Domingo XIV del tiempo ordinario: ¿Y si esta tarde hay tormenta?

«El mensaje que intentó transmitir Jesús no necesitaba de mucha formación, ni de muchos estudios para ser entendido. Simplemente alzó la bandera del sentido común y trató de lograr la felicidad para todos por medio de la igualdad y el respeto de los unos a los otros. Por este motivo, su mensaje fue acogido rápidamente por aquellos que estaban ansiando una liberación».

Por fray Roberto Sayalero, agustino recoleto. Zaragoza, España.

¿Y si esta tarde hay tormenta? Hay quien disfruta viendo el resplandor de los relámpagos y escuchando el eco sordo de los truenos. Otros prefieren esconderse o refugiarse bajo las sábanas esperando que cese cuanto antes. Además de las atmosféricas, que, generalmente al menos por estas latitudes, solo aparecen en verano, existen otras tormentas que surgen en cualquier momento, a veces ni siquiera traen consigo aparato eléctrico pero logran encogernos. Los rayos del mal de amores, los truenos de los problemas laborales o de las discusiones familiares; los relámpagos del no saber qué hacer o qué elegir; el viento fuerte que nos lleva de un lado a otro sin encontrar lo que Dios nos está pidiendo. Todo eso es la tormenta cotidiana que no necesita de bochorno, ni de vaivén isobárico alguno para formarse.

Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré, porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera. La condición necesaria para la llegada del Reino era que todo el pueblo se sometiese a la ley. Aceptar el yugo del Reino era sinónimo de cumplir hasta la última coma de la ley, y por tanto tener asegurado el favor de Dios. Una vez más Jesús hace saltar por los aires esa concepción, pues el Reino que anunciaba, será llevadero, agradable; no un fardo pesado y alienante. Pero eso no significa que Jesús haya rebajado la exigencia sino que ha puesto el acento en el amor que libera, acoge y construye fraternidad entre todos. El amor nos hace a todos iguales sin que nos coloquemos unos por encima de otros. La ley judía segrega y divide entre buenos y malos, cumplidores y díscolos.

El mensaje que intentó transmitir Jesús no necesitaba de mucha formación, ni de muchos estudios para ser entendido. Simplemente alzó la bandera del sentido común y trató de lograr la felicidad para todos por medio de la igualdad y el respeto de los unos a los otros. Por este motivo, su mensaje fue acogido rápidamente por aquellos que estaban ansiando una liberación. La palabras de Jesús para ellos eran una verdadera Buena Noticia, que iba bastante más allá de la palabrería hueca de los charlatanes de la época ya que contaba con el aval de las obras. Intentaban cumplir los preceptos de la ley pero fracasaban y eso les hacía sentir culpables. Eran los más sencillos de la sociedad, no solo los ignorantes sino también los pobres, enfermos y pecadores públicos, vejados y oprimidos todos ellos por los sabios y poderosos de la época que los consideraban poco piadosos y despreciables.

En mi opinión, a la hora de presentar el evangelio nos quedamos muy por las ramas sin llegar a lo fundamental. Tenemos que abrir caminos que hagan cultivar la dimensión interior, que lleven a experimentar la presencia del Dios de Jesús a nuestro lado. El Dios de lo normal, de los gestos sencillos, de la vida en familia, de las pequeñas alegrías y también el de alguna que otra renuncia. Muchas personas acuden a técnicas de relajación y autoconocimiento a través de la espiritualidad oriental y nosotros tenemos toda nuestra tradición bajo siete llaves, muchas veces por ignorancia.

En medio de las tormentas, tanto las del verano, como las del día a día, tenemos que aprovechar el refugio de los pequeños detalles, donde siempre escampa, porque es ahí donde está el Dios que no nos deja de la mano. Ya es hora de dejarnos de calentarnos la cabeza y creer que la vida cristiana es un pulso entre Dios y nosotros. Hablemos claro: Vivimos para ser felices y para que los otros lo sean, si es posible más que nosotros. Jesús nos ofrece alivio y descanso. Sólo exige una cosa: amar sin condición alguna.