Domingo XVI del tiempo ordinario: ¿Cuanta cizaña te invade?

«En la lógica de Dios no entran ni la destrucción, ni la violencia ni la indiferencia. Lo importante es la acogida y no cerrar nunca el derecho a una oportunidad. Como dice san Agustín: en el campo del Señor a veces lo que era trigo se hace cizaña y lo que era cizaña se convierte en trigo. Y después, nosotros con nuestras obras pasaremos al granero o seremos atados en gavillas como la cizaña».

Por Roberto Sayalero, agustino recoleto. Zaragoza, España.

¿Cuánta cizaña te invade? Todos tenemos nuestro porcentaje particular, aunque nos cueste darnos cuenta y eso que el progreso científico nos permite obtener cada vez más pureza tanto en los recursos naturales como en los procesos industriales. Nosotros tenemos una tendencia casi natural a las distinciones, como si portáramos un pequeño maniqueo en el bolsillo para que nos susurre al oido si unos y otros pertenecen a “los buenos” o a “los malos”. Cada vez es más común que la forma de eludir el diálogo o el tener que aceptar la opinión de quien piensa distinto es la del juicio rápido que cuelga al instante un “sanbenito” que deje bien etiquetada su manera de pensar. ¿Por qué somos tan zotes que a veces nos creemos en posesión de la verdad absoluta y dejamos de escuchar y aceptar?

En el evangelio, los criados, impacientes, quieren arrancar la cizaña cuanto antes pero el amo prefiere esperar al momento de la siega. El trigo y la cizaña tienen que convivir aunque lo que produce uno perjudica al otro. En esta impaciencia se refleja el deseo de algunos de los seguidores de Jesús de instaurar rápidamente una comunidad de “puros” separada de quienes se manifestaban en contra. Este deseo choca con la infinita paciencia y misericordia de Dios, que no sólo es omnipotente sino “omnipaciente”.

En nuestra sociedad tan heterogénea en culturas, ideas, religiones…; podemos tener la misma intención de los criados: sentirnos “trigo” y tachar al resto de “cizaña”. En nosotros conviven juntos el trigo y la cizaña y no se pueden separar tan fácilmente, aunque los afines al puritanismo más rancio lo hayan intentado maquillar con velos de incienso, porque ahí está nuestra limitación, la que tenemos por naturaleza. Dejaríamos de ser humanos si se anularan todas nuestras limitaciones. De ahí la pregunta inicial: ¿Cuánte cizaña te invade?

El hombre ni sabe ni puede separar los campos. Tengamos paciencia, como Dios la tiene, y sepamos esperar. La primera lectura nos invita a ser humanos y misericordiosos, no jueces. El juicio está en las manos de Dios, que es el único capaz de separar sin herir a nadie. Él se comporta con paciencia, amor y misericordia dando siempre lugar al arrepentimiento. En la lógica de Dios no entran ni la destrucción, ni la violencia ni la indiferencia. Lo importante es la acogida y no cerrar nunca el derecho a una oportunidad. Como dice san Agustín: en el campo del Señor a veces lo que era trigo se hace cizaña y lo que era cizaña se convierte en trigo. Y después, nosotros con nuestras obras pasaremos al granero o seremos atados en gavillas como la cizaña.

El lenguaje de las parábolas es fácil de entender pero su fondo no llega a comprenderse hasta que no se vive en profundidad. Las parábolas nos cambian a menudo la idea que podemos tener de Dios, de entender la religión, la moral, el orden social…; y en muchos casos, si queremos ser consecuentes, puede suponernos un auténtico giro copernicano que nos tiene llevar a gozar de la libertad verdadera de los hijos de Dios donde no existe la uniformidad sino la fidelidad en la variedad de respuestas. La realidad está llena de matices, de grises, y colores mezclados. La pureza del color blanco o el negro, rara vez aparece en la naturaleza. Los matices nos tienen que hacer más sensibles y hábiles para convivir porque dan variedad y abren los horizontes, nos enriquecen aunque puedan hacernos sentir incómodos porque tenemos que renunciar y aceptar al otro. Nuestro tiempo es siempre de siembra la cosecha no nos toca a nosotros. Ojo con el exclusivismo y las “verdades absolutas” porque en todos hay un grado de cizaña. El ansia de pureza dejémoslo para el oro o el chocolate.