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Servir a la humanidad del presente con el servicio de Jesús, buen pastor, es ser líderes en cada uno de los proyectos que favorecen a hombres y mujeres imitando a Jesús. Él vino a curar, animar, levantar, alimentar, servir, entregar la vida…

Santiago Marcilla (†), agustino recoleto

Una de las carencias más graves de nuestra sociedad es la ausencia de buenos pastores en los distintos sectores socialesBuenos pastores en la política, es decir, líderes que sean maestros de la verdad y no de promesas incumplidas; de honradez y no de corrupción; de una promoción social justa y solidaria y no de un enriquecimiento partidista y sectorial. Profesionales de la economía, que creen bienestar para todos e igualdad de oportunidades, y no arquitectos de un complejo entramado que cada vez envía más hombres al hambre, al paro y a la marginación. Maestros de la palabra (periodistas, profesores, técnicos de los medios audiovisuales, etc.) que creen personas libres, con capacidad de juicio crítico y siembren utopías posibles, en lugar de abandonar al hombre, especialmente a los jóvenes, en el estercolero del consumo sin límites. Padres de familia que sean referencia de valores: honradez, fidelidad, generosidad gratuita por encima de la dificultad cotidiana, y que asuman el riesgo de educar a sus hijos en el servicio, el respeto y el amor a Dios como padre bueno de todos, sin caer en la trampa del concepto de «familia-residencia» que no supera el nivel del verbo ‘apetecer’ usado indiscriminadamente. Pastores buenos de la Iglesia de Jesús, que sean fieles al evangelio de su Señor, que no vino a ser servido, y que no se aprovechen del rebaño sino que den la vida por él.

Decimos todo esto en el tradicionalmente llamado «domingo del Buen Pastor». Desconectados de su Palabra y de su Vida, el hombre pierde el rumbo y se extravía por una «soledad poblada de aullidos». Son tan sangrantes y actuales los casos negativos de corrupción y mentira que están minando nuestro tejido social, que está de más bajar a detalles. Tan sólo queda, a la vista de tanto mercenario, un malestar profundo, mucha decepción y la urgente necesidad de inyectar en las venas de este cuerpo enfermo de egoísmo unas dosis de honradez, de solidaridad y de entrega a los demás.

Sólo Jesús es capaz de hacer milagros. Ningún otro puede salvar. Pedro deja bien claro ante los jefes del pueblo que el poder que ha salido de sus manos (las de Juan y las suyas), por el que ha quedado sano el tullido mendigo de la «Puerta Hermosa» del templo de Jerusalén, procede de Jesucristo Nazareno. La fuerza que Dios desplegó resucitándolo de entre los muertos es la que actúa ahora en su Iglesia. En su nombre sufren persecución los Apóstoles; en él se bautizan los creyentes; a él se le invoca en medio de las dificultades de la vida; por él anuncian los discípulos la Buena Nueva con valentía. Sólo Jesús es la piedra angular sobre la que se puede construir algo duradero.

 

Recuerdo que el lema de los cartujos es «Stat crux dum volvitur orbis» (mientras el mundo anda revuelto, la cruz de Cristo permanece). Y todos estamos al cabo de la calle de la sucesión de dinastías y linajes de alcurnia que se ha tragado la Historia; de los imperios y reinos poderosos que atravesaron la tierra con el estrépito de sus águilas o la arrogancia de sus «cazas» voladores. Apenas fueron más que la hierba del tejado, que verdea por la mañana y se agosta en el ocaso. Expresiones jactanciosas de soberbia humana, pagada de sí misma, como el caso del Titanic, de cuyo hundimiento celebramos ya el primer centenario. Fueron como árboles sin raíz, como casas sin cimiento. Mejor aún, su seguridad se asentaba en las arenas movedizas de sus ambiciones, afán de dominio y volar sobre las alas de la fama. Y, como en la película americana, el viento se lo llevó todo. Pero la cruz de Cristo, sencilla madera sin brillo, expresión del amor del Padre -¡hasta ahí llegó al entregarnos a su Hijo!-, adornada con los clavos del dolor redentor y de la sangre preciosa del único sacrificio agradable, ha sido el ascensor que lo ha levantado como Señor del Universo y lo ha plantado en el centro del mundo como eje y fundamento de todo lo creado, tal como nos recuerda San Pablo en la carta a los Filipenses.

Gracias a ese gesto de misericordia, el hombre ha sido arrancado del poder de las tinieblas, de la garra del demonio y del polvo de la muerte. «¡Mirad qué amor nos ha tenido el Padre!», escribe san Juan. Por ese amor desbordante hemos sido convertidos en «consortes divinae naturae», como escribirá san Pedro, en hijos del mismo Dios, con la esperanza de poder verlo, contemplarlo y gozarlo un día tal como Él es y por siempre. 

El amor que Dios Padre nos tiene lo descubrimos al contemplar a Jesús, el Buen Pastor, y su actuación en favor nuestro. Él nos conoce y nos valora; nos defiende de asalariados del tener y del placer insolidarios; entrega su vida por nosotros; nos ofrece el mejor alimento: su pan y su vino santos; y, alrededor de Él y con Él, reconocemos, acogemos y agradecemos lo que somos por gracia del Padre: su pueblo, su rebaño, su comunidad. Reconocemos que nos ha hecho su Iglesia, para que salgamos con Cristo a recorrer los caminos, obrando y anunciando que Jesús es el Buen Pastor de nuestras vidas.

Pero la escuela ‘ordinaria’ donde los hijos de la Iglesia deben aprender esa misión no es otra que la familia cristiana, asediada ella también por la crisis general de valores. En la mente de la Iglesia está la aguda escasez vocacional: un descenso rápido del número de sacerdotes, un clero envejecido, una bajada preocupante del número de candidatos y un lento o nulo resurgir de respuestas a la vida consagrada. Y la familia, como elemento nuclear de la comunidad cristiana, parece no enterarse y asiste a este dramático espectáculo como espectadora indiferente. Toda la sociedad se resiente del déficit de los buenos pastores y echa en falta su misión profética, su labor educativa, su tarea humanizadora y generosa. Ha bastado una circunstancia extraordinaria, ajena al quehacer callado de estos apóstoles de la caridad —las Hijas de los santosVicente Paúl y Luisa de Marillac—, para que hasta los más reacios reconocieran su eficaz labor y la justeza del premio «Príncipe de Asturias» que les otorgaron.

En esta Jornada de Oración por las Vocaciones Consagradas, tiene que sonar fuerte en la familia la llamada del Papa Juan Pablo II: «La pastoral vocacional encuentra su ámbito primero y natural en la familia. Los padres están llamados a preparar, cultivar y defender las vocaciones que Dios suscita». Y sigue el Pontífice: «¿Qué sucede cuando la familia se deja arrastrar por el consumismo, el hedonismo y el secularismo que turban e impiden la realización del plan de Dios? ¿Cómo pueden los hijos, dejados huérfanos moralmente, sin educadores ni modelos, crecer en la estima de los valores humanos y cristianos? ¿Cómo pueden desarrollarse en un clima tal las semillas de vocación que el Espíritu Santo continúa depositando en el corazón de las jóvenes generaciones?».

El papa Francisco propone para la Jornada de oración por las vocaciones de este año este lema “Llamados a sembrar la esperanza y a construir la paz”. Lo explica de este modo: “Ser peregrinos de esperanza y constructores de paz significa, entonces, fundar la propia existencia en la roca de la resurrección de Cristo”. Y anima a los discípulos de Jesús del mundo de hoy con las palabras que también pronunció en la Jornada mundial de la juventud: “Despertémonos del sueño, salgamos de la indiferencia, abramos las rejas de la prisión en la que tantas veces nos encerramos, para que cada uno de nosotros pueda descubrir la propia vocación en la Iglesia y en el mundo y se convierta en peregrino de esperanza y artífice de paz. Apasionémonos por la vida y comprometámonos en el cuidado amoroso de aquellos que están a nuestro lado y del ambiente donde vivimos”.

“Sembrar esperanza” constituye el lema de la celebración del Centenario de la misión de China de los Agustinos Recoletos. Vamos conociendo a los misioneros y a los agustinos recoletos chinos que evangelizaron la misión. Constituye una verdadera siembra de esperanza y también una respuesta de paz a los tiempos que vivieron unos y viven otros de amenaza de guerra.