Al cumplirse 40 años del asesinato en Lábrea (Amazonas, Brasil) de Cleusa Carolina Rhody Coelho, misionera agustina recoleta, su vida de entrega y su compromiso con los más vulnerables no se olvida. Su testimonio y recuerdo sigue vivo en muchos.
El Norte es la zona más olvidada de Brasil, con fama (y prejuicio asociado) de región atrasada e infestada de enfermedades y peligros. Cleusa amó esa tierra y a cuantos en ella sufrían de exclusión social, de olvido institucional y la falta de justicia.
En su primera estancia en Lábrea (1954-1956), antes de la profesión solemne y como experiencia formativa misionera, la comunidad MAR abrió el Educandário Santa Rita. Aquellas pioneras superaron graves dificultades: distancias, aislamiento, falta de recursos, clima inhóspito, ambiente social pesado, levantar un colegio de cero…
Cleusa nunca pierde su sonrisa ni su profunda confianza en Dios. Hacía realidad aquel deseo de niña en Cachoeiro: ya no veía filminas ni escuchaba el relato de otros, ahora sus pies pisaban el suelo sagrado de la misión.
Diecisiete años después Cleusa vuelve a la Amazonia (1973) para participar en la fundación de la casa en Manaos, capital del estado, junto a la Parroquia Santa Rita de los Agustinos Recoletos, presentes allí desde 1932. La casa en donde vivían las religiosas es hoy una funeraria, tras cerrarse esta comunidad en abril de 2016.
Era una comunidad de apoyo para las misioneras en Lábrea, fundamental para la logística, los viajes, las burocracias… No por ello es un lugar más fácil y enseguida observan que están también rodeadas de nuevas miserias y de gente excluida: “Ya nos instalamos. ¡Ojalá nosotras no nos dejemos instalar!”, escribe Cleusa.
Durante los siguientes seis años colabora intensamente en el afianzamiento de la nueva comunidad. Da clases en una escuela pública para asegurar el mantenimiento de la comunidad sin depender de la economía del resto de la Congregación y observa a su alrededor para establecer prioridades pastorales.
Manaos es una isla urbana en mitad de la selva amazónica, ciudad de la que depende prácticamente todo en una región que tiene tres veces la extensión de España. Los contrastes eran inmensos: unas pocas fortunas y una gran masa de migrantes que buscan oportunidades, sustento, empleo, salud o educación dejando atrás la selva.
Manaos mueve mucho dinero, pero de forma extremadamente desigual. Comparte con las grandes urbes sus mismos problemas: la explotación laboral y sexual, la droga, la gente sin hogar, la injusticia, la violencia. El puerto es un hervidero de gente, negocios y oportunidades; y también de asuntos turbios, corrupción, tráfico de drogas, prostitución, contrabando.
Cleusa se centra en la pastoral social y se enfoca en las familias y menores en situación de calle y en los presos; se trata de un movimiento natural y lógico, dado que muchos de los niños que conoce en la calle acaban tarde o temprano con sus huesos en el presidio.
“En Navidad de 1976 y Año nuevo de 1977 acogí a algunos chicos que acababan de salir de prisión. Nos ayudaron a limpiar la iglesia y celebramos juntos las fiestas. Fue una experiencia interesante: compartir, sentirme su hermana, escucharlos, comprenderlos. Varios volvieron a la cárcel, pero ahora, al menos, saben que cuentan con alguien”.
El 6 de noviembre de 1977 escribe: “Los martes, con algunos adultos, he organizado una visita al centro de detención de menores. Nos dejan juntarnos en una sala y compartir comida y refrescos, charlamos, rezamos… Lo llamamos Día de los Niños”.
El 4 de mayo de 1978 comparte confidencias por carta: “Cristo es el ofendido en la persona de estos niños, expuestos al hambre y a daños peores. Es necesario construir fraternidad, pero la justicia tiene que estar en la base de toda convivencia”.
Este trabajo trajo muchos quebraderos de cabeza a Cleusa; no siempre contó con la comprensión de los otros, que la juzgaban a ella y a los niños, que consideraban, simplemente, criminales. Eran años duros en Brasil, con “comandos de la muerte” integrados por miembros de las fuerzas del orden que, creyéndose justicieros, asesinaban a niños de la calle.
La misma tarea en sí no solo le trajo satisfacciones, también grandes fracasos, decepciones y situaciones comprometidas. Algunos de los menores que acompañaba robaban luego en la misma casa de las religiosas o de los frailes, en la iglesia o a los feligreses.
En 1979, en parte por estas tensiones, Cleusa es enviada a Lábrea para dirigir el centro educativo que había colaborado a fundar 25 años antes. Cuando no está en el colegio colabora con la pastoral de la salud, visita a los encarcelados o defiende a los pueblos originarios y denuncia tantas injusticias que se cometen a la luz del día.
Cleusa y los indígenas
La sociedad amazonense actual se ha construido a partir de una triste historia de explotación. Al valle del río Purús, afluente del Amazonas y espina dorsal de la Prelatura de Lábrea, la población no indígena llegó hace unos 150 años, desde 1871, con la primera generación de nordestinos que, con la vana promesa de salir de la miseria, responden a la llamada para extraer caucho en la selva.
Desde entonces y hasta hoy, esta parte del mundo ha sido para muchos tan solo un depósito del que extraer productos: según épocas y valor, aceite de tortuga, castaña, madera, pescado, caucho, hidrocarburos, oro, ganado, soja…
Si los habitantes originarios de la selva se convertían en un problema, se eliminaban. La Amazonia ha sido testigo de la exterminación, el borrado cultural y lingüístico de sus pueblos, tarea a veces apoyada e implementada desde el Estado, todo un genocidio.
La Iglesia Católica, visto el alcance de la injusticia y el apogeo de la violencia, toma una posición en sus Asambleas para hacer de la Pastoral indigenista una de sus prioridades. Y a partir de 1979 Cleusa asume esta misión como coordinadora regional.
Buena intelectual, percibe enseguida como única solución la demarcación de las tierras: “Piensen en nuestros hermanos apurinã cuyas tierras fueron invadidas y repartidas por el Instituto Nacional de Reforma Agraria (INCRA). Debemos exigir a la Fundación Nacional del Indio (FUNAI) y al Gobierno Federal que su tierra sea demarcada… En esta Prelatura ningún pueblo indígena lo ha logrado todavía”.
Los indígenas que no fueron masacrados fueron obligados a trabajar en la extracción de productos o expulsados cada vez más lejos de las tierras que tradicionalmente habitaron. Las enfermedades, la violencia, el alcoholismo y la depresión los mataron. Los habitantes más antiguos de Brasil ni siquiera eran considerados ciudadanos y no tenían apenas acceso a la educación, la salud, la justicia o el derecho.
Ese mismo 1979 se celebran dos importantes reuniones de los pueblos apurinã, kaxinauá, paumarí y jarawara: “Vivimos como perros sin dueño, expulsados de un lado para otro”, denuncian.
Ante el nivel extremo de violencia, en la Asamblea de la Prelatura de Lábrea de 1983 la Iglesia Católica pone esta pastoral como prioridad principal. Cleusa deja sus otras tareas para centrarse a la coordinación de la Subregión Purús del Consejo Indigenista Misionero (CIMI), la institución creada por la Conferencia Episcopal Brasileña (CNBB) para esta pastoral específica.
La entrega definitiva
Cleusa vivió el apostolado indígena con enormes tensiones personales. Los comerciantes y los terratenientes locales decían: “Aquí se vivía en paz, pero con esta hermana surgió este desorden”, decían. También hay relatos de amenazas por parte de las fuerzas del orden: “Un día esa hermana va a llevarse plomo”.
Ella iba en dirección contraria, animando a eliminar toda violencia, no solo contra los indígenas, sino también de los propios indígenas como medio de defenderse, sabedora de que cualquier atisbo de enfrentamiento daba una excusa a los poderosos para simular legitimidad y exigir impunidad ante su respuesta aún más violenta.
El mundo indígena tampoco era un remanso de paz. Los apurinã son un pueblo guerrero con una historia y tradición de enfrentamientos mutuos. Ha sido una de las bazas de los explotadores de todos los tiempos: enfrentar al indio con el indio, al pobre con el pobre, al trabajador con el trabajador. Bastaba encender la mecha.
En abril de 1985, a causa de uno de estos conflictos creados por la recogida de castaña, los miembros de una aldea apurinã fueron amenazados y se armaron. Cleusa, con firmeza y mansedumbre, logró que el jefe, Agostinho, depusiese de su actitud y aceptase trasladar su comunidad a otra zona como medida de seguridad hasta conseguir arreglar la situación de forma pacífica.
Se fueron aguas arriba del río Passiá y recomenzaron su vida. Pero un grupo de comerciantes sobornó a otro grupo de indígenas para eliminar a Agostinho. Cuando la expedición de exterminio llegó al nuevo emplazamiento, no encontraron al jefe, así que mataron a su mujer, María, y a uno de sus hijos, Arnaldo, de 17 años.
Los rumores del ataque llegan a Lábrea y Cleusa decide ir a comprobar qué ha pasado. Era la única manera de saber a ciencia cierta lo ocurrido, con el objetivo principal de evitar una guerra abierta y total entre indígenas y comerciantes.
El 27 de abril, por la mañana, junto al yerno de Agostinho, Raimundo Paulo, Cleusa se traslada al emplazamiento de la nueva aldea. Allí solo ve las tumbas nuevas de los asesinados. Suponiendo que sigue escondido, siguen río arriba en busca de Agostinho.
Cuando lo encuentran, Cleusa le implora que no tome represalias, que permita que la justicia ordinaria trabaje y se evite reabrir el bucle de venganzas y asesinatos. Los agredidos confían en ella y aceptan su propuesta. Tras hacer noche en la aldea, dada la hora, por la mañana del 28 de abril, acompañada de nuevo por Raimundo Paulo, Cleusa inicia el camino de vuelta a la ciudad.
En determinado punto su canoa se cruza con la de Raimundo Podivem. Era el indígena que había matado a la mujer e hijo de Agostinho. Hacía años había sido miembro de la Policía Militar durante cinco años, después de recibir entrenamiento militar en la lucha antiguerrilla en áreas selváticas.
Cleusa le hace señas para hablar con él, pero Podivem apunta la amenaza con su arma. Cleusa manda a Paulo esconderse: “¡Tírate al río y sálvate, porque tú tienes hijos que cuidar!”. Él quedó semisumergido entre el ramaje y no pudo entender la conversación entre Cleusa y Podivem. Luego, tiros y silencio.
Paulo no salió hasta no estar seguro de que el agresor se había ido. Sin canoa, solo llegó a Lábrea la tarde del 29 de abril y relató lo que llegó a ver y oír. Religiosos y religiosas ponen en marcha su propio dispositivo de búsqueda porque las autoridades dan señales de dilación. La policía se niega a intervenir alegando órdenes de sus jefes en Manaos por tratarse de “conflictos internos de los apurinã”.
La búsqueda no fue fácil y las aves carroñeras dieron la pista definitiva. Primero se encontró la canoa y después, a unos 50 metros, el cuerpo, muy degradado y muy poco accesible. Por falta de luz, ya no puede ser rescatado. Deciden volver a Lábrea para que las autoridades se hagan cargo y recojan pruebas del crimen.
De vuelta, certifican que las autoridades no van a ir a recogerlo. Al día siguiente, con más medios y voluntarios, recogen el cadáver y lo trasladan al hospital, donde Cleusa era muy querida, fiel visitante de los enfermos y de los profesionales de la salud. La idea era tener un informe pericial pulcro y exacto, independiente. Se demuestra que sufrió tortura: fracturas de costillas y de la columna vertebral, traumatismo craneal, amputación traumática del miembro superior derecho a 1/3 del antebrazo y presencia de plomo deflagrado en la pared torácica anterior y región lumbar.
La gente más humilde de Lábrea y los indígenas que había en la ciudad acompañaron los restos de Cleusa en la catedral: “Ella era nuestra madre. Ahora, ¿quién va a cuidar de nosotros?”, se oye. A esa misma hora en algunos bares la cerveza corre a raudales para conmemorar sin rubor que se había “solucionado un problema para los negocios”.
El 5 de mayo fue el funeral en la Catedral, que amaneció con una pancarta: “Hermana Cleusa, madre de los pobres y oprimidos”. Hoy su tumba está en la capilla de Nuestra Señora de Fátima, donde sigue recibiendo homenajes.
Agostinho resumió años después cómo él mismo, gracias a Cleusa, podía decir que estaba vivo: “Gracias a Dios hicimos caso a lo que nos dijo Cleusa sobre no vengarnos de quienes mataron a mi mujer y a mi hijo. Perdí a ambos entonces. Pero hoy tengo mujer, otros hijos y nietos. Si me hubiese vengado en aquel momento, hoy no existiríamos ninguno”.
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