Solemnidad de la Santísima Trinidad 2023.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Al Dios que era, que es y que ha de venir, alabanza por los siglos de los siglos. [Éxodo 34,4b-6.8-9: Señor, Señor Dios compasivo y misericordioso; 2 Corintios 13,11-13: La gracia de Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo; Juan 3,16-18: Dios mandó a su Hijo al mundo para que se salve por Él]

Por Tomás Ortega, agustino recoleto. Getafe, Madrid, España.

Si alguien quisiera encontrar en las lecturas de hoy el fundamento teológico de la doctrina de la Santísima Trinidad se toparía con una sorpresa, porque la Palabra de Dios de este domingo parece una miscelánea de textos sin mucha conexión entre ellos. Tenemos distintos relatos: la entrega de la Ley (Éxodo), el cántico de los tres jóvenes (Daniel), la despedida de una carta (2 Corintios) y el dialogo de Jesús y Nicodemo (Juan). El texto —aparentemente— más sencillo y cercano a esta fiesta es 2 Cor11, 13, el final de la carta, donde Pablo se despide usando la formula trinitaria: La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros.

El texto paulino nos da pie para hacer nuestra reflexión sobre las características destacadas en el saludo “la gracia del Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo”.

La gracia del Señor Jesucristo

En el Evangelio, se presenta la parte central del diálogo de Jesús y Nicodemo: la misión del Hijo de Dios no es la de juzgar o de aniquilar, sino de dar vida: para que el mundo se salve por él (Jn 3, 17). Jesús, el Hijo Unigénito, es el portador de la gracia de Dios, de su salvación, de su amor. Cuando llegue “la hora”, Jesús contará cómo se manifiesta este amor, esta gracia: si el grano no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto(Jn 12,24). El Hijo de Dios es el Hijo por siempre; aunque no muera sigue siéndolo; al morir da fruto, y ese fruto es la humanidad redimida: nuevos hijos en la sangre de Cristo. El Hijo no está solo, tiene muchos hermanos.

El amor de Dios Padre

Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito (Jn 3, 16). Las tres lecturas nos presentan de distintas formas en que este amor se ha manifestado. El evangelio expresa la razón por la que el Padre envió a su Hijo: el amor. Amor que viene descrito en la primera lectura en dos imágenes: por un lado, el título de Dios misericordioso y rico en amor y fidelidad y, por otro, el Dios que se hace presente en medio de su pueblo. Yahvé no es indiferente al dolor de su pueblo ni de la humanidad (he visto la aflicción de mi pueblo…: Éxodo 3,7). Dios misericordioso se preocupa por sus hijos y establece con ellos una alianza. La alianza es la prueba de la presencia permanente de Dios y de su continua misericordia y fidelidad. Cuando esta es rota por el hombre, Dios no lo hace, sino que pone los medios para restablecerla: envía a los profetas y a los justos. Finalmente, en la plenitud de los tiempos, enviará al Hijo para hacer una alianza definitiva, sellada con su sangre y el fuego del Espíritu.

La comunión del Espíritu Santo

Uno de los elementos distintivos del Espíritu Santo es el hecho que crea comunidad. El pueblo de Israel es pueblo de Dios, porque entre ellos hay una alianza. Ese pacto es posible por la presencia del Espíritu Santo. Las tablas de la Ley son un signo visible de lo que el Espíritu es el guía. En Pablo encontramos el discurso de un nuevo pacto, que se manifiesta por la caridad y la comunión: hermanos, alegraos; sed perfectos; animaos; tened un mismo sentir; vivid en paz, y el Dios de la caridad y de la paz estará con vosotros (2Cor 11,11). El Espíritu crea comunión entre los creyentes, crea un vínculo de caridad, el mismo vinculo que existe entre las divinas personas. La comunión de amor entre los creyentes es la misma comunión que existe dentro de la Trinidad.

Bendito seas Señor

El cántico de los tres jóvenes en el horno se convierte en nuestra respuesta ante la obra de amor que Dios, en sus tres personas, realiza en el mundo, en la humanidad y en cada uno de nosotros: Bendito seas, Señor, Dios de nuestros padres, alabado y ensalzado por los siglos. Bendito tu nombre, santo y famoso, aclamado y ensalzado por los siglos (Dn 3,52). El misterio que celebramos siempre nos supera, por eso la liturgia de hoy nos invita a adorar con humildad al Dios bendito que está delante de nosotros. La tradición agustiniana nos pone la leyenda de san Agustín y el niño con la concha en la orilla del mar. Al final, hay cosas que nos superan en todos los sentidos; hemos de acoger con humildad la Palabra de Dios y agradecer lo que nos ofrece, que no es otra cosa que al mismo Dios: Porque Dios no ha enviado a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él (Jn 3,17).