Si aceptamos la ley con inteligencia y madurez, nos conducirá, como un lazarillo, a las buenas costumbres y al amor. En vez de importunarnos, nos guiará a la región de la libertad, y podremos repetir con san Agustín: «Ama y haz lo que quieras».

Santiago Marcilla (†), agustino recoleto

Mundo ideal y mundo real

Como somos ya mayores, es casi seguro que no los leeremos ya, pero sí recordamos aquel mundo encantado de los cuentos de hadas, en los que los caballos son fuertes y veloces, la dama perseguida es hermosísima, los árboles dan fruto cada día y los ríos son siempre claros y apacibles.

Sin embargo, la vida real no es un cuento de hadas, y, por ello, comprobamos que en ella todo es muy distinto. El mundo es imperfecto, violento, injusto y difícil. Necesita de nuestro diario esfuerzo para hacerlo fructificar y para convertirlo en una casa habitable. ¿Cómo podremos ser nosotros felices, mientras otros muchos pasan hambre y padecen enfermedades para las que no se pone remedio?

De ahí que la creación aguarda de nosotros cuidado, trabajo, orientación, solidaridad y leyes. Siempre hay algunos, sin embargo, que, como niños mimados, continúan añorando un mundo ideal, donde la libertad viva sin normas.

Pero si entendemos el sentido de la ley, ella no nos molesta. Vemos entonces que los mandamientos construyen al hombre. Los preceptos de la Iglesia tienen por misión orientarnos hacia los valores cristianos. Y las normas civiles defienden los derechos de los ciudadanos y edifican la convivencia en la paz.

Si aceptamos la ley con inteligencia y madurez, nos conducirá, como un lazarillo, a las buenas costumbres y al amor. En vez de importunarnos, nos guiará a la región de la libertad, y podremos repetir con san Agustín: «Ama y haz lo que quieras».

Jesús cumplidor y libre ante la ley

Jesús cumple la ley mosaica y la aprecia tanto que incluso, a veces, la modifica volviéndola más exigente y acorde con la voluntad de Dios (“Se os dijo…, pero yo os digo”). Y además nos enseña, cuando dos leyes entran en conflicto, que el factor de discernimiento inapelable y seguro es la ley del amor, que pasa por encima incluso de la obligación sacrosanta del descanso sabático. En domingo no se puede trabajar, excepto si vas a cavar el huerto de tu vecino enfermo o a pintar la casa de la viuda pobre o a organizar una sesión de circo para recaudar fondos para el tercer Mundo.

Contra la antigua disciplina del Levítico, que excomulgaba a los leprosos de la comunidad y los condenaba a una vida de marginados, prohibiéndoles el trato con los sanos, Jesús permite que se le acerquen. El amor le impulsa a pasar por encima del temor al contagio y lo toca. Y lo cura.

Es curioso. La ley prohibía al leproso acercarse a la gente, pero éste, impulsado por su confianza en Jesús, se aproxima a él y se arrodilla a sus pies. Primera desobediencia. Una vez curado, Jesús le ordenó severamente que no lo dijera a nadie, pero el leproso, a quien ahora no le cabe el corazón en el pecho y la alegría se le desborda por entero, no puede menos de contar con detalle por donde pasa el prodigio sorprendente de aquel profeta galileo. ¿Cómo lo iba a reprender el Señor? ¿Cómo no entender y respetar la conciencia de aquel hombre agradecido que vuelve a desobedecer?

Con lo que queda claro que necesitamos la ley para ordenar la convivencia y reglar las conciencias. No somos ángeles y siempre corremos el riesgo de manipular lo prescrito en beneficio propio, olvidando que también los otros tienen sus derechos y que todos ganamos mucho con el respeto mutuo de las libertades ajenas. La conciencia, que debiera ser como una brújula, a fuerza de zarandeos y forzamientos se nos puede averiar. Por eso, por regla general, el apoyo de las leyes, que suelen estar bien hechas, nos ayuda a saber cuál es la voluntad de Dios. Sólo en casos excepcionales, cuando se ha pensado y consultado mucho y son muchos los que piensan del mismo modo, estaría permitido disentir, especialmente cuando lo mandado se opone a una norma superior o, en casos particulares, concurren circunstancias excusantes de la ley.

Por encima de la ley: el amor

Si miramos el comportamiento magistral de Jesús, aprendemos al instante que por encima de la letra de la ley queda siempre el amor a Dios y a los hombres, especialmente los necesitados, sean enfermos o presos, ancianos o niños, pecadores o enemigos. ¿Cómo olvidar esto, cuando hay tanta hambre, olvido y enfermedad en el mundo? Extendamos el milagro de Jesús con nuestra caridad, uniendo nuestras manos con esta ONG y luchando por conseguir los objetivos de desarrollo del Milenio.

Si el leproso divulgó sin contemplaciones la maravilla obrada en él por Jesús: (sobre su lepra había florecido carne nueva, como la de un niño), ¡cómo no aprender nosotros la lección y salir a las plazas y a todos los caminos a repetir sin cansancio que también nosotros hemos sido curados y salvados por Dios?

Dios se ha convertido para nosotros, en realidad para todos los hombres, en la fuente de la vida. Él nos ha regenerado el tejido del alma, que se nos desmoronaba por el pecado, y nos enseña que hay que vencer todas las resistencias que se oponen a mantenerla limpia y que nos apartan de la comunidad de los hijos de Dios como a leprosos antiguos. ¡Qué bonita, por eso, la expresión del salmista!: “Tú me rodeas de cantos de liberación. Dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito”.

No dejemos de darle gracias a Dios y de alabar su nombre, porque nos ha visitado el Sol que nace de lo alto, y su luz ha blanqueado nuestro mundo con un resplandor nuevo. Y contemos a todos que este prodigio continúa siempre en el mundo por medio de la Iglesia.