XIII Domingo del Tiempo Ordinario: el tiempo misionero

2R 4,8-11.14-16a: Ese hombre de Dios es un santo; se quedará aquí. Sal 88,2-3.16-17.18-19: Cantaré eternamente las misericordias del Señor. Rm 6,3-4.8-11: Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que andemos en una nueva vida. Mt 10,37-42: El que no toma su cruz no es digno de mí. El que os recibe a vosotros, me recibe a mí.

Por Rafael Mediavilla, agustino recoleto. Valladolid, España.

El texto del evangelio de este domingo forma parte del segundo de los cinco discursos del evangelio de Mateo. El primero fue el sermón del monte (Mt 5-7), cuya lectura se concluyó el domingo séptimo del tiempo ordinario. En los domingos octavo, noveno y décimo habríamos leído textos de los capítulos 8 y 9 del mismo evangelio, pero este año en los tres primeros domingos posteriores a la pascua hemos celebrado tres solemnidades con sus propias lecturas. Así que la lectura del sermón del monte se ha continuado con la lectura del sermón apostólico o misionero (Mt 10). Es una ocasión para poner en relación ambos discursos.

Un primer dato fundamental para la interpretación de cualquier texto de los evangelios es tener presente el tiempo, o los tiempos, del texto. Primero el tiempo de Jesús, después el tiempo de la comunidad en que se escribe.

El tiempo de Jesús es un tiempo mesiánico, es el tiempo esperado por todo el pueblo de Israel, el tiempo especial como ninguno en el que por lo tanto se pueden plantear exigencias extraordinarias. Esas exigencias ya las presentó Jesús en el primer discurso del evangelio de Mateo, el llamado sermón del monte, y lo vuelve a hacer en el segundo, el discurso misionero. Es un momento especial en la historia del pueblo de Israel. Momento de asumir riesgos, de afrontar persecución, de tener que dejar a un lado a los padres, a la familia, para responder a la causa de Dios manifestada en la persona de Jesús. Hasta ese momento los apóstoles, los discípulos de Jesús habían vivido como judíos más o menos piadosos, cumpliendo las obligaciones propias de su religión. Pero ahora ha aparecido Jesús en su vida y todo ha dado un vuelco. Ese hecho es tan transcendente que exige dejarlo todo por él. No hacen falta ni sandalias ni bastón para recorrer el camino de la evangelización, ninguna oposición puede detener al misionero, y estará dispuesto a arrostrar cualquier sufrimiento, incluido el tormento de la cruz.
El texto se entiende también a la luz del tiempo que viven las comunidades de la Iglesia en sus orígenes. El desafío que apóstoles y discípulos tienen delante de sí va más allá del círculo del pueblo de Israel, se convierte en la oferta de la salvación para todos los pueblos. Es urgente y es inmenso, por lo que a algunos les exige plena dedicación. El mismo Dios se compromete a premiar a todo aquel que acoja y colabore con los enviados, los evangelizadores.

El texto del evangelio se convierte en iluminador para el presente si sabemos discernir cuál y cómo es nuestro tiempo, qué exigencias nos interpelan ¿será para los cristianos el tiempo de no ser indiferente ante la guerra y la violencia? O ¿será el tiempo de la lamentación y el juicio negativo sobre el mundo? ¿El tiempo de dejarse interpelar por una sociedad que quiere ser más sensible con el dolor de los oprimidos y critica con dureza los abusos de los vulnerables?

Para muchos discípulos de Jesús también hoy es tiempo de exigencias extraordinarias. Y estas surgen como en los primeros tiempos de la Iglesia cuando permanece la voluntad de Dios que envió a su Hijo para que todos los hombres se salven. Cuando hombres y mujeres pierden el sentido de su existencia, cuando los más débiles son esclavizados por los poderosos, cuando ideologías justifican la injusticia… los discípulos de Jesús, que han sido enviados por él, han de mostrar que por amor al hombre sacrifican su vida, renuncian a todo poder, se hacen servidores de los otros hombres, porque han aprendido de Jesús a servir y dar la vida.