Hoy es el comienzo del año y, en la liturgia, la Solemnidad Santa María, Madre de Dios; y, desde 1968, instituida por Pablo VI, se celebra la Jornada Mundial de la Paz, para la que ofrecemos una propuesta práctica y viable de la mano de Agustín de Hipona.
Fabián Martín, agustino recoleto
Los tiempos de san Agustín fueron de guerras y violencia; los nuestros no son muy diferentes: según el Institute for Economics & Peace (IEP), estamos en un pico de conflictos desde la II Guerra Mundial: 56 activos en el mundo con 92 países involucrados en guerras fuera de sus fronteras.
San Agustín fue testigo directo de muchos conflictos; incluso muere durante el sitio de Hipona Regio (de junio de 430 hasta agosto de 431) por parte de los vándalos. Pocos años después, el 476, Odoacro, rey de los hérulos, derroca a Rómulo Augústulo y pone fin al Imperio Romano en Occidente.
Pero además fueron años convulsos dentro de la misma Iglesia, con presencia de herejías, cismas, partidismos, enfrentamientos y divisiones. Como miembro importante del clero, Agustín participó en muchas de estas discusiones y buena parte de su obra tiene su origen o destino en estas controversias.
El empeño de Agustín era recomponer la unidad disipando los errores que causaban esas divisiones: solo la verdad construye la unidad y la paz, y no se dio tregua. ¿Hay en su experiencia algo de sensatez y sabiduría que nos sirva para promover hoy la paz, frente a la constante amenaza de la violencia a nuestro alrededor?
San Agustín tiene una propuesta concreta y asequible que parte del este texto del evangelio de san Juan:
— “La paz les dejo, les doy mi paz, y no como la da el mundo. No se inquieten ni se acobarden” (Juan 14,27).
Comentándolo (cf. In Io Ev. tr. 77,3-5), Agustín describe tres modos de involucrarse en la construcción de la paz: las personas que están en paz, las personas a favor de la paz y las personas que trabajan por la paz. Las tres preposiciones, “en”, “de” y “por”, dan la pauta para hilar con delicadeza una propuesta útil por la paz.
Agustín apunta, en primer lugar, hacia la pacificación del corazón; después, a la expresión natural y espontánea de vivir esa paz en el entorno y, por último, al compromiso por la paz en todo y para todos: pacificados, pacificadores y pacifistas.
Pacificados
Las personas en paz, los pacíficos, gozan de la paz en sí porque han sometido sus impulsos irracionales y agresivos a la lógica de la razón y del corazón; dicho con los términos del cuerpo, piensan con la cabeza, actúan con el corazón y no se dejan llevar por la bilis y el hígado. En una persona así gobierna la razón y, dice Agustín, la razón la gobierna la verdad de Dios.
Podríamos preguntarnos sin empacho qué es lo que hay en las entrañas de los poderosos que, en su afán desmedido de dominio, envían a la muerte quienes en realidad deben servir o convierten en enemigos a pueblos enteros. Es realmente perverso.
Y nosotros, en la vida cotidiana, ¿somos impulsivos, desmesurados, exagerados, nuestro lenguaje está dominado por hipérboles, victimismos o acusaciones?
Pacificadores
Quien está en paz consigo mismo normalmente está en paz con los demás, esa es su tendencia. Sí, la paz en este mundo es imperfecta, pero no hemos de abandonar ni el empeño de conseguirla ni que su búsqueda sea tendencia y valor.
En la visión cristiana, la paz perfecta se encuentra en la Patria del cielo y en el abrazo misericordioso de Dios. Jesús, nos da la paz, su paz; se da a sí mismo. Jesús, el Señor, es nuestra paz definitiva. ¿Sueles dar importancia al saludo litúrgico “La paz esté contigo”?
Pacificistas
Y hay quienes trabajan por la paz de un modo activo en todos los entornos, próximos y lejanos, verdaderos promotores y profetas de paz. Dice de ellos san Agustín que “teniendo la paz en sí mismos, hacen lo posible por conservarla también entre los otros. Y si no consiguen esto último, no pierden la paz en sí mismos”.
La paz “de corto alcance”
Los conflictos y tensiones que alimentan las redes sociales nos ponen a todos en una especie de estado de alerta permanente. Algunos hablan de inminencia de la III Guerra mundial o de una Guerra atómica. El miedo, que es libre y no obedece siempre a los datos reales, se expande; y no suele, precisamente, promover paz interna o externa.
Es fácil que esa situación nos lleve a conflictos en escenarios mucho más cercanos como son la familia, el trabajo o el colegio, el deporte, la Iglesia… Aparecen por doquier enemigos: quien piensa diferente, o tiene otra cultura o acaba de llegar. Y se confirma que vivimos enfrentados, polarizados, divididos, crispados, al límite… Puede costar mil años lograr la paz, pero en un minuto se declara la guerra.
La primera paz, de donde parte la propuesta de Agustín, es la del propio corazón. La primera guerra no es contra alguien, sino contra uno mismo: contra el egoísmo y la ira, el afán de poder y control, el resentimiento y la desconfianza, el odio y el victimismo, la sed de venganza y el orgullo herido, contra el pecado.
Lo dice así san Agustín:
— “No puede haber paz auténtica donde no hay concordia auténtica porque están desunidos los corazones. Unamos recíprocamente los corazones y tengamos arriba un único corazón, en Dios, para que no se corrompa la paz en la tierra”.





