Pan y vino para hacer un mundo más justo y para ser entregado en favor del más pobre, más desfavorecido; pan y vino para obrar la caridad

Santiago Marcilla (†), agustino recoleto

La festividad del Corpus, aunque la hayan desplazado en el calendario en esta sociedad que va a galope tendido, sigue siendo una de las más tradicionales de nuestro pueblo. El folclore religioso, que es manifestación de la identidad de un grupo humano, tiene en este día múltiples y peculiares expresiones. Altares, custodias, flores, procesiones, música y comulgantes ambientan esta celebración que “relumbra más que el sol”. Y es lógico y natural que todo ello se ha de cuidar y conservar por parte de todos los ciudadanos, como patrimonio común que es. Con todo, como comunidad de seguidores de Jesús, la fiesta presenta otras facetas que no hemos de olvidar y que van desde la proclamación de una fe común en la presencia permanente de Jesús en las santas especies hasta ese carácter de fermento transformador que nos empuja a compartir nuestros bienes con los más pobres.

No nos quedemos sólo en pasear al Señor por las calles con devoción y solemnidad. Hagámosle presente en la vida de forma permanente. Las Eucaristías no serán más cristianas sólo por el hecho de que nuestros cantos y ceremonias sean estéticamente impecables. Lo decimos casi a diario: el sacramento augustísimo es “signo de unidad y vínculo de caridad”. No puede ser el tranquilizante rutinario de nuestra conciencia formalista, sino el “memento” (recordatorio) de un envío por los caminos del mundo.

¡Quizá tengamos que ver en la procesión del Corpus un primer carácter penitencial! Seguro que no sobra un ejercicio humilde de desagravio al Señor, testigo de nuestros continuos ultrajes y blasfemias. Nos dio los labios y la boca para bendecirle y los utilizamos para apostatar con cobardía o para delinquir con insolencia.

Había que pedirle perdón al Señor por el mal uso de su Cuerpo, por haber intentado conciliar la participación en su banquete con nuestra divisiones y disputas, la ortodoxia de las fórmulas con la herejía de los comportamientos, la defensa de la verdad con la ofensa a las personas.

Habrá que pedirle perdón al Señor por la no utilización de su Sangre. ¡Cuánta ignorancia! Y ¡cómo sube el índice de anémicos espirituales por falta de este alimento! Y eso que Él lo repitió bien alto: “Mi Carne es verdadera comida y mi Sangre es verdadera bebida”. “El que come mi Carne y bebe mi Sangre tiene la vida eterna y Yo lo resucitaré el último día”. Se ha terminado o se concluirá en los próximos días el curso escolar, según las distintas alturas académicas. Pronto tomaremos las vacaciones, y quizá podrá pensar alguno que ahora, después de los cansancios de un año agotador, nos dan alas para poder volar a cualquier paraíso, aunque allí tiremos por la borda lo que el Señor nos ha enseñado y pactemos con socios nada recomendables. El brindis al que el Señor nos invita en la Eucaristía, cosa totalmente inmerecida y gesto de un amor impensable, nos cambia de dimensión, nos eleva de rango, nos transforma de hombres carnales en hombres espirituales.

Y habrá que pedirle perdón al Señor por el uso innocuo e irrelevante que hemos hecho del sacramento, por haber reducido la Eucaristía a simple rito, a práctica que no cambia nada ni transforma la realidad, antes bien legitima el estado de cosas existentes (“… mientras uno pasa hambre —dice Pablo— otro se embriaga”: 1 Cor 11, 21).

No estaría nada mal que, como segundo aspecto y mirando al futuro, declarásemos ante el Sacramento, como el pueblo del Éxodo: “haremos todo lo que manda el Señor y le obedeceremos”. Y ya sabemos que su único mandamiento es el del “amor” y que las cosas que hay que “hacer” son la paz y el respeto, la justicia, la fraternidad y la tolerancia. Por eso, no basta ya poner sobre el altar el pan y el vino, “fruto de la tierra y del trabajo del hombre” para que Dios los bendiga y nos salven; es preciso bajarlos del altar y hacerlos comida y medicinas para el hambre de Somalia, Etiopía y Sierra Leona, ayuda para el barrio pobre, escuela para el que no sabe, vivienda para el matrimonio de renta corta, agua, luz y vías de comunicación para todos.

El pan y el vino son necesarios para vivir. Pero tan indispensable como ellos es la alegría de estar juntos, alrededor de una mesa, que es símbolo de convivialidad, fraternidad y amistad. Comer el sacramento, comulgar a Jesús es aceptar el hermano en el corro del juego, perdonarle la deuda externa que va engordando a base de dejarle en la miseria, dejar de venderle armas para seguir manteniendo el negocio de la guerra, sentarlo en la mesa del reparto de beneficios, para que todos, que somos hijos del mismo Padre, lleguemos a querernos como hermanos. Y tantas cosas más… “Día de la caridad”: oportunidad para parecernos a Dios en su largueza, para borrar fronteras y ensanchar el corazón a los más desgraciados.

Misterio del Cuerpo y Sangre del Señor: Sacrificio, Banquete, Presencia; fuente viva y medicina de inmortalidad. Memoria y Profecía. Día para rezar, dar gracias y contemplar. Día para pedir al Dios escondido: “Fac me tibi semper magis credere/, in te spem habere, te diligere”: haz que crea cada vez más en ti, que espere sin desesperar y que te ame siempre.

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