Gerardo Ruiz, agustino recoleto, 50 años de vida sacerdotal.

El agustino recoleto Gerardo Ruiz (Arnedo, La Rioja, España, 1948) acaba de celebrar los 50 años de su ordenación sacerdotal (15/07/1973). Con este motivo ha sido entrevistado en el ministerio donde actualmente sirve al Pueblo de Dios, el Rectorado de Santa Mónica de Ciudad de México. Este ha sido su testimonio vital y vocacional.

¿Cómo fue su infancia?

Nací en Arnedo, a 48 kilómetros de Logroño, la capital de La Rioja, el 18 de abril de 1948, en una familia humilde. Mi padre trabajaba en una fábrica y mi madre se dedicó al hogar. Éramos cuatro hermanos, todos varones, y yo soy el penúltimo por edad.

Mi niñez fue sana, al abrigo de la familia y de la escuela, con los juegos infantiles que no faltaron, y la convivencia con el resto de la familia. Hoy somos ya una familia pequeña, a la mayoría de ellos los ha llamado el Señor a su presencia.

Desde que yo era pequeño, mi familia estuvo en contacto con un sacerdote, Eliseo Lerena, que llegó al pueblo antes de que yo naciera y acompañó a la familia hasta dos meses antes de que me ordenaran sacerdote.

A mí me acompañó de muchas maneras, era un sacerdote muy activo, muy creativo, muy agradable. Lo que experimenté con este buen sacerdote fue un gran apoyo. Cuando mi familia le comentó que iba yo al seminario de los Agustinos Recoletos de Lodosa (Navarra) se puso muy contento y me apoyó; encontré en él una figura, un ejemplo a seguir, por la forma en que vivió su sacerdocio.

Este recuerdo que guardo de él es muy fuerte y muy vivo. De hecho, él fue muy importante en la vida de toda la familia. Curiosamente, don Eliseo cayó al suelo mientras pronunciaba la homilía de la última misa que celebró. A los pocos días falleció, el 9 de mayo de 1973.

Yo me ordené el 15 de julio, por lo que se convirtió en un acontecimiento muy intenso para mí, todo un cúmulo de emociones y recuerdos que se agolparon en mi mente y en mi corazón y que, al cabo de los años, sigo atesorando.

¿Cómo fue su primer servicio como sacerdote?

Me enviaron a la Ciudad de México, a la Parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe de los Hospitales de la Colonia Doctores, donde permanecí durante cuatro años. Esa parroquia fue una verdadera universidad donde la cercanía con el sufrimiento y la enfermedad me ayudaron a sensibilizarme con esa realidad.

Fue toda una formación en Humanidad. Me dedicaba a la atención espiritual en Urgencias, yo era muy joven y era mi primer acercamiento con el dolor. Aprendí a ganarme la confianza de la gente a la que uno conoce por primera vez.

Siempre agradeceré la guía de un compañero que me sugirió no preguntar quién quería comulgar o confesarse, sino antes de nada interesarse por la realidad y la lucha de cada uno de los presentes que luego, poco a poco, ya sí pidiendo los sacramentos.

Con aquella experiencia, la realidad de la muerte me provoca cierta inquietud, pero no miedo. No digo que me empujen claro… Pero cuando me toca oficiar en un funeral, no me gusta hablar de la muerte como una pérdida, sino de una separación temporal. Creo en Jesús y en la resurrección. Por ejemplo, no siente haber perdido a mis padres, se trata solo de un desprendimiento temporal.

¿Cómo sacerdote, hay algún sacramento por el que tiene preferencia?

Diría que son la Unción de los enfermos y la Reconciliación. Con el primero he tenido experiencias muy bonitas por la oportunidad de acompañar a alguien en ese momento crucial; sobre todo cuando alguien en ese momento te dice:

— “Padre, estoy tranquilo y esperando que el Señor me llame. Mi único sufrimiento es ver a mi familia triste”.

¿Hay algo que le disguste especialmente?

Lo que más me molesta son los chismes, las murmuraciones, las condenas, las críticas, los descalificativos a otros… Cuando no somos buenos samaritanos sino que hacemos la comidilla de los que han caído en desgracia.

¿Y del carisma agustino recoleto, qué es lo que más le atrae?

Me gusta el sentido comunitario con el que vivimos y hacemos las cosas en la Familia Agustino-Recoleta, el compartir todo con los demás, el saber que todo es en beneficio de todos…

En mi caso, esto es algo que aprendí desde que entré en el seminario, y que casi sin darme cuenta me hace sentir que, verdaderamente, estamos en familia.

¿Cómo es su tarea con la Federación de Agustinas Recoletas de México?

Recibí el nombramiento como Asistente de la Federación de las Agustinas Recoletas contemplativas de México de parte de la Santa Sede en septiembre de 2020, con monasterios en México, Estados Unidos, Brasil, Costa Rica, Colombia y Kenia.

Mi función como asistente es apoyar a las monjas para que mantengan vivo su carisma contemplativo; para ello visito las comunidades y les acompaño en la convivencia, en los ejercicios espirituales, en pláticas de formación, retiros mensuales…

También estoy para apoyar al Equipo de formación de la Federación para preparar todos aquellos cursos y materiales sobre la vida contemplativa de acuerdo a san Agustín.

Por último, apoyo las tareas del equipo de gobierno de la Federación para que todas las comunidades de monjas agustinas recoletas contemplativas vivan, actúen, crezcan y se apoyen de la misma manera.

¿Qué balance hace de estos 50 años de sacerdocio?

En estos días la Palabra de Dios me está tocando un poco más, y creo que el balance de estos 50 años es algo así, muy bíblico:

“No soy más que un pobre siervo que ha hecho lo que tenía que hacer; y si hay algo bueno que haya hecho, es cosa del Señor, he sido un instrumento del que Él se ha servido para hacer su obra”.

Desde aquella primera experiencia en Hospitales, que fue muy fuerte, siempre he estado muy contento con aquello donde debía servir. He estado muy contento al encargarme de la misa de niños, he estado muy contento en todas partes donde he convivido con mis hermanos frailes.

Doy gracias al Señor porque es Él quien ha actuado a través de este servidor y, más que hacer una valoración mía como sacerdote, se trata de una celebración para darle gracias al Señor quien ha actuado a través de mí.

La celebración de las bodas de oro del agustino recoleto Gerardo Ruiz tuvo lugar el sábado 15 de julio a las 19 horas, con una Eucaristía que él mismo presidió en la que le acompañaron muchos de sus hermanos religiosos, procedentes de las comunidades de Ciudad de México y Querétaro.

En la homilía fray Gerardo hizo una extensa acción de gracias a Dios por las bendiciones que ha recibido: su nacimiento, sus padres y hermanos, su vocación religiosa y su salud, las comunidades en que ha desarrollado su labor pastoral, su sacerdocio.

“Me consuela saber que Jesús suple, y con mucho, lo que falta en mí… Me estremezco cuando desde mi pequeñez y mi mediocridad pienso a quién represento, en nombre de quién actúo”, indicó. Un aplauso resonó en el templo de Santa Mónica de la Ciudad de México cuando terminó su alocución.

Terminada la Eucaristía, todos los presentes fueron invitados a un momento de charla distendida y un aperitivo con bocadillos y postres preparado por miembros del Consejo Pastoral. También fue un momento de reencuentros de religiosos que han trabajado en Santa Mónica y ahora podían saludar a sus antiguos feligreses.

El homenajeado fue felicitado personalmente por muchas personas, que le pidieron posar en fotos de recuerdo o para las redes sociales.