Al cumplirse 40 años del asesinato en Lábrea (Amazonas, Brasil) de Cleusa Carolina Rhody Coelho, misionera agustina recoleta, su vida de entrega y su compromiso con los más vulnerables no se olvida. Su testimonio y recuerdo sigue vivo en muchos.
El agustino recoleto Francisco Piérola (Mendaza, Navarra, España, 1939) estuvo en la misión de Lábrea doce años, entre 1970 y 1982. Así ha relatado él mismo algunas de sus experiencias con Cleusa.
Una oportunidad de reinserción
Cleusa solía visitar los centros de detención y, aseguraba, si algunos de esos presos tuviesen una oportunidad, podrían no volver a tener problemas con la ley. La Policía le permitió la custodia y responsabilidad de algunos para intentar su reinserción.
El primer problema se presentaba nada más salir por la puerta: ¿Qué hacer con ellos, dónde llevarlos para atenderlos? Así ocurrió con Roberto, un menor de edad drogodependiente. Tras sacarlo, pero como no tenía dónde llevarlo, se presentó con él en su comunidad religiosa. Era una situación inusitada y extraña para las religiosas, que aún se complicó más porque Cleusa tenía previsto esos días viajar a su tierra.
No se lo pensó dos veces y llevó a Roberto hasta Espírito Santo, donde lo dejó con su familia con la esperanza que se recuperase. Por desgracia, el joven no se rehabilitó, tuvo que salir de casa de la familia de Cleusa y volvió a tener problemas con la justicia.
En otra ocasión logró colocar a dos jóvenes en rehabilitación en la Parroquia Santa Rita, con los religiosos recoletos. Durante algunos meses la experiencia fue tan positiva que la Policía decidió recomendar al juez que los liberase. Pero después de un tiempo, hubo un robo en la Parroquia y la policía encontró lo sustraído con ambos.
Cleusa recibió por todo esto muchas críticas, pero siempre dijo no desanimarse, segura de que había que intentarlo aunque el éxito final no dependía de ella.
La vida en una maleta
Cleusa vivió siempre con una austeridad ejemplar. Cuentan las asistentes a uno de los Capítulos de las Misioneras Agustinas Recoletas que cuando llegó Cleusa levantó expectación, pues para hacer su viaje internacional de varias semanas usó tan solo una pequeña maletita de mano.
En su cumpleaños recibía regalos de amigos y conocidos y siempre ocurría lo mismo: tras ver lo que era, pedía permiso para entregarlo a quien sabía que lo iba a necesitar más: “Esto le va a venir muy bien a Fulano, que lo necesita mucho. ¿Puedo?”.
Lepra
Lábrea es uno de los lugares del mundo con mayor incidencia y prevalencia de lepra. Los enfermos y sus familias, por entonces, tenían prohibido residir en la ciudad, debían quedarse en un barrio de las afueras, San Lázaro. Cleusa era asidua visitante, atenta a sus necesidades y acompañándolos en todo.
La desinformación y el miedo se traducían en discriminaciones y prejuicios. En el banco no se les permitía entrar. Los enfermos pensionistas no podían cobrar su dinero y Cleusa ideó un sistema. Era ella la que entraba, cada vez con cinco documentos de identidad de otros tantos enfermos que el banco exigía entregase en un plástico transparente cerrado.
El banco hacía la comprobación, rellenaba los formularios y entregaba la pensión a Cleusa. Ella salía, se dirigía a cada enfermo y le devolvía los documentos con la pensión. Y en seguida recogía la documentación de los cinco siguientes.
Sindicato de trabajadores rurales
Cleusa ha pasado a la historia por su defensa de los indígenas, pero aunque fuese el principal, no fue el único motivo por el que fue asesinada. Sus denuncias sobre la discriminación a los leprosos y la defensa a los trabajadores rurales también influyeron.
Cleusa fue cofundadora y promotora del primer sindicato de trabajadores rurales de Lábrea. Después de recibir instrucciones de la Federación de Sindicatos en Manaos, formó a los primeros agentes sindicales, doce personas que se formaban una vez por semana en secreto con la tapadera de un supuesto curso de comprensión lectora. En realidad, los textos eran sobre el funcionamiento de un sindicato, cómo sumar asociados, los derechos fundamentales del trabajador…
Un año después dicha Federación reconoció legalmente al Sindicato en Lábrea. ¡Y qué enorme confusión se montó! El sistema de explotación, privilegios y abusos laborales recibía el primer torpedo en su línea de flotación. La labor de Cleusa fue intensa con su mano femenina y su inteligencia. Les enseñó a no perder las formas, no insultar ni gritar, no hacer nada que los pudiese llevar a ser acusados de ofensas, acoso o violencia.
Las formas eran fundamentales para que las denuncias prosperasen y acabasen en investigaciones reales. Lo importante era la causa defendida y los resultados de la negociación, la violencia o el insulto daban con todo al traste. Ella misma había tenido que acostumbrarse hacía mucho a las provocaciones: “Hermana, por qué está aquí, dedíquese a las cosas de la Iglesia”, le decían con frecuencia en las sedes del poder legislativo, ejecutivo o judicial.
Cuando el Sindicato ya tuvo suficiente capacidad propia de acción Cleusa se retiró: “ellos deben ser los protagonistas de su lucha y de su historia”. Eso sí, siguió apoyando, orientando y animando.
El Sindicato tuvo éxitos innegables que causaron muchos odios. Por ejemplo, averiguó que las márgenes de los ríos y las zonas de inundación en época de lluvias pertenecían, por ley, a la Marina de Brasil. Eso cambiaba todas las reglas del juego, el dueño real no era el que tradicionalmente se decía. Quienes durante décadas se habían definido como patrones de las caucherías no eran dueños de nada.
El caucho, el pescado, la mandioca… Los trabajadores rurales ya no tenían por qué dar cuenta a unos supuestos dueños que no lo eran, generaciones viviendo bajo una gran mentira, obligados a entregar, por ejemplo, 2/3 del pescado obtenido.
Ribereños e indígenas podían vender libremente sus productos y decidir sus precios. Y los indios, por ejemplo, ahora podrían exigir dinero por sus ventas y estarían obligados al trueque. Hasta ese momento era común que a cambio de sus productos recibiesen solamente aguardiente de caña, lo que además de no darles ningún beneficio, les traía muchos perjuicios y problemas.
Aún hubo un giro de guion más. Los supuestos “patrones” en el lugar en realidad dependían de otros que jamás habían pisado la selva, terratenientes de Río de Janeiro, São Paulo, Minas Gerais, Paraná o Rio Grande do Sul. Los pequeños patrones del Amazonas eran también unos explotados y oprimidos que debían entregar casi todo.
El Sindicato arbitró la negociación entre trabajadores rurales y gestores locales. Hubo acuerdos y, dado que ahora el dinero sí se quedaba en la región, todos ganaron. Hubo otras grandes ganadoras, las más vulnerables, las que más sufrían: las mujeres.
Hasta entonces se había permitido el “pago de cuentas atrasadas”, una verdadera institucionalización de la violación. Esposas e hijas se entregaban a los patronos determinado tiempo según el tamaño de la deuda. Era un castigo público, notorio, publicitado para meter miedo a quienes aún no tenían deudas. Un flagelo humillante infligido a quien ninguna culpa tenía de nada.
La labor del Sindicato modificó las relaciones laborales o, suavizó la semiesclavitud endémica en la zona. Cleusa quedó señalada por quienes hubieran querido que ese sistema se perpetuase: los más ricos y poderosos.
Cleusa y los indígenas
Dios era todo para Cleusa, que vivía clamando al cielo, en sentido literal y figurado. Pero esa mirada a Dios le hacía inequívocamente buscar la mirada de quienes sufrían a su alrededor. No era capaz de entender de otro modo la fe.
Existe un tipo de “caridad” que no compromete mucho, que a largo plazo no libera a nadie aunque aparentemente solucione problemas inmediatos, como esas pequeñas limosnas que tocan el propio bolso. Cleusa hizo otro tipo de justicia social, peligrosa y comprometida, que hace ganar enemigos: es cuando se toca el bolso de los opresores. De esta forma de hacer caridad surgen los mártires.
Estoy convencido de que Cleusa se movió en este mundo y de esa forma por ser fiel a Jesús. Para ella no cabía querer ser fiel a Cristo sin ser fiel a los hermanos. En la cabeza de Cleusa había que “hacer lo que Cristo hizo”. Y, como Cristo, acabó en una cruz.
Cuando Cleusa fue nombrada responsable del Consejo Indigenista Misionero (CIMI) el ambiente era sumamente hostil. No era infrecuente escuchar que “los indios tienen que desaparecer”, aun entre la gente sencilla. Había una discriminación fruto de una historia de violencias de 150 años, y el indio para muchos ni siquiera era sujeto de derechos.
Un día el obispo agustino recoleto Florentino Zabalza se acercó a unos niños que jugaban al fútbol. Uno ellos, de en torno a diez años, paró el juego y se encaró: “Tú eres uno de esos que defiende a los indios”. Florentino solo acertó a pensar: “tan pequeños y ya les han infundido el odio al indio”.
No hacía mucho que otro agustino recoleto, José Luis Villanueva, acompañado del sacerdote alemán Gunter Kroemer, habían sido testigos del genocidio del pueblo Yuma. Encontraron a los seis últimos aún vivos pero en pánico. Su tierra era rica en castaña, copaiba, caucho y madera y los comerciantes quisieron hacer “limpieza” para que nada ni nadie se interpusiese en su negocio.
Cleusa y la Iglesia necesitaron primero presentarse como interlocutores válidos ante los indígenas. Se reunieron con sus jefes respetando su organización social, expusieron los intereses comunes y cómo usar el sistema legal para la defensa de sus derechos, que la violencia complicaba más que solucionaba. Cleusa no se valía del paternalismo, no participa de las asambleas indígenas a propósito, siempre dejó que cada persona fuese protagonista de su historia.
Un terrible episodio de violencia posiblemente favoreció el asesinato de Cleusa. Un día, a las tres de la madrugada, el alcalde, el comisario de policía, el juez y otro acompañante despertaron a los religiosos y religiosas porque “solo ellos podrían arreglar la situación”. Un grupo de indios armados hasta los dientes buscaban por la ciudad a un policía que, horas antes, había matado a un indio en una fiesta. La norma apurinã era “ojo por ojo”.
Un recoleto se trasladó a la casa del policía, pero cuando llegó un hijo del agente del orden yacía, recién asesinado, en la puerta. La familia estaba aterrorizada. Cleusa fue en busca de los indígenas. Al encontrarlos, aunque ya nadie iba a devolver la vida de los dos muertos, logró que se parase esa historia de violencia y venganza en el momento.
Cleusa fue pionera en la creación de espacios de diálogo como el Centro de Orientación Ciudadana. Se recogían las opiniones, denuncias, peticiones y propuestas de la gente y se transmitían a las autoridades. No duró mucho, pues las autoridades no tenían intención real de resolver ningún problema.
Vivir por los demás
Durante el tiempo que conocí y trabajé con Cleusa, sus conversaciones siempre eran sobre cómo mejorar la vida de los más vulnerables, la educación de jóvenes y niños…
Un día me encontré inquieto a Florentino Zabalza, el obispo. Le habían pedido predicar un retiro a las misioneras agustinas recoletas y allí estaría Cleusa. Le replanteé que eso era una alegría, iba a ser la más atenta a sus palabras. Y replicó: “Precisamente eso es lo más difícil: me da veinte vueltas en todo, especialmente en su vida espiritual”.
No recuerdo haberla oído nunca criticar a cualquier persona. Una vez yo sí deslicé una crítica hacia otro religioso y ella enseguida me dijo: “Puede que sea verdad lo que dices, pero él tiene tantas cosas buenas”… Nunca más critiqué a nadie delante de ella.
Tenía una enorme cultura, captaba todo enseguida, más allá de las palabras, con su innegable capacidad de observación profunda. No pocas veces pude verla rezando en la capilla. Sabía unir cielo y tierra, por mucho que mirase al cielo nunca dejaba de ver hacia abajo.
Era una de esas personas que marca los ideales más elevados. Eso le costó generar tensiones con frecuencia entre sus propias hermanas o con el resto de los agentes de pastoral. Por ejemplo, propio de aquellos tiempos, hoy menos importante, Cleusa tuvo problemas por su modo de usar el hábito. Nunca usaba el velo y casi siempre llevaba un hábito blanco simple, apropiado para el clima y que le facilitaba moverse por tantos lugares a lo largo de la jornada, desde las clases del colegio hasta la selva.
Otro asunto que trajo tensión en su vida comunitaria fue la tarea con los enfermos de lepra. Temerosas porque Cleusa parecía no tomar precauciones en el contacto con los enfermos, hubo discusiones en la comunidad de religiosas. Como ella era la superiora, renunció para seguir con esta tarea sin causar discordia en su propia casa.
Difícilmente tenía momentos de desánimo o de enfado. Tampoco era tonta y sabía que todos aquellos espacios de servicio pastoral (enfermos, trabajadores rurales, indígenas) le traían complicaciones, enemigos y posibilidades de sufrir violencia.
Sin embargo, su equilibrio personal era notable y tenía suficiente capacidad de trabajo como para actuar al mismo tiempo en tantos espacios: el colegio y las clases, el sindicato y los trabajadores, los enfermos, sus familias y los profesionales de la salud, los presos, los indígenas…
Dejó un resquicio por el que se podía ver su filosofía de vida para superar tantas dificultades, malentendidos, persecuciones, críticas… Tres cosas le permitían tener una vida feliz y en paz interior: informarse de todo, conocer cuanto más mejor; opción preferencial por los pobres y sus necesidades, ellos nunca decepcionan; vida fuerte de oración, su gasolina y estímulo para la felicidad interior.
De beneficiario a verdugo
Raimundo Podivem fue quien asesinó a Cleusa en el río Passiá. Unos días después, él mismo fue asesinado, quizá para eliminar cabos sueltos y que nunca apareciesen ante la justicia los responsables últimos. Se llamaba Raimundo Falcão de Souza, y “Podivem” era su apodo, algo así como “puede venir”.
En Manaos completó un entrenamiento militar especial para operaciones en la selva y fue durante los cinco años siguientes soldado de la Policía Militar. Después de casarse con una mujer no indígena dejó Manaos y se estableció en la aldea Arapaçu de Lábrea.
Podivem y Cleusa se conocían. No solo eso: el asesino debía su vida a la asesinada. En una de sus visitas a Arapaçu, Cleusa se encontró a Podivem muy enfermo y consiguió que fuese internado en un hospital de Porto Velho. Se recuperó y volvió a casa. Unos meses después aceptó un pago por matar a Cleusa. Un auténtico sinsentido.
No podría haber sido de otra manera
Cuando recibí la noticia del asesinato de Cleusa, después del choque inicial, entendí que su vida, lo que ella hacía, difícilmente habría podido terminar de otra manera. Hizo lo que difícilmente pueden perdonar los poderosos: puso en peligro sus riquezas, sus ventajas y sus seguridades. Cleusa era un virus para esa forma de vida y para su riqueza. El único antídoto era frenar su mensaje de una vez por todas.
Cleusa quiso vivir el evangelio en todo su radicalismo, con todas sus consecuencias, con toda su verdad, sin acomodaciones, jamás al margen de la realidad. Veía el mundo con unos ojos que no son de este mundo.
Su lugar teológico fueron los marginados, desde ellos contemplaba a Cristo. Ella sabía qué era esencial y qué era descartable, ella sabía lo que es la verdadera esperanza y se lo supo transmitir a los que carecían de cualquier esperanza: presos, dependientes químicos, enfermos, leprosos, indios…
En su mundo el perdón y la paz eran las guías: nunca salió de sus labios expresión alguna de resentimiento, de exclusión, todos eran hijos de un mismo Dios, fuese cual fuese su religión, procedencia… Para todos, incluido los que la consideraban una enemiga, siempre tenía palabras y actitudes dictadas por la bondad.
Se entendía con los más vulnerables, los más pobres, los más excluidos. Y quienes jamás la comprendieron fueron los mismos que la llevaron y condenaron a esa tumba que fue la tierra, el agua y el cielo de la selva amazónica.
El mundo de Cleusa era especialmente justo. Fundó sindicatos, instituciones de diálogo social, intermedió por los enfermos, en su corazón no cabía el rencor. No se quedaba prendida en el pasado, siempre activa, buscando qué hacer, cómo mejorar, nuevos encuentros pastorales, culturales, ecuménicos… El mundo de Cleusa tenía la mirada en el futuro, en el Reino de Dios. Era su base espiritual, junto con la oración constante.
Cleusa fue la persona más excepcional que he conocido en mi vida. Combinaba valores interiores y acciones exteriores, fidelidad a la Iglesia y a sus Misioneras Agustinas Recoletas con libertad responsable y total, valentía desde su fragilidad desarmada, opción preferencial por los pobres pero sabiendo hablar con los poderosos, vivir pensando siempre en los demás sin perder su propio equilibrio interno.
Y todo era así con la mayor naturalidad, como si fuese normal y significase poco.
Los esclavos de intereses, riquezas y poder no la perdonaron. Ella hizo todo lo posible para que cada ser humano en Lábrea conociese sus derechos y se defendiese con las armas de la justicia; quiso que los explotadores conociesen la felicidad de la empatía y el amor y los explotados su camino hacia una vida más digna.
Cleusa sabía que la caridad no es dar cosas sino darse a sí misma. Es la lección que nos ha dejado a todos.
SIGUIENTE PÁGINA: 4. Testimonio de sus hermanas misioneras agustinas recoletas



