades cercanas, conocimos su vida, su día a día y sus tradiciones. Limpiamos la playa con los niños para crear conciencia medioambiental y conservar su paraíso natural. Y con el proyecto Solar Dream dedicamos dos jornadas al montaje e instalación de 10 placas solares en hogares que no tenían energía.
Lidiamos con tifones que nos impidieron desarrollar nuestro trabajo en su totalidad, pero pudimos participar en muchas actividades y proyectos tan positivos para la zona acogidos por los cuatro agustinos destinados en la isla y muy bien atendidos por todos.
En todas partes nos recibieron con los brazos abiertos, nos abrieron las puertas de sus casas y sus corazones para hacernos sentir como en casa pese a estar tan lejos.
Me siento muy afortunado por esta experiencia. Es una comunidad increíble, única, sin tener nada lo tienen todo y, pese a su escasez en cosas para nosotros esenciales, nunca pierden la sonrisa, el respeto, la educación y el sentimiento de familia.
Espero que se siga ayudando a su crecimiento, merecen ser escuchados y atendidos, pero sin que jamás pierdan sus costumbres y su forma de ver y entender la vida.
Aquellos cinco desconocidos llenos de miedos e inseguridades volvimos como una familia tras vivir algo que estará presente siempre en nuestras vidas.
Miriam Pérez (Totonicapán, Guatemala)
Después de muchas horas de viaje y algún que otro contratiempo, llegamos a Totonicapán. Descubrimos sus calles, llenas de gente que siempre saluda con una de sus mejores sonrisas. Por las mañanas preparábamos los desayunos a quienes lo necesitan, recibiendo sus muestras de afecto y muchos abrazos, con la esperanza de vernos al día siguiente.
Al visitar hogares desfavorecidos, limpiábamos o arreglábamos cosas y ellos nos compartían sus historias, sus fragilidades y sus fortalezas. Por nuestra parte, intentábamos transmitir un mensaje de apoyo y de ánimo para continuar luchando.
Por las tardes hacíamos refuerzo escolar durante tres horas con los niños; ellos y nosotros aprendimos, sobre matemáticas o sobre nuestras culturas. Igual que los mayores, regalan sonrisas, sus abrazos y agradecimientos; jamás se me olvidarán. Y los voluntarios locales nos transmitieron sus raíces guatemaltecas, su amor y su cariño. Las despedidas fueron duras y con muchas lágrimas.





