Corpus Christi 2023.

Deuteronomio 8,2-3. 14b-16ª: Te alimentó con el maná, que tú no conocías ni conocieron tus padres; Salmo responsorial 147: Glorifica al Señor, Jerusalén; 1 Corintios 10,16-17: El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo; Juan 6,51-58: Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida.

Por Tomás Ortega, agustino recoleto. Getafe, Madrid, España.

El Pan de los padres

En el Evangelio y la primera lectura aparece una idea común: Dios alimentó a su pueblo durante el éxodo; lo alimentó con un pan especial: un pan que venía del cielo, el maná, un alimento que no se conocía. El maná que del cielo bajó se convirtió en el alimento del pueblo hasta la entrada en la tierra prometida (Jos 5,11-12). El maná es un alimento del cielo, pero no es definitivo, puesto que no sacia el hambre y, como les recordaba Jesús a los judíos, sus padres murieron. El maná es anticipo de otra comida, de otro banquete, un banquete que se basa en la Palabra que viene de Dios, en la Palabra definitiva, Jesús.

Nueva alianza

El Dios que camina con su pueblo, el Dios de la alianza se propone hacer un acto de amor definitivo. Leemos en 1 Cor 11, 23, donde Pablo describe la Institución de la Eucaristía: este es el cáliz de la nueva alianza. El cáliz de la nueva alianza y el pactoque se hace, construyen una nueva realidad. En la carta a los Hebreos se nos describe que el nuevo pacto necesita de un nuevo sacrificio, un nuevo sacerdocio, un nuevo templo, y un nuevo pueblo (cf. Heb 5,6. 9,15). Los tres primeros corresponden al Señor Jesús, él se convierte en víctima, sacerdote y altar. El sacrificio ocurre en el ara de la cruz, allí Cristo se ofrece como ofrenda agradable a Dios.

Antes de ser llevado al sacrificio, el Señor Jesús deja su mandamiento nuevo (amaos unos a otros, como yo os he amado= Jn 13,34), les deja también un ejemplo de su servicio, pero sobre todo deja su cuerpo y su sangre como alimento para el nuevo pueblo que surgirá de la alianza (ver 1 Cor 11,23-27). Del costado abierto de Cristo en la cruz brotaron sangre y agua, los sacramentos, la eucaristía y el bautismo, nace la Iglesia (Ver Jn 19,34; LG 3; SC 5). El nuevo pueblo de Dios nacido del bautismo, del costado abierto de Cristo, se alimenta del cuerpo y la sangre del Señor.

Pan de vida

El capítulo 6 del evangelio según san Juan, que está dedicado íntegramente a la Eucaristía, nos describe el nuevo alimento que Dios nos da. Es un alimento cuyos efectos son permanentes. Es un alimento que Dios envía, puesto que Jesús es el enviado del Padre para salvar al mundo. Y este Pan, no es otra cosa que el Cuerpo mismo del Señor Jesús. El pan con el que el Señor va a alimentar a su pueblo es él mismo: el pan que yo les daré es mi carne por la vida del mundo. Durante la consagración, el Señor Jesús convierte el pan y el vino en su cuerpo y en su sangre. Este milagro y misterio, se debe a que el Pan de vida es también Pan vivo, puesto que en las dos especies consagradas está presente el Señor, que está siempre vivo.

Comunión de vida

El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día, enseña el Señor a sus discípulos. La Eucaristía es vínculo de caridad, crea comunión entre quienes participan en ella, a veces aun cuando no seamos del todo conscientes. Por eso, hoy san Pablo nos invita a re-descubrir este gran don: el cáliz de la bendición que bendecimos ¿no es comunión de la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión del cuerpo de Cristo?, Porque el pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos comemos el mismo pan (1Cor 10,16-17). La Eucaristía crea comunión entre nosotros y con el Señor. Recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo, es recibir al Señor mismo, dejar que él dé fruto en nosotros, creer en lo que él nos promete (vida eterna) y ser constructores de caridad. San Agustín lleno de este asombro exclama: ¡Oh sacramento de piedad! ¡Oh signo de unidad! ¡Oh vínculo de caridad! Quien quiere vivir, tiene dónde vivir, tiene de qué vivir. Acérquese, crea, incorpórese para ser vivificado» (In Io. Eu. tr. 26, 13).