Ezequiel Moreno es uno de los religiosos agustinos recoletos que mejor han sabido encarnar la espiritualidad y el carisma de esta Familia religiosa. Juan Pablo II lo propuso en su canonización como modelo de entrega a Dios y de evangelizador. Proponemos algunos aspectos de la vida del santo especial protector de los enfermos de cáncer.

Durante años ha circundado sobre san Ezequiel cierta fama de hombre adusto e intransigente, de ceño severo empuñando las disciplinas ascéticas o el látigo antiliberal. Tal imagen es una caricatura que, como tal, deforma la realidad al realzar exageradamente alguna de las facetas y esconder otras.

Ezequiel no era impasible ni carecía de afectos, ni siquiera era duro o seco de trato. Era todo el contrario: sensible, reaccionaba con emoción ante cualquier cosa bella o ante cualquier gesto de generosidad, de gratitud o de abnegación. No era difícil conmoverle con una canción o con un elogio a uno de sus hermanos religiosos.

A Ezequiel le gustaba el trato social, gozaba de las delicias de la amistad, distraía las largas horas de camino contando chistes y anécdotas. En el ámbito personal trataba con comprensión y generosidad incluso a quienes sentían enemistad pública hacia él, como los liberales más radicales. En el sacramento de la reconciliación tendía a la indulgencia, a la benignidad y a tratar con cariño al penitente.

Ezequiel tenía exquisita cortesía, facilidad expresiva, transpiraba confianza, comprendía los entresijos del corazón y sabía expresar sus sentimientos con palabra abundante y precisa.

No hay testimonio alguno de reprensiones, humillaciones, desaires, amenazas o discusiones ásperas. En sus responsabilidades y cargos de gobierno era atento, seguía con interés las actividades de sus hermanos, comprendía sus límites, se alegraba con sus triunfos. Solía cubrirlos, de modo callado, en las actividades que no podían asumir.

Más atento, si cabe, era con los misioneros que estaban en los lugares más difíciles. Se preocupa por su soledad, sus fatigas y desalientos; les escribe continuamente, reconoce su trabajo y difunde sus éxitos; se interesa por su salud, les busca ropa, libros, sal, harina y mil cosas útiles que no duda en pedir a sus amigos con recursos.

Como prior, provincial u obispo se limitaba a manifestar necesidades con fórmulas de súplica o favor: “podría”, “si le parece”, “si usted quisiera…”, evitando lo imperativo. Y si había que corregir, lo hacía con la misma ternura que un padre.

Otro rasgo de su carácter es la valentía. No temía afrontar dificultades y aceptaba feliz destinos como Palawan en Filipinas y Casanare o Pasto en Colombia, con enormes incomodidades en el aspecto material y muy complejos en lo social. Eran, en su época, el “fin del mundo” de cada uno de esos países.

Lejos de espantarle, esto le regocija y colma de dicha y satisfacción, y explica por qué: nadie podrá pensar que se mueve por ambición, avaricia o afán de poder. Dormía a la intemperie, sobre la arena de las playas fluviales o al amparo de los bosques; recorría distancias interminables bajo el sol abrasador o aguaceros tropicales; pasaba hambre, sed, fiebres y enfermedades. Y nada de eso lo amedrantaba, porque tenía un objetivo, un motivo, una causa, un ‘don y tarea’: su vocación agustino-recoleta.

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