Francisco Herrera_Exaltación Eucaristía

Lecturas: Éxodo 24,3-8: Esta es la sangre de la alianza que el Señor ha concertado con vosotros; Salmo 115: Alzaré la copa de la salvación, invocando el nombre del Señor; Hebreos 9, 11-15: La sangre de Cristo podrá purificar nuestra conciencia; Marcos, 14,12-16.22-26: Esto es mi cuerpo. Esta es mi sangre.

Tomás Ortega González, agustino recoleto

La Nueva Alianza

Uno de los temas que atraviesa la liturgia de la Palabra de la solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo es el de la alianza. Debemos ir al Éxodo para rastrear el origen de este concepto. Después del diluvio Yahvé hace una alianza con Noé y los sobrevivientes; el signo será el arcoíris (cf. Gn 9, 12-15); capítulos después Dios establece un pacto con Abram, en el cual, el Señor se compromete a hacer fecunda y poderosa a la herencia del patriarca; la señal de la alianza será la circuncisión de los varones (cf. Gn 17, 1-25). Cuando el pueblo es liberado de la esclavitud, Yahvé hace un pacto con ellos: en la montaña santa, Dios da su Ley y sus normas al pueblo de Israel: Haremos todo lo que diga el Señor… responde el pueblo. Luego Moisés rocía sobre este la sangre sacrificada: esta es la sangre de la alianza que el Señor ha concertado con vosotros… (Cf. Ex 24, 3-8). La Escritura nos da el testimonio que este pacto no fue respetado por Israel, y, como consecuencia, vinieron la división, la caída y el exilio. A pesar de ello, Dios no abandona a su pueblo, y por los profetas les anuncia la promesa de renovación de la alianza.

La “nueva alianza” que establece Jesús, el Hijo, es la nueva y definitiva alianza de Dios con la humanidad; no es con un único pueblo, sino con toda la humanidad. En la última cena, el Señor Jesús pone las bases de este nuevo pacto: el pan y el vino serán los signos visibles del nuevo pacto: su cuerpo repartido y su sangre derramada. En el altar de la cruz se consumará el rito: del costado herido de Cristo brotan agua y sangre… (cf. Jn 19, 34). La Carta a los hebreos es un testimonio de la evolución de esta comprensión: Cristo sacerdote se presenta ante Dios con su propia sangre… y, se convierte en mediador de una alianza nueva y eterna. La sangre de Cristo sustituye definitivamente la sangre de los sacrificios antiguos. Una sola ofrenda hecha de una sola vez y para siempre.

Una cena

Marcos nos regala en el evangelio el testimonio que él recibe de la cena pascual del Señor: Después de todos los preparativos y, en medio de la misma cena, el Señor Jesús toma el pan, lo reparte y dice: esto es mi cuerpo; luego toma la copa del vino y la reparte entre ellos, diciendo esta es mi sangre, de la nueva alianza, derramada por muchos… (cf. Mc 14, 22-26) Esta cena especial es elegida por Jesús para dejar su testamento y para instaurar la Eucaristía: Jesús da gracias al Padre y lo bendice, luego reparte el pan y el vino.

No son gestos al azar, ni siquiera el contexto es extraño. Desde los tiempos proféticos se habla de un banquete especial en el que Dios alimenta y sacia a su pueblo, la humanidad: Preparará el Señor del universo para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares exquisitos, vinos refinados… (Is 25,6). Jesús usa el momento de la cena para dar enseñanzas. No es extraño que, en el contexto de la cena de Pascua, Jesús diera su enseñanza más que especial. En este caso, una enseñanza que supera cualquier otra: su propia forma de amar. A partir de aquel momento, la cena del Seder se convierte en signo de la nueva alianza, del amor fraterno, del servicio, del mandamiento nuevo, la cena de la instauración de la Eucaristía (cf. Mc 14, 17-26 et pass; Jn 13, 1-17).

Un único sacrificio

En los cuatro textos de hoy está el tema del sacrificio como trasfondo: En Éxodo se habla de holocaustos y animales sacrificados con cuya sangre se rubrica el pacto; el Salmo nos habla de un sacrificio de alabanza ofrecido para invocar el nombre del Señor (Sal 115, 17); Hebreos nos recuerda el sacrificio de Cristo y de la sangre del nuevo y definitivo pacto, así como el verdadero culto al Dios vivo (9,11); finalmente, Jesús habla del cáliz de la sangre de la nueva alianza que es su sangre…

Hay una novedad en los textos neotestamentarios: los pactos de la alianza del AT se confirman con el sacrificio de animales: novillos, corderos, machos y necesitan celebrarse cada día; en la nueva alianza solo hace falta un único sacrificio, el del Hijo, el de Jesús, que se entrega a sí mismo. Él es la ofrenda sacrificial, el sacrificio perfecto, que no necesita repetirse, sino que es definitivo. El nuevo sacrificio que los cristianos ofrecen es una ofrenda de alabanza al nombre divino, por el don otorgado por Jesucristo, quien se entrega por todos los hombres como sacrificio agradable al Padre. El creyente actualiza el sacrificio de Cristo cada vez que repite el gesto de Jesús en la última cena: el pan y el vino son la ofrenda, que se convierte en el cuerpo y la sangre de Cristo.

Mediación

Jesús es el único mediador capaz de interceder por la humanidad ante Dios. La mediación es propia del Hijo, solo él tiene el acceso directo al Padre: es él quien pide al Padre que envíe su Espíritu sobre los Apóstoles y discípulos…. (cf. Jn 14, 15-18). Como se nos dice Hebreos, es el único que ha entrado puro y sin mancha en el santuario divino, presentando las suplicas de sus hermanos, los hombres. Cristo se convierte en sacerdote perfecto, al estilo de Melquisedec, el mítico rey de Salem (cf. Heb 7, 1-22; Gn 14,18). Que Jesús esté entre Dios y los hombres beneficia a la humanidad: Jesús nos comprende e intercede por sus hermanos; gracias a ello, sabe la necesidad que tenemos de su auxilio, de su ayuda, de su ejemplo para poder seguir el camino. La eucaristía es viático en nuestra peregrinación terrena, es el auxilio del propio Cristo que se nos da a sí mismo en su cuerpo y su sangre.