Domingo XV del tiempo ordinario: ¿Y si los sueños se hacen realidad?

«La tarea ineludible que nos encarga el evangelio de hoy es la de dar fruto aquí que es donde hemos recibido la semilla, donde hemos recibido la bendición y el favor de Dios. Pero, ¿qué clase de fruto? Pues no puede ser otro que el del cambio de mentalidad del que escucha la Palabra. Una nueva manera de relacionarse con Dios, consigo mismo, con los demás y con el entorno».

Por Roberto Sayalero, agustino recoleto. Zaragoza, España.

¿Y si los sueños se hacen realidad? Pues creo que no estaría nada mal, ¿no? Al contemplar el horizonte, o sentarnos ante el mar, si estamos animados, fácilmente nos liberamos del lastre del excesivo realismo y dejamos que la imaginación vuele libre como una cometa con carrete kilométrico.

Al sobrevolar el mágico terreno de los sueños nos vemos capaces de lograr nuestros objetivos, hasta los más complejos; de cumplir con nuestras ilusiones sin mucha dificultad. Así, en esa situación, el sendero de la vida se convierte en un plácido paseo en el que jamás se pierde la sonrisa. Pero sabemos que de pronto cesa el viento favorable y nuestra cometa deja de volar con soltura. Regresamos a nuestro día a día. Nos pellizcamos la oreja y hemos aterrizado de emergencia en el terreno que nos toca labrar, el suelo cotidiano y real donde no todo es tan profundo, apasionante y espectacular. Aquí dominan las rutinas, hay más silencio que ilusiones y ya no podemos elegir a nuestros compañeros de viaje, con unos congeniamos y con otros… Este terreno donde a veces nos sentimos insignificantes, con sus horas muertas, sus noches de insomnio, deseos insatisfechos e ilusión aterrizada. La tensión, entre el sueño y la realidad, define nuestros terrenos, nuestra vida en la que no se nos pide otra cosa que dar fruto.

El ejemplo utilizado por el profeta Isaías acerca del “empaparse” de la tierra puede sernos muy útil. En medio de las dificultades, la palabra, que anunciaba la vuelta del destierro, hizo la maravilla: el pueblo de Dios germinó y surgió de nuevo. La parábola del Sembrador compara la Palabra con la semilla. Es un ser vivo, capaz de crecer y multiplicarse al ciento por uno. No solamente es capaz de producir sino que, de hecho, produce. La Palabra es eficaz en sí misma. La semilla, sean cuales sean los obstáculos, los acaba superando, prospera y produce. Es semilla de Dios, Dios mismo hablando y haciendo por encima de todo. Dios supera todas las dificultades porque el Reino de Dios ha de progresar.

Para que quede todavía más claro, Jesús borra de un plumazo las excusas y sentencia: “El que tenga oídos que oiga”. Cuantos prejuicios y miedos nos impiden responder a lo que Dios nos pide a día de hoy. El evangelio se oye fácilmente, se escucha con dificultad y se vive con demasiados recelos aún.

La tarea ineludible que nos encarga el evangelio de hoy es la de dar fruto aquí que es donde hemos recibido la semilla, donde hemos recibido la bendición y el favor de Dios. Pero, ¿qué clase de fruto? Pues no puede ser otro que el del cambio de mentalidad del que escucha la Palabra. Una nueva manera de relacionarse con Dios, consigo mismo, con los demás y con el entorno.

Las dificultades son muchas pero hemos de corresponder al amor de este Dios sembrador generoso, preocupándonos del otro, amándolo de verdad. Escuchándolo y acogiéndolo. Hemos de ser generosos con nuestro tiempo, con nuestra palabra y nuestra escucha. Pero esto especialmente en el terreno pedregoso y lleno de zarzas. No podemos caer en la tentación de dedicarnos solamente a “sembrar” en la tierra buena, donde sabemos que la cosecha va a ser abundante. Sin que esto pueda parecer un arrebato de mesianismo: los cristianos podemos echar nuestra semilla en cualquiera de los terrenos de nuestra sociedad; sabiendo, eso sí, convivir con otras plantas.

Sigamos contemplando el horizonte y sobrevolando el terreno de los sueños deseando que, por fin, se hagan realidad. Pero al aterrizar en nuestros día a día, llega el momento de dejar que nuestro corazón se esponje, se empape de evangelio y podamos producir frutos con los que crezcamos nosotros y los demás.