Solemnidad del Cuerpo y Sangre de Jesús: ¿Qué me hace sonreir?

«Hoy celebramos a la vez la Solemnidad del Cuerpo y Sangre de Jesús y el día de la Caridad. La eucaristía es un manantial de caridad porque sin una concreción o un fruto quedaría como un catálogo de ritos más o menos huecos. Al compartir la mesa del banquete en fraternidad y caridad ensanchamos nuestro corazón para que todos puedan experimentar la alegría del amor».

Por Roberto Sayalero, agustino recoleto.

¿Qué me hace sonreír? Cualquiera de las expresiones humanas ya sean de alegría o de tristeza, de placer o de dolor, albergan un montón de matices. Centrándonos en la risa, las hay atronadoras y también existen las risitas idiotas. La risa contagiosa es capaz de taladrar un muro de silencio por más espeso que sea. La risa aguda que perfora o la risa floja que se escapa cuando no sabemos cómo reaccionar. A veces, la risa es forzada para no desentonar o porque no queda más remedio, si no se quiere dar muchas explicaciones. A veces nos reímos solos, pero ¡qué bueno es reírse con otros!, dejar que la alegría nos inunde hasta contagiar al más remiso.

Francisco unió alegría con caridad. Así les dijo a los responsables de Cáritas internacional: «¿Quieres saber si un cristiano vive la caridad? Entonces mira si está dispuesto a ayudar de buen grado, con una sonrisa en los labios, sin quejarse ni enfadarse».

Hoy celebramos a la vez la Solemnidad del Cuerpo y Sangre de Jesús y el día de la Caridad. La eucaristía es un manantial de caridad porque sin una concreción o un fruto quedaría como un catálogo de ritos más o menos huecos. Al compartir la mesa del banquete en fraternidad y caridad ensanchamos nuestro corazón para que todos puedan experimentar la alegría del amor. La eucaristía, celebrada en verdadera comunión, dejando a un lado los prejuicios, nos empuja a colocar en el centro de nuestra vida el amor recibido y hacer verdad aquella petición de Jesús, que recordamos en cada eucaristía: «haced esto en memoria mía». La eucaristía nos permite a la vez amar a Dios, a los demás y a nosotros mismos, gracias al encuentro, a la cercanía.

Celebramos un banquete de comunión donde Dios está en comunión con nosotros, nosotros con Dios y, sobre todo nosotros entre nosotros para compartir cuanto somos y tenemos; la mesa fraterna de nuestros deseos, aspiraciones, angustias y dudas. Sólo compartiendo con sinceridad nuestras vidas podremos decir que comulgamos aquello que nos une. La eucaristía no es para recibir, sino para dar, compartirse, darse. Sin comunión, sin compartir habrá ritual, habrá teatro con buenos disfraces, con guiones de lenguaje muchas veces extraño, pero no habrá eucaristía, no habrá presencia efectiva de Dios.

Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida, dice Jesús en el evangelio y añade «el que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna». ¿Qué significa esto? Comer su carne no es sino identificarse con Jesús en su etapa histórica, llevando una vida como la suya preocupada por llevar a todos un mensaje de libertad y esperanza, de dignidad, que antepone la persona a la ley. Beber la sangre simboliza la entrega amorosa hasta el fin. sin ceder ante la prueba o la amenaza.

Encontrarnos cada día, o cada domingo, alrededor de la mesa de la eucaristía nos compromete. Comulgar no es ni tragarse a Jesús, ni ponerse las botas para toda la semana, ni sirve para aplacar el cargo de conciencia. Comulgar no es una actividad más del fin de semana. Comulgar puede convertirse en la pesada digestión de un menú de boda con úlcera de estómago, pues nos pone ante el ejercicio de la caridad, ante la tarea de hacer la vida más agradable a los demás con una sonrisa en los labios. Nos llama y nos grita, para que nos impliquemos con aquellos que nos necesitan, con sus esfuerzos y con sus dudas. La raíz de la vida está en que nos sepamos parte del horizonte de los otros. Tenemos que compartir el pan nuestro de cada día, como pedimos en el padrenuestro. El hecho de comer todos de un mismo pan hace que nos mantengamos unidos de tal modo que nadie debería pasar hambre mientras nosotros tengamos pan en el bolsillo.

La eucaristía no es más que fuente de caridad y solidaridad. Si no es así, mejor no acudir, pues nuestra religión se habrá convertido en mero ritualismo y cumplimiento egoísta. Celebrar la eucaristía con hambre de encuentro con Dios y con los demás nos aportará la energía necesaria para comprometernos por fomentar la igualdad de oportunidades entre todos los seres humanos.

Comunión, comunidad, misión, caridad. La eucaristía nos ayuda en el día a día porque no solo entendemos la importancia de nuestra vida, sino también qué maravillosa es la de los demás. Nos damos cuenta de que cada vida es irrenunciable y necesaria. Por eso solamente podemos acercarnos a los demás esbozando una sonrisa con toda sinceridad.