Presépio Napolitano. Agostinianas Recoletas. Mosteiro da Visitação de Nossa Senhora. Madri, Espanha.

El agustino recoleto Mariano Alegría fue uno de los misioneros pioneros de la misión que los Agustinos Recoletos abrieron en Kweiteh (Shangqiu) en 1924 y aún siguen presentes en el proceso de evangelización.

Mariano Alegría Zardoya nació en 1899 en el pueblo navarro de Ablitas. Hizo la profesión simple en Monteagudo en 1915; la solemne, en Marcilla en 1920; se ordenó de presbítero en Manila en 1922. En 1924 formó parte de la primera expedición misionera fundadora de la misión en Kweiteh. Permanece en la misión hasta 1941 en que es destinado a Manila, como prior del convento de San Nicolás intramuros. En 1945 es asesinado por los japonenes en Manila.

Mariano Alegría fue una persona dotada de grandes cualidades humanas, un religioso fiel y celoso misionero, asiduo colaborador en la revista Todos misioneros, fundada para dar a conocer la misión de Kweiteh, fomentar el espíritu misionero entre sus lectores y recabar fondos para el sostenimiento de la propia misión.

A continuación, ofrecemos el conmovedor relato de qué sentimientos embargaron el corazón de fray Mariano Alegría la nochebuena del segundo año de estar en China, en la misión de Kweiteh.


“Estamos a 24 de diciembre del año de gracia de 1925. El pueblo que nos alberga es un mísero villorrio de China, que encierra sus mezquinas casucas de tierra dentro de una muralla decrépita batida por los años. Los campesinos han vuelto a sus hogares tras dura brega con las inclemencias del invierno y de la tierra que los alimenta. Anochece. Silencio profundo, casi solemne. De pronto el sonido argentino y acompasado de la esquila, con que el sufrido centinela lleva la paz a los hogares, el ladrido de algún perro, el paso acelerado de algún transeúnte… y nada más. Arriba la inmensidad del cielo sembrado de estrellas, abajo todas las inquietudes humanas pactando treguas con el silencio y las caricias del sueño. Hiela.

Sentado en una silla de mi pobre habitación, después de la frugal cena de todos los días, inicio con mi compañero alguna conversación. Todo inútil. Él y yo estamos más para meditar que para hablar. Esta inclinación irresistible en una noche de Navidad como aquella pone en manos de mi compañero un libro, y me empuja a mi hacia la soledad de mi cuarto. Allí doy rienda suelta a la imaginación, que pugna desesperadamente por volar a su placer por los campos del recuerdo… ¡Qué cuadros!… El contraste de lo que tengo delante les da un relieve singular, casi exagerado; ¡pero son tan dulces al alma!

Allí en mi patria, la silueta de mi pueblo con sus calles estrechas y tortuosas; la ronda de los mozos, que rasguea la guitarra y canta entusiasmada el misterio de amor del Dios Hombre; la imagen de la familia cristiana con sus patriarcas de nevada cabeza y sus angelotes de cara de cielo, disponiéndose a celebrar la fiesta, después de haber separado de la cena tradicional la parte que ha de ir a parar a manos de los pobres; luego la iglesia iluminada, los fieles arrodillados, las voces que cantan, el órgano que embelesa… “Venid pastorcillos, venid a Belén, a ver el Mesías, que acaba de nacer”.

De pronto me ocurre una reflexión. Podría haber, me digo, en mi patria hombres de malos instintos, de perversas inclinaciones, de conciencia endurecida; abundará, si se quiere, los que, más pegados a las cosas de la tierra que a las del cielo, no sientan apenas las dulces emociones de lo bello y de los poético; pero hombres de poca fe, hombres que no sientan su espíritu transportado a las regiones del cielo ante el tierno misterio de la noche de Navidad, no. No hay más que tener ojos para ver y oídos para oír. Hoy mi patria es un inmenso altar, donde se ofrece al Dios-Niño la esencia del corazón, el amor; hoy vigilan, arrodillados en la iglesia, hasta los pecadores empedernidos; y los buenos, los sencillos, los humildes sienten la necesidad de enseñar el alma, hecha lágrimas, por los ojos. En cambio, aquí…

Este pueblo parece un sepulcro por su silencio imponente; duermen descansando de las fatigas de la vida cotidiana los más felices, los otros luchan desesperados en las tinieblas de la noche con las miserias de la vida. Dirijo la vista un poco más allá, y encuentro otro pueblo igual, y después otro, y una provincia entera y un imperio colosal. Nada me recuerda las horas felices de otros años en la noche de Navidad. Sin embargo… He sufrido una amable decepción. Sería al filo de la media noche, cuando he oído el dulce tintineo de una campana tañida con insistencia. Poco después ecos de pasos reposados, a continuación, voces tímidas que hablan quedo, y por último, la visión de un grupo pequeño de hombres, mujeres y niños, que se acercan hacia una casa. Antes de llamar a la puerta, aparece un hombre de mediana edad, que por su porte y por las inclinaciones respetuosas, a manera de saludo, de que es objeto, colijo que debe ser el Misionero de la localidad. Cruza con ellos algunas palabras que no entiendo, y todos juntos dirigen sus pasos hacia una casa cercana. El pesimismo va desapareciendo y en el alma se hace luz.

¡Oh! También aquí Dios me va a hacer la merced de ver algo de lo que vi en mi pueblo cuando pequeño. Entremos. ¡Dios mío, qué visión! Una capilla de nueve metros de larga por cuatro de ancha, al norte un altar con seis candeleros, una lamparilla que esparce sus trémulos rayos por el recinto, dándole el aspecto que debieron de tener las catacumbas de los primeros cristianos, algunos cuadros por las paredes… y nada más. Todo respira pobreza en aquel lugar sagrado.

Empieza el Sacrificio. El sacerdote recita pausadamente las preces del Salmo “Subiré al altar del Señor” … Los fieles, arrodillados, entonan las suyas a coros, primero los hombres, después las mujeres, en un canto rítmico, monótono, casi recitado.

Yo, que estoy más para meditar que para rezar, pienso: ¡qué grande es tu Religión, Dios humanado! ¡qué fuertemente sujetas nuestras almas con la cadena del amor! Cualquiera pensara que en estas tierras paganas el corazón de tus discípulos había de temblar de dar público testimonio de tu divinidad. Y, sin embargo, aquí están estos pocos hijos tuyos, confesándote Rey del cielo y de la tierra en el misterio regalado de la cuna de Belén. Allí fueron los pastores, rústicos e ignorantes, los que te adoraron después de conocerte, aquí también son los humildes los que se postran ante Ti; allí fue un pesebre cubierto de pajas el que te recibió de las entrañas de tu Madre Virgen, y aquí tienes un mísero casucho por morada; fueron entonces los grandes de la tierra los que no te confesaron, y son aquí los potentados los que no te conocen. “Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad”. Sí, la paz, que es un don del cielo, para ellos; la paz en sus conciencias, la paz en sus familias, la paz en todo.

Termina el Sacrificio. Se apagan las mezquinas luces de la pobre iglesia, desfilan los cristianos en silencio, y todo vuelve a quedar en reposo. Arriba la inmensidad del cielo sembrada de estrellas; abajo todas las inquietudes humanas pactando treguas con el silencio y las caricias del sueño.

¿Quién diría que acabamos de celebrar las alegres fiestas de la noche de Navidad? Y, sin embargo, esta pobreza, este silencio, esta soledad han tenido la virtud de elevar el alma más arriba que los ruidos, las músicas y las alegrías. La rusticidad de cuanto me ha rodeado se me ha representado como un trasunto de la cueva de Belén, la visión de los cristianos arrodillados y entonando cánticos de alegría ante la cuna del Recién Nacido me ha trasportado en espíritu hasta las catacumbas de los primeros cristianos. Una y otra han predispuesto mi alma para gustar, como nunca, toda la dulzura de este misterio de amor.”

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