Icono bixantino Ascensión

Lecturas: Hechos de los Apóstoles 1,1-11: A la vista de ellos, fue elevado al cielo; Salmo 46: Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas; Efesios 1,17-23: Lo sentó a su derecha en el cielo; Mc 16,15-20: Fue llevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios.

Alberto Fuente Martínez, agustino recoleto

El próximo domingo celebramos la solemnidad de la Ascensión que, junto con Pentecostés, es la conclusión del ciclo pascual. En ella celebramos a Cristo como el que ha reunido definitivamente al hombre con Dios.

La Ascensión de Jesús se encuentra vinculada a su muerte redentora en favor de los demás. Una muerte en la que Cristo, humilde y fiel al Padre, aparece en contraposición a nuestro primer Adán que, en su arrogancia, quiso exaltarse y divinizarse a sí mismo y, al hacerlo, se autodestruyó. Así pues, en nuestras coordenadas creaturales y bajo el signo del pecado, la exaltación de Cristo se manifiesta sólo bajo el signo de la cruz; esto es, bajo la ley del grano de trigo que sólo muriendo da vida. Pero desde la realidad de la fe descubrimos que la Ascensión del Señor a los cielos implica la exaltación escatológica que nos muestra como ya realizado en Cristo lo que será la realidad de los últimos días: que el Jesús resucitado y ascendido al cielo forma parte del misterio de Dios, un Dios que se abre así, de forma nueva y plena, a los hombres y a la creación entera en esa transformación total ya realizada en Cristo e incoada en nosotros.

Sólo así se comprende tanto el dogma de la asunción de María que supone que la Virgen ha sido acogida-asumida en la gloria de Cristo, resucitando con Él y alcanzando así la gloria de Dios como la “gran alegría” con que los discípulos volvieron a Jerusalén después de la Ascensión. Una alegría basada en la certeza de que el Crucificado ha vencido la muerte, que separa al hombre del Dios de la vida y vive ya para siempre en Dios, convirtiéndose a sí mismo, en su realidad exaltada, en la meta y medida del hombre rehabilitado y bendecido para siempre. La Ascensión del Señor, por tanto, no es la ausencia temporal de Cristo del mundo, sino la nueva, victoriosa y permanente forma de su presencia mediante la participación en el poder y la realeza de Dios.

Así pues, y frente a la capciosa pregunta de Bultmann, “¿qué sentido tiene confesar hoy: “descendió a los infiernos” o “ascendió a los cielos”, si el que confiesa eso no comparte la visión del mundo en tres estratos que subyace a tales formulaciones?”, la Ascensión del Señor a la derecha de Dios no hace referencia a un lugar sino que es una imagen para referirse a su poder y gloria celestiales: que Cristo, también en su humanidad, está incluido en el poder de Dios, que abarca la realidad entera y que en Él, el ser humano ha entrado ya de forma irrevocable en el ámbito de lo divino aunque se realización completa todavía sea escatológica.

El cielo no es un mero lugar cósmico sino Cristo mismo crucificado y exaltado en quien Dios y hombre son ya inseparablemente uno para siempre. En Él la humanidad encuentra su espacio definitivo y pleno en Dios. Él es la meta y camino de la humanidad. Un camino que, como muestra la Virgen María, se realiza en la vida cotidiana compartida con el Maestro; esto es, vivida a semejanza del Verbo encarnado en apertura entregada y confiada a Dios y los hermanos.

La Ascensión no es pues una ausencia con relación al mundo que, como bien dice la famosa poesía de Fray Luis de León, nos debería llenar de tristeza, sino la participación del hombre Jesús en el poder regio de Dios y, consecuentemente, su presencia nueva y soberana en el mundo y entre los suyos a la par que promesa de nuestra futura realidad exaltada.

La Ascensión no sólo no depende de una supuesta imagen “mítica” del mundo ya superada, sino que nos abre una nueva visión positiva de la realidad del “cielo” como la dimensión de la convivencia entre el hombre y Dios, y los hombres en Dios entre sí y con el mundo, la cual ha quedado instaurada por la resurrección y exaltación de Jesús, aunque nosotros todavía la vivimos en la espera escatológica. Por eso todo cristiano sabe que su verdadera “vida está escondida con Cristo en Dios” (Col 3,3); es decir, en el “cielo”, en cuanto que por la fe en Cristo, ha entrado ya en esta vida en la dimensión de Dios, y con ello, ha penetrado ya ahora en su propio futuro glorioso.