Al cumplirse 40 años del asesinato en Lábrea (Amazonas, Brasil) de Cleusa Carolina Rhody Coelho, misionera agustina recoleta, su vida de entrega y su compromiso con los más vulnerables no se olvida. Su testimonio y recuerdo sigue vivo en muchos.
Marfiza
Conocí a Cleusa cuando llegó a Lábrea. Interpreté su sonrisa celestial como una invitación de Dios, y enseguida le dije a mi padre que yo también quería ser misionera agustina recoleta. Así que con 17 años hice mi primera experiencia vocacional.
Acompañaba a Cleusa durante la catequesis y en las visitas a los leprosos. Luego conviví con ella en distintos momentos: el postulantado, el noviciado, ya como profesa en Vitoria y Lábrea… Y siempre la consideré como una santa: “Va a ser la primera santa misionera agustina recoleta”, decía a mis hermanas.
Mujer de oración y silencio, siempre estaba con un Nuevo Testamento en las manos. Cuando fue asesinada lloré mucho con enorme dolor, porque siempre la quise mucho.
Madalena
Así como Jesús fascinó a muchos, Cleusa también fascinaba a la gente. Cuando yo vivía en Manaos y pasaba por casa, aunque estuviese cansada del viaje en seguida salía a visitar a presos, dependientes químicos, enfermos… Y me invitaba a acompañarla.
Era silenciosa, amable, nunca usaba su lengua para el mal, jamás hablaba mal de nadie y cuando alguien se lanzaba a criticar a otros, buscaba cómo cambiar la conversación. La considero una señal de Dios en mi vida, siempre nos incentivaba a formarnos y a servir mejor al Reino de Dios. Con sus ánimos pude concluir los estudios universitarios, me ayudó muchísimo y siempre le estaré agradecida.
Ana
Cleusa era callada y servicial, nunca se alteraba con nada. Siempre estaba estudiando, profundizando en los temas, decía que sin estudio no se consigue nada. Ayudaba a la gente con su dominio del inglés, enseñaba Biblia a grupos de laicos. Mi amor al estudio y a la Palabra de Dios procede en buena parte de su ejemplo. Cuando me invitaba a acompañarla, aunque yo sentía miedo de andar por determinados lugares, al final yo iba.
Geralda
Cleusa era silenciosa, tenía un gran espíritu de oración y sacrificio, siempre dispuesta a atender a todos. Llegaba a casa muy cansada tras sus salidas al río con los ribereños, pero enseguida se iba de nuevo a ver a los leprosos. Inteligente y estudiosa, a veces no entendía que nosotras no éramos tan inteligentes ni sentíamos tanta facilidad para aprender.
Maria de Lourdes
Cleusa percibía la voluntad de Dios con una firme decisión, hacía lo que sentía que Dios le pedía. Tenía una vida interior muy fuerte. Sentía con intensidad el valor del estudio. Siempre leyendo, luego compartía con nosotros síntesis más sencillas.
Vivió profundamente el carisma de la Recolección y el espíritu agustiniano. Siempre iba mucho más allá de la mera observancia de lo escrito, en una donación de amor al vivir su vocación. Estoy completamente segura de que nunca negó nada a Dios.
Maria Helena
Cleusa tenía una vida constante de oración, silencio y sacrificio. Vivía el Evangelio de un modo radical. Se entregaba cada día a Dios mediante el servicio a los demás y a la Iglesia, sobre todo a los excluidos. Siempre que iba a visitar a los pobres, los leprosos, los presos, los dependientes químicos, los ciegos, me invitaba a acompañarla, y ¡cómo me gustaba! Aprendí muchísimo en esas visitas.
Vivía de un modo muy sencillo y pobre, no necesitaba de casi nada, desprendida, despojada, libre. Ella era muy obediente y aunque nunca se identificó con cargos y oficios, los aceptaba por el bien de la Congregación.
Rita
Cuando entré en las MAR, Cleusa ya era famosa por sus andanzas misioneras. De vez en cuando pasaba por nuestra comunidad. Su estilo atraía la atención de todas las que nos habíamos formado más tarde que ella, porque transmitía algo diferente que brotaba de su propio ser, era como si su interioridad siempre floreciese hacia fuera.
Rosalina
Con Cleusa sentía algo parecido a lo de los discípulos de Emáus: ¿Y no ardían nuestros corazones cuando nos hablaba por el camino? Cuando estaba presente yo sentía algo diferente, como una señal. Mujer de Dios, su paz transmitía esa presencia divina.
Rosa López
La entrega de Cleusa no fue improvisada; ella se donó en el día a día, momento a momento, por defender la dignidad y los derechos de los indios y los más necesitados. Su asesinato fue la consecuencia de esa entrega, de ser “voz de los sin voz”. Su martirio culminó una vida asumida para gloria de Dios, bien de la Iglesia y edificación de quienes con ella formamos esta Congregación de Misioneras Agustinas Recoletas.
Nieves María Castro
Cleusa fue una mujer equilibrada, sencilla, servicial, disponible, preparada, discreta, profunda, amable, educada, alegre, cariñosa, pobre, trabajadora, respetuosa y siempre en constante búsqueda para responder a las exigencias del Padre y a las necesidades de los hermanos, en especial de los más pobres.
No tenía nada que perder, se había vaciado de sí y estaba llena de Dios. Entregada a Dios por completo, se manifestaba libre en el amar, el pensar y el actuar; valiente en la entrega, en la donación y en el riesgo y realizada en su vocación era, sobre todo, humilde.
Solo vivía para que Dios reinara. Y ese fue su problema: no reina donde hay injusticia, odio, miseria, pecado. Así que luchó para romper con el mal. La teoría funciona bien, pero la praxis trae problemas, roces, incomprensiones, dificultades, conflictos.
Cuando le preguntaron a Cleusa qué dotes humanas eran las más desarrolladas, respondió: “La voluntad, el amor a todos: Dios, hermanos, naturaleza”; y respecto hacia qué trabajos sentía mayor inclinación, dijo: “Servir a los más necesitados, sea como enfermera, educadora, como hermana de todos”.
Su preocupación en Lábrea era conseguir el respeto a la cultura y a la tierra de los indígenas. Y quería que todo se hiciese sin violencia.
Nunca se predicó a sí misma; en todo lo que hacía y con quien se encontraba anunciaba la Palabra de Dios y vivió la fraternidad sin exclusión. Su mundo era fuerte y activo, participaba en encuentros culturales, pastorales, ecuménicos, sobre vida religiosa.
Actuó siempre con criterios claros y valores cristianos por su amor grande y apasionado por Jesucristo, a quien veía en los excluidos. Hizo de Jesús su norma de vida, consignando todo su ser y hacer en el “para que Él reine”. Esta fue su meta.
Fue mujer de oración, en ella fraguó sus mejores decisiones en favor de los derechos del pobre y los excluidos y de la vida amenazada, aun a riesgo de la suya. Además, supo inculturar el evangelio y establecer un continuo diálogo con otras religiones.
Algo que a todas las misioneras agustinas recoletas nos ha marcado es su constante consigna, con la que fue muy consecuente: «Vale la pena arriesgarse». Fue tenaz su fe, entregó su vida a Dios, derramando su sangre en favor de la paz y la justicia, sobre todo entre los pueblos indígenas. Nunca se anquilosó en el pasado con su perspectiva de futuro esperanzador y de renovación continua.
Las MAR continúan la presencia y acción de Cleusa en la educación, con los ribereños e indígenas, con las Iglesias locales. Viven su memoria, su lucha por la vida y su promoción por la paz y la justicia.
Myriam
El asesinato de Cleusa no fue una coincidencia, ni solo por haber incomodado a los poderosos. Murió por enseñar a los más vulnerables, a los más pobres, que Dios es el único dueño de la vida, de la tierra y de la Naturaleza.
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