Domingo XIII del tiempo ordinario: ¿Lo has olvidado?

«Para que no nos quedemos solamente en las palabras, en la teoría, debemos encontrar algo por lo que luchar, aunque parezcan cosas pequeñas, pero a través de ellas el mundo se va haciendo mejor, mucho más humano y habitable. Aprender a mirarlo con más sabiduría y realismo; con un corazón compasivo capaz de entender este mundo en su diversidad de forma que nos pongamos en movimiento porque nos damos cuenta de que otro mundo es verdaderamente posible».

Por fray Roberto Sayalero, agustino recoleto. Zaragoza, España.

¿Lo has olvidado? De vez en cuando necesitamos que se nos recuerden las cosas, que nos refresquen la memoria. De esta forma rompemos la inercia de nuestros comportamientos y nos hacemos más conscientes de nuestro día a día.

Algo parecido sucede con el seguimiento de Jesús. De vez en cuando necesitamos que nos recuerden algunas cosas esenciales para que limemos las aristas de nuestra particular forma de vivir nuestra fe, a veces más acorde con nuestras preferencias y comodidades que con lo que Él nos pide. El evangelio de la semana pasada nos invitaba a confiar, a no tener miedo. Esta semana nos adiverte que no seamos egoístas, porque la grandeza, el fundamento de lo verdaderamente humano, está en dar sin esperar nada a cambio, en romper la comodidad de lo tan sabido y conocido, de limitarnos a vivir solamente para los nuestros.

¿Existe algo gratis? Podemos preguntarnos. Como sabemos, todo tiene un precio, aunque no sea monetario; todo se compra y se vende. Tenemos que vencer el egoísmo porque todo lo que no se puede proyectar en los demás para su bien y su progreso no puede ser bueno aunque aparentemente nos parezca una bendición. El evangelio nos exige el desprendimiento total, la liberación de todas las ataduras, si queremos ser seguidores de Jesús con todas las consecuencias. De esta forma llegamos a vivir la libertad total porque quien sigue a Jesús no debe estar sujeto a nada ni a nadie. La fraternidad universal está por encima de todo.

Hay que cargar con la cruz de la fidelidad a él y a su obra de forma que el estilo de Jesús sea el nuestro y su tarea la nuestra, aunque eso nos lleve a las al silenciamiento, al desprecio, a la crítica injusta. Cargar con la cruz es caminar con la cabeza alta y el rostro sonriente, porque somos portadores de un mensaje de vida. Cargar con la cruz no es sufrir. Dios no quiere sufrimientos y mucho menos sacrificios, sino normalidad en la vida.

Para que no nos quedemos solamente en las palabras, en la teoría, debemos encontrar algo por lo que luchar, aunque parezcan cosas pequeñas, pero a través de ellas el mundo se va haciendo mejor, mucho más humano y habitable. Aprender a mirarlo con más sabiduría y realismo; con un corazón compasivo capaz de entender este mundo en su diversidad de forma que nos pongamos en movimiento porque nos damos cuenta de que otro mundo es verdaderamente posible.

En este julio recién estrenado, ojalá el Evangelio nos empuje un poco, si estamos demasiado quietos; nos inquiete y espabile si el calor nos adormila. Porque, como dice el refrán, una cosa es hablar y otra dar trigo. Una cosa es desear que las heridas de este mundo se sanen y otra estar dispuesto a que algo del dolor me toque a mí a la hora de comprometerme. Una cosa es anhelar que todos tengan paz, pan y techo, y otra estar dispuesto a salir a terreno descubierto, donde está quien carece de todo. Lo cierto es que la vida no se gasta, ni se pierde, sino que, al comprometerla, se va construyendo y enriqueciendo a raudales.

Que cada día al despertar recordemos los consejos de hoy y pidamos que nos dé el coraje de tomar, hoy y siempre, la dirección que construya el Reino.