Eusebio Hernández, agustino recoleto.

En estos “jirones de la vida de un obispo jubilado”, el agustino recoleto Eusebio Hernández (Cárcar, Navarra, España, 1944), obispo de Tarazona (Zaragoza, España) entre 2011 y 2022, habla sobre su vocación consagrada y episcopal, su visión del Jubileo y cómo ha vivido el cambio de etapa eclesial con la llegada de León XIV.

Vocación a agustino recoleto

Como tantos otros hermanos míos agustinos recoletos, mi inquietud vocacional surgió con las palabras, juegos y gestos del querido fray Manuel Simón (1914-2007), el promotor vocacional de los Agustinos Recoletos del Colegio San José de Lodosa (Navarra, España) entre los años 1947 y 1984.

Sin embargo, lo que a mí realmente me motivó para ingresar en el seminario fue un acontecimiento que tuvo lugar en la selva amazónica de Brasil en 1955 y que tuvo como protagonista a un recoleto de mi lugar de nacimiento, Cárcar, fray Jesús Pardo.

Unos cuantos niños jugaban al fútbol —¡cómo no, en Brasil!— y el balón cayó al río. Al intentar recogerlo, cuatro niños se vieron en apuros por las corrientes y fray Jesús no dudó en lanzarse y rescatarles. Tras sacar al último, debido al sobresfuerzo, fray Jesús se desplomó y falleció.

El acto tan bonito y desinteresado de este “mártir de la caridad” de mi tierra me impactó muchísimo y pensé que merecía la pena vivir y hacer algo por los demás. Es el referente de mi vocación y el ejemplo que me ha acompañado, el faro que me ha iluminado.

También deseé ir a misiones, pero la vida me encauzó hacia el Derecho canónico y civil y a Roma, al Dicasterio para la Vida Consagrada, con muchas ocupaciones, viajes, conferencias, actos, reuniones con obispos, encuentros de formación…

Vocación episcopal

Así hasta el 10 de enero de 2011. Hacia las 10 de la mañana me llamó monseñor Manuel Monteiro de Castro, secretario del Dicasterio para los Obispos, para decirme que el Cardenal prefecto, Marc Ouellet, quería hablar conmigo. Me citó para una hora después, pues yo solo tenía que cruzar la Plaza Pío XII para encontrarnos.

Durante largo rato hablamos de todo un poco hasta que me transmitió la propuesta de Benedicto XVI de que yo fuera obispo. Me quedé cortado y sin saber qué decir hasta que me vino a la mente una frase de san Agustín: “Si la Madre Iglesia pide vuestra ayuda (…) obedeced a Dios con humilde corazón” (Carta 48,2). Era la manera de decir que sí.

Me dijo que sería obispo de Tarazona (Zaragoza, España), mostré mi agradecimiento por la confianza y el aprecio, acordamos cuándo se haría público y nos dirigimos a la capilla para orar en un momento de recogimiento. Esa misma tarde escribí la aceptación y a los dos días fui a hacer el juramento. Una vez más, el Señor me sorprendía y a él entono un canto agradecido por las innumerables gracias con que ha regado mi vida.

Jubileo

Para entender el año de gracia hay que tener presente el texto de Levítico 25,10: “Declararéis santo el Año Cincuenta y promulgaréis por el País la liberación para todos sus habitantes. Será para vosotros un Jubileo: cada uno recobrará su propiedad y retornará a su familia”.

Durante cincuenta años se podía comprar y vender, pero a los cincuenta años los bienes retornaban a su primitivo dueño. En Israel perder la tierra, el derecho de propiedad, es perder la dignidad. Recuperada la tierra, se recupera el derecho a ser persona. Era especialmente jubiloso para los pobres.

Cuando san Juan Pablo II celebró el Jubileo del año 2000 intentó volver a ese contexto. Entre otras cosas, pidió la cancelación de la deuda externa de los países en vías de desarrollo, cuyo peso era insoportable. Algunos acreedores lo hicieron. En la Congregación organizamos las actividades del Jubileo de los consagrados:

  • Una acción de gracias por el don de la vocación.
  • Una celebración penitencial.
  • Una adoración eucarística.
  • Encuentro “Via lucis: Mi hai chiamato per nome” en el Aula Pablo VI con testimonios, teatro y música.
  • Un gesto profético de comunión y solidaridad, con donaciones de las comunidades religiosas destinadas a los empobrecidos y excluidos.
  • Celebración principal con el Papa el 2 de febrero, Jornada de la Vida Consagrada.

Creo importante aprovechar este año jubilar como verdadero año de gracia para renovar nuestra vida institucional y personal, religiosa y sacerdotal; para pedir perdón por nuestras infidelidades; y para caminar de forma más comprometida con nuestra identidad religiosa y sacerdotal.

Nueva etapa en la Iglesia

En esta misma página ya hace unas semanas escribí sobre la elección del nuevo Papa. Cuando, antes de su nombramiento, me preguntaban quién sería el nuevo Papa, solía responder: “Será el mejor”.

Se presentó como Jesús ante los discípulos asustados: “La paz sea con todos vosotros. Queridos hermanos y hermanas, este es el primer saludo de Cristo resucitado, el buen pastor que dio su vida por el rebaño de Dios. Una paz desarmada y una paz desarmante, humilde y perseverante. Viene de Dios que nos ama a todos incondicionalmente”.

Y, con voz entrecortada y belleza agustiniana, siguió con ideas sobre sentir el amor de Dios, la paz, la evangelización, unión y comunión, el diálogo y ser creadores de puentes… No soy profeta, pero con su bagaje cultural, experiencia de gobierno, espíritu misionero y pastoral, conocimiento de la realidad cultural, social, religiosa y eclesial del mundo, creo que acerté y han elegido al “mejor” para conducir a la Iglesia en medio de estas aguas bravas y turbulentas, ante nuestra orfandad de auténticos líderes y hacedores de paz y solidaridad entre los pueblos.

Como buen conocedor de san Agustín, León XIV sabrá responder a los signos de los tiempos y a tantos desafíos desde una lectura atenta de la Palabra de Dios. Porque Dios es siempre novedad, su palabra es inagotable y recreadora.

Dentro de este mundo maravilloso e inimaginable hasta hace poco con tantas vías de comunicación y conocimiento, sentimos una soledad profunda y dramática. El Papa conoce los enormes y preciosos medios de la revolución digital. Su larga experiencia de prior general y matemático le ha preparado ante este reto, sabedor de las ventajas y de las limitaciones e inconvenientes de la hiperconexión o la Inteligencia Artificial.

El Papa Francisco ya dejó directrices de responsabilidad y discernimiento, y el nuevo Papa nos acompañará ahora ni podemos imaginar hasta dónde llegará. En todo caso, ojalá sirva siempre para favorecer una vida más humana, solidaria y feliz.

León XlV decía a los Cardenales: “Amor y unidad: estas son las dos dimensiones de la misión que Jesús confió a Pedro. […] Vemos aún demasiada discordia, demasiadas heridas causadas por el odio, la violencia, los prejuicios, el miedo a lo diferente, por un paradigma económico que explota los recursos de la tierra y margina a los más pobres. Y nosotros queremos ser, dentro de esta masa, una pequeña levadura de unidad, de comunión y de fraternidad. Nosotros queremos decirle al mundo, con humildad y alegría: ¡miren a Cristo! ¡Acérquense a Él! ¡Acojan su Palabra que ilumina y consuela! Escuchen su propuesta de amor para formar su única familia: en el único Cristo somos uno”.

Son tiempos difíciles para la fe y no es fácil ser evangelizadores creíbles. No es suficiente ser maestros, debemos ser testigos. No nos piden que demostremos que Dios existe, sino que lo mostremos a través de nuestra vida. Más que las cinco vías de santo Tomás o el saber cosas de Dios, les interesa “a qué sabe Dios”, qué pasa cuando irrumpe en nuestro corazón y todo tiene otro color, otro sabor, otro comportamiento.

El predicador y el catequista ya no cuentan cosas sobre Dios, ahora son viajeros que narran lo visto y vivido. Como la primera comunidad cristiana: “Eso que hemos visto y oído os lo anunciamos, para que estéis en comunión con nosotros y nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo”.

Necesitamos testigos, viajeros, palabras que vienen del encuentro vivo con Jesucristo. El vacío de Dios no puede llenarse con personas superficiales, flojas, materialistas; solo por personas que, como María, están llenas de una fe traducida en obras, en vida.

León XIV terminó su presentación al mundo con un gesto muy hermoso: rezando un sencillo avemaría, pidiendo la protección de la Virgen cuando nos faltan los vinos sabrosos de la fe y la esperanza en los banquetes de la vida.