Domingo XII del tiempo ordinario: ¿Cuáles son tus frenos?

«Nuestros miedos, nuestras sospechas evitan que el corazón se ensanche de forma que haya sitio para todos, aunque eso lleve consigo alguna cicatriz. Correr un riesgo significa comprometerse en algo, embarcarse en alguna aventura cuyo desenlace es incierto. Esa es la clase de fe que pide el evangelio de Jesús y su seguimiento. Sin estar expuesto a daños y perjuicios la fe no puede ser válida».

Por fray Roberto Sayalero, agustino recoleto. Zaragoza, España.

¿Cuáles son tus frenos? Sí, ¿qué te impide salir a la calle y comenzar a vivir de verdad aquello que crees, que piensas; llevar a la práctica lo que de verdad te convence? El miedo es un invitado más en nuestra vida. Nos sirve para diferenciar la valentía de la temeridad. Es un freno necesario, que nos protege, pero no podemos dejar que sea él el que tome el mando y nos condicione más de la cuenta.

Ser precavido supone tener claro que hemos de preservar nuestra vida, cuidar nuestro cuerpo y evitar riesgos inútiles. Nos asusta la enfermedad porque nos mete el dedo en el ojo de nuestra libertad, pone en peligro nuestra autonomía y, sobre todo, nos hace caer en la cuenta de que por más que nos creamos lo contrario, somos limitados y finitos.

Al igual que el domingo pasado, en el contexto de la misión, hoy Jesús anima a los discípulos a no tener miedo a cuanto pueda sucederles por anunciar el evangelio. No se trata de esconderse sino de anunciarlo con nuestra vida. Aquí es donde empiezan los problemas, pues una opción seria y consecuente por el anuncio del Reino lleva consigo la crítica y la persecución, que, a día de hoy, sigue existiendo. Demasiados hermanos viven su fe a escondidas para no poner en juego sus vidas y no siempre les sale bien.

Frente al testimonio con mayúscula, asoma la tentación. Es fácil caer en las aguas tibias, en el peloterismo y servilismo asqueroso. Se dice lo que no molesta, lo “políticamente correcto”. Pero Jesús insiste en lo contrario, pues «nada hay encubierto que no llegue a saberse». Frente al miedo, Jesús muestra la compasión de Dios por medio de una preciosa comparación con los gorriones. Jesús no nos promete que la vida vaya ser un apacible viaje entre campos de lavanda, o que tenemos un guardaespaldas invencible que nos hará salir airosos de cualquier dificultad. Nuestra única seguridad es la confianza en Dios con la garantía de que jamás nos dejará solos. Confiar en Dios es confiar en lo que somos de verdad y en que estamos asentados en Dios.

El enemigo capaz de disolver al seguidor de Jesús no está ni en la herejía, ni en el error, sino en el miedo a dar testimonio. Debemos tener mucho cuidado con los maridajes y las alianzas; con arrimarnos al árbol que mejor sombra da, pues nuestro mensaje admite pocas componendas. Hoy sobran los cristianos durmientes, momificados y acomplejados cuando no desencantados con el mundo que nos toca vivir, pensando que la sociedad nos persigue como si fuésemos el ombligo del mundo. Necesitamos comunidades cristianas que anuncien el evangelio con la palabra y con la vida, pues la palabra sin la vida es inadmisible, y la vida sin la palabra es incomprensible. Más vale un profeta que mil fariseos cumplidores. Hemos de aprender a nadar contracorriente, a anunciar sin imponer, a aceptar al diferente, a aguzar el ingenio para hacernos presentes en un mundo secularizado y laico pero con el mismo anhelo de sentido que siempre.

Nuestros miedos, nuestras sospechas, evitan que el corazón se ensanche de forma que haya sitio para todos, aunque eso lleve consigo alguna cicatriz. Correr un riesgo significa comprometerse en algo, embarcarse en alguna aventura cuyo desenlace es incierto. Esa es la clase de fe que pide el evangelio de Jesús y su seguimiento. Sin estar expuesto a daños y perjuicios la fe no puede ser válida. Cierto es que el riesgo se asume en la medida en que se capta la vida de Jesús como una vida de alto riesgo. La fe viva es una fe que arriesga. Podemos medir el vigor de nuestra fe por la audacia con la que encaramos el día a día. La fe, la confianza, al igual que el amor, exigen valentía para apostar por aquello que queremos.

Volvamos al principio: ¿Cuáles son nuestros frenos?, ¿qué riesgos corremos a causa de la fe? No es mala pregunta. Una fe o un amor que no nos demande ningún riesgo se aparta bastante del camino de Jesús, vivido entre sobresaltos y riesgos, pero también lleno de gozo y confianza. Quien nunca asume riesgos, quien nunca se decide a asumir nada nuevo sin tener antes los cabos bien atados y el éxito garantizado, y se conforma con verlo todo del mismo color dejando que la vida pase ante sus narices sin pensar que pueda ser de otra manera, difícilmente puede llamarse seguidor de Jesús. Tengamos precaución, sí, pero no miedo. Lo que necesitamos es confianza.