Benjamin West - The Expulsion of Adam and Eve from Paradise

Lecturas: Génesis 3,9-15: Pongo hostilidad entre tu descendencia y la de la mujer; Salmo 129: Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa; 2 Corintios 4,13-5,1: Creemos y por eso hablamos; Marcos 3,20-35: Satanás está perdido.

Tomás Ortega González, agustino recoleto

Nueva familia

El evangelio de este domingo viene enmarcado en el tema de la familia de Jesús. La escena comienza diciéndonos que los familiares de Jesús (su madre y sus hermanos = v. 31 cf. v. 21) lo buscan porque creen que es un lunático. El evangelio termina con Jesús preguntando a los presentes sobre quienes son su madre y sus hermanos, para afirmar que éstos son aquellos que cumplen la voluntad de Dios (vv. 33-35; cf. Mt 12, 46-50; Lc 8, 19-21). No aquellos que están a la puerta de la casa, sino los que están atentos a lo que dice. En otras palabras, que los vínculos de sangre no serán más los que definan la relación entre los hombres, ni tampoco con el Padre del cielo.

El tema de la familia de Jesús se presta siempre a una serie de especulaciones e interpretaciones. No hay total consenso entre los exegetas y los teólogos; sin embargo, nos ayuda a darnos cuenta de que lo que está haciendo Jesús rompe la lógica de su ambiente: Él no rechaza ni reprende a su familia, sino que les invita a que formen parte de otra más grande (los evangelios nos contarán que María, la madre de Jesús acompañará en la misión, en la cruz y en la Pascua a su hijo, y que Santiago “el hermano” del Señor será jefe de la comunidad de Jerusalén). Escuchar para ser familia. Buscar la unidad.

Satanás, el mal y la división

En la parte central del Evangelio, aparecen representantes de las altas autoridades de Jerusalén, que vienen a Cafarnaún por petición de los fariseos y los herodianos, para detener la misión de Jesús. En Mc 3,6 el evangelista nos dice que estos grupos antagónicos se han puesto como objetivo acabar con el Maestro. Los representantes de las autoridades jerosolimitanas tratan de desacreditar sobre todo los milagros de Jesús, diciendo que éste está endemoniado y que él actúa con el poder de Belcebú. Sin embargo, no dan argumentos, más que su propia palabra; si Jesús no es capaz de defenderse de esta acusación, puede ser denunciado y condenado por posesión y blasfemia.

El maestro no se deja amedrentar y los invita a que lo escuchen y presenta una serie de proverbios sencillos, pero que ilustran su defensa: ¿Puede Satanás ir contra sí mismo? ¿Puede un reino dividido subsistir? Y ¿una familia dividida sobrevivirá? Finalmente usa una parábola: ¿quién es capaz de robar a un hombre fuerte, si antes no lo somete y lo ata? Si Satanás está dividido no puede subsistir.

Satanás y Belcebú, los nombres y funciones con las que se ha identificado al príncipe del mundo, nos recuerdan la principal tarea con la que aparece en el Antiguo Testamento y, luego, en la religiosidad del periodo del Segundo Templo: Satanás es el tentador como vemos en la primera lectura, tienta a los primeros padres, ofreciéndoles un mundo en el que ellos pueden ser señores de todo, alejados de Dios; sin embargo, este acto los condena y les hace perder el paraíso y vivir en el pecado (cf. Gen 3, 9-15). Es también el fiscal que hace llegar al límite a Job, aunque no lo doblega en su rectitud. En la religiosidad de la época de Jesús es el príncipe del mundo, es el causante de las injusticias sociales, del caos, de la enfermedad, del dolor y el sufrimiento, y solo es derrotado por Dios y su enviado.

Jesús demuestra con sus gestos que él es el enviado de Dios y que actúa con el Espíritu de Dios, por eso lanza una advertencia a los que le están acusando (por envidia y miedo): todos los pecados pueden ser perdonados, incluso el de blasfemia (que será una acusación constante contra Jesús), menos el pecado contra el Espíritu Santo. Es decir, aquel que dice que Jesús actúa por el espíritu del mal; eso no puede ser perdonado, puesto que es negar la acción salvadora y liberadora de Dios mismo; en otras palabras, que todo el bien que Jesús hace es obra del Maligno. Satanás siembra la división de la humanidad, Jesús quiere que toda la humanidad sea una familia.

Creer para hablar

La segunda lectura (2Cor 4,13 – 5,1) es una exhortación paulina a la vivencia coherente de la fe, o más bien a que en el creyente la fe sea lo que dé sentido a su vida: creo, por eso hablo, dice el Apóstol, y es que él mismo reconoce la necesidad de ir renovando al hombre interior, dejando que el viejo se vaya deteriorando; así puede actuar esa fe en Cristo. Frente a un mundo dividido — que se va desmoronando —, Jesús nos ofrece la unidad en su amor. Ser hermano, hermana y madre del Señor son señales del Reino que se avecina: el pueblo nuevo de los Hijos de Dios. Creer para hablar significa dar testimonio, que es lo que el mismo Jesús hace de las obras que le manda su Padre y que él realiza por la fuerza del Espíritu. Dejar que nuestras obras sean reflejo de las obras que hacemos, para que como dice san Pedro, a los que falsamente nos acusan, se les caiga la cara de vergüenza, ante nuestra vida coherente (cf. 1Pe 2, 12-17).