La Transfiguración.

Lecturas: Génesis 22,1-2.9a.10-13.15-18: El sacrificio de Abrahán, nuestro padre en la fe; Salmo 115: Caminar en presencia del Señor en el país de la vida; Romanos 6,31b-34: Dios no se reservó a su propio hijo; Marcos 9,2-10: Este es mi hijo, el amado.

Después de la tormenta viene la calma

La escena de la Transfiguración del Señor ocupa un lugar importante en la trama del Evangelio de Marcos. Está colocada después de la confesión de fe de Pedro, donde el apóstol reconoce a Jesús como el Cristo (cf. 8, 27-30). En Cesarea de Filipo Jesús es reconocido como el Mesías, luego sube a un monte alto donde él se transfigura y, al bajar, comienza el verdadero camino de ascenso: la vía que lleva a Jerusalén. A partir de este momento, Jesús se dedicará a instruir y a preparar a los apóstoles; por un lado, para que sean capaces de comprender lo que significa la pasión y la resurrección; por otro, para que ellos sean los continuadores de su misión.

La Transfiguración viene puesta como un momento de consuelo y, también es la confirmación que el Padre da a la obra del hijo: Jesús ha anunciado que debe sufrir y morir, ha llamado Satanás a Pedro, y ha dado un discurso con las exigencias de su seguimiento: si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame (Mc 8, 34). Ante este panorama que puede ser poco alentador, la Transfiguración ofrece luz y esperanza, no solo a los apóstoles-testigos de tal suceso, sino al lector que encuentra en las palabras provenientes de la nube la certeza de que Jesús es el Hijo de Dios: “Este es mi hijo muy amado, escuchadle” (v. 7). Esta voz misteriosa —que no es otra, sino la del Padre— confirma todas las palabras de Jesús, incluyendo el anuncio de la Pasión.

La actitud de Pedro que busca “salvar” a su Maestro queda demostrada en su temor y en esas palabras que dice sin tener idea de lo que pasa: «Rabbí, está bien que nos quedemos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». Pedro tiene dudas y miedos, viendo a Jesús en gloria, hablando con Moisés y Elías; siente que tiene que evitar que se cumplan las palabras duras y fuertes de Jesús. Mejor no salir de aquel lugar. La voz de la nube, tiene un efecto calmante: las ansias de los discípulos cercanos de Jesús parecen desaparecer, aunque no aclaran nada de lo que está pasando; la resurrección del Maestro será la llave para comprender lo que han vivido.

Dos textos similares, pero muy distintos

De nuevo un texto del Génesis se ofrece como primera lectura: el sacrificio de Isaac (Gen 22 1ss). Desde una interpretación tipológica, como la que hacen los padres de la Iglesia más afines a Antioquia o Roma, Isaac es figura de Cristo que es cargado con nuestros pecados para ser ofrecido en holocausto al Señor. Los padres occidentales ven a Isaac como un anticipo de Cristo. Si bien es una lectura válida y con muchos elementos en común (el monte elegido, la intervención divina, el dialogo entre los participantes, Isaac como ofrenda), hay dos elementos que la diferencian bastante: Isaac es conducido al monte para ser sacrificado, Jesús sube al monte alto para ser confirmado delante de sus apóstoles como el hijo amado, a quien deben escuchar y seguir; otro monte será el lugar del sacrificio de Cristo (el calvario), que asumirá el lugar del cordero, y dicho cordero será la ofrenda que Dios haga a cambio de sus hijos.

Jesús es cumplimento de la promesa que ya se vislumbra en Isaac: el hijo de Abraham es la garantía de la promesa de Dios. Si es ofrecido como sacrificio, ¿en qué manera se cumple la promesa? Si en Jesús se hace realidad la promesa definitiva de salvación de Dios, ¿su sacrificio no es violar esa promesa? La respuesta es no; a diferencia de Isaac, Jesús será sacrificado para que se haga realidad la promesa. La voluntad de Dios es entregar todo, incluyendo al Hijo, como nos lo dice Pablo: Si Dios está por nosotros, ¿quién estará contra nosotros? Si Él no perdonó ni a su propio Hijo (antes bien lo entregó por todos nosotros), ¿cómo no va a darnos con él gratuitamente todas las cosas? (Rom 8, 31 ss). Juan lo dice de otra forma, que no da lugar a la duda: En verdad, en verdad os digo que, si el grano de trigo no cae en tierra y muere, allí queda él solo; pero si muere, da mucho fruto. El que ama su vida, la perderá; pero el que odia su vida en este mundo la guardará para una vida eterna. Si alguno me sirve, que me siga y, donde yo esté, allí estará también mi servidor. Si alguno me sirve, el Padre le honrará (Jn 12, 24-26).

Transfiguremos nuestra vida con Él

Al final de la escena del sacrificio de Isaac, Dios renueva su alianza y su pacto con Abraham. Este es un hombre fiel y leal, que no le ha negado nada a Dios, quien le jura que tendrá una descendencia innumerable (ver Gen 22, 15-18). La promesa hecha al patriarca tardará unos siglos en realizarse: Isaac e Israel renovarán el pacto divino, hasta que el pueblo sea liberado de Egipto y pueda conquistar la tierra de Caná. Abraham camina delante de Dios con la confianza en la promesa divina. Jesús le da plenitud y universalidad a la promesa: la multitud de la humanidad, por la fe se convierte en hija de Dios, innumerable e incontable. La sangre del cordero de Dios derramada por todos los hombres es la prueba del amor que Dios tiene por la humanidad como lo ha expresado Pablo: el hijo amado es ofrecido por nosotros, sin reservas ni condiciones… solo una, escucharlo.

En este tiempo de cuaresma somos invitados a transformar nuestra vida, a transfigurarla: dejar que refleje la acción de la luz de Dios, a pesar de que haya muchas oscuridades entorno. Como Abraham podemos sentir que Dios nos exige demasiado, más allá de nuestras capacidades y posibilidades; como Isaac podemos sentir que se nos sacrifica o no se cuenta con nosotros, solo se nos carga de problemas; o, como en el caso de Pedro, sentirnos en crisis o frustrados porque nuestras expectativas y esperanzas de Dios y de la vida no se ven no cumplidas…

Acerquémonos a la luz, la luz que irradia de Cristo transfigurado, de Cristo que medita sobre su sacrificio y el plan de Dios, de Cristo que nos pide seguirlo de corazón, que quiere que caminemos con él. Caminaré en presencia del Señor, en el país de los vivos, dice el salmista. No estamos en este mundo para caminar en tinieblas, sino guiados por la luz de la fe en el hijo de Dios. Que esta luz nos revele quienes somos nosotros y cuál es nuestra llamada. Pongamos nuestros miedos e incertidumbres delante de Cristo, que nos acoge y salva. Recordemos las palabras de Pablo ya citadas: Dios está con nosotros ¿quién estará contra nosotros? (Rom 8, 31) Jesús, nuevo Isaac, cordero sacrificado por nuestra salvación, intercede por nosotros, para que caminemos a la luz del Señor.