Domingo XII del tempo ordinario: Confianza plena en Dios.

Jeremías 20, 10-13: Libró la vida del pobre de manos de los impíos; Salmo responsorial 68: Que me escuche tu gran bondad, Señor; Romanos 5,12-15: El don no se puede comparar con la caída; Mateo 10, 26-33: No tengáis miedo a los que matan el cuerpo.

Por fray Tomás Ortega, agustino recoleto. Getafe, Madrid, España.

No tengáis miedo a los que matan el cuerpo

El texto que más nos suena hoy es la frase que encabeza este párrafo. Además, viene completado por su contraparte, que dice: pero no pueden matar el alma. Este discurso de Jesús está formado por una serie de sentencias del Maestro sobre la persecución, la confianza en Dios y el abandono de la vida en él. La confianza en el Señor está unida a la fe en él. El mensaje viene dirigido al creyente: no tengáis miedo… si uno se pone de mi parte…

El tono de la liturgia de la palabra de hoy es de tensión. La primera lectura nos habla del profeta perseguido a causa de su obediencia a la palabra de Dios; Jeremías habla del cuchicheo de la gente, del pavor entorno, un ambiente tenso en el que él tiene que realizar su ministerio. El salmo comienza con una situación de violencia contra el salmista, que soporta las afrentas, y va evolucionando hasta la alabanza por la acción salvadora de Dios. Pablo por su parte nos habla de la gracia de Cristo que ha vencido el estado de muerte y de pecado en el que se encontraba la humanidad. Por la acción de un hombre la muerte reina, por la acción de Jesucristo, la gracia, el don de Dios.

En estos textos la fe juega un papel fundamental: el creyente es el que sufre, el que soporta, el que persevera, el que alaba, el que obtiene la victoria y el don de la gracia. La unión con Dios es el motivo del sufrimiento, pero también la fuente de la fortaleza y la alegría, la cual además viene perfeccionada al final.

Persecución

El creyente tiene que estar consciente de que será perseguido. La persecución es consecuencia de la fidelidad y, muchas veces, un crisol en el que esta se va purificando. Más allá del aspecto teológico o espiritual de la persecución (el padecer por la fe en Cristo o el martirio) está también el elemento social: ser discriminado y excluido por ser creyente. Podemos echar una vista a la historia y ver muchas de las persecuciones que los creyentes han sufrido a lo largo de los siglos, y podemos horrorizarnos ante la violencia o la crueldad con que fueron perseguidos, y el gran ejemplo de perseverancia que nos dan. Podemos traer a la mente, a los mártires agustinos recoletos de Japón (siglo XVII) o pensar en los mártires agustinos recoletos de Motril (siglo XX) o las penalidades de religiosos y laicos de la misión agustino-recoleta de Shangqiu, Henan, China (siglo XX-XXI)

Hoy en día sigue habiendo persecución de los discípulos de Cristo. Esto es un dato objetivo: no solo en China o el mundo musulmán; en occidente, entre los que se consideran evangelizados y conocedores del Evangelio y de Jesús, hay también una persecución, muchas veces abierta, muchas veces velada, disfrazada de un cierto aperturismo y tolerancia, y otras veces de indiferencia individual y social: no es que se persiga a los creyentes, simplemente, se actúa como si no existieran o no fueran relevantes.

Perseverancia

Ante este panorama que es el nuestro, la palabra de este domingo nos invita a la perseverancia en la fe. Las tres lecturas nos presentan un panorama difícil, pero las tres nos dan un elemento de esperanza. En las tres (y el salmo) hay un horizonte positivo. Se puede cantar al final, se puede alabar, bendecir y dar gracias a Dios, porque Él ha salvado: Cantad al Señor, alabad al Señor, que libró la vida del pobre de manos de los impíos(Jer 20,13). Jesús reconoce delante de su Padre a aquel que no lo haya negado delante de los hombres; Jeremías y el salmista agradecen a Dios y lo alaban, porque los ha liberado y ha derrotado a sus enemigos. Pablo reconoce la obra de la gracia de Dios en Jesucristo, que da la vida.

Esto se debe a la perseverancia. A pesar de la persecución, la burla, la violencia, la discriminación, el creyente se mantiene fiel, persevera, no se hace para atrás ni renuncia al Señor. El hombre de fe persevera porque el Señor está con él, porque sabe que su vida es más valiosa que la de las avecillas del campo, porque es consciente de que su vida está en manos de Dios y confía en que Él lo asiste siempre, incluso cuando tenga que dar la propia vida: Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo (Mt 10,32).