Hch 8,5-8.14-17: Les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo. Sal 65,1-3a.4-5.6-7a.16.20: Aclamad al Señor, tierra entera. 1P 3,15-18: Muerto en la carne, pero vivificado en el Espíritu. Aleluya Cf. Jn 14,23: Aleluya, aleluya, aleluya. Jn 14,15-21: Le pediré al Padre que os dé otro Paráclito.

Por Rafael Mediavilla, agustino recoleto. Valladolid, España.

Después de cinco semanas de pascua se acerca la celebración de su final y el comienzo del tiempo de la Iglesia. Se anuncia ya desde este domingo a una persona que tendrá el máximo protagonismo en la vida de la comunidad: el Espíritu Santo. Cuando los cristianos comiencen su tarea evangelizadora se encontrarán con el desafío de tener que explicar, hacer comprender ese contenido tan extraño de su doctrina: un Dios que es el del pueblo de Israel y también lo es para todo los pueblos, que es el Padre de Jesús; un Jesús que siendo Hijo de Dios es Dios Él mismo y, ahora, un paráclito que es también Dios. Una vez asumida e incorporada esa forma de comprender a Dios los cristianos intentan anunciarla sin comprenderla y justifican esa incomprensión llamándola misterio. Tienen la ilusa confianza de que, con una reflexión inteligente, mediante el estudio de la teología, hallarán coherente su doctrina. Buscan también afanosamente ejemplos e imágenes de realidades que siendo tres compongan una unidad.

Los últimos domingos de la Pascua son tiempos especiales para ese desafío: el evangelio de Juan presenta un discurso de Jesús en el que se repiten una y otra vez las expresiones sobre el Padre y en este domingo además se habla de un tercero: otro Paráclito. En el domingo siguiente será Mateo el que presenta a Jesús diciendo a sus discípulos sus últimas palabras y en ellas habla del bautismo en el nombre de los tres: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Sabemos bien hoy que todos esos textos evangélicos recogen la experiencia que los apóstoles y discípulos tuvieron en su convivencia con Jesús y al mismo tiempo otra experiencia: la de los cristianos que se habían incorporado a la comunidad creyente. En su primera experiencia estaba el Jesús predicado por Pedro y los otros discípulos, rechazado por su pueblo y resucitado por Dios o el Jesús anunciado por Pablo que dio sentido a todo su existir. La relación de esos cristianos con Él les llevó a descubrir un misterio que les desbordaba y al mismo tiempo a vivir en una plenitud que nunca antes habrían imaginado. Para ellos conocer a Jesús, relacionarse con Él, hacer que su vida girase en torno a Él y se sustentase en Él era tocar a Dios, era comenzar a conocer a Dios y a tratarle como Él lo conocía y trataba. Además vivir esa experiencia compartiéndola con otros que creían como ellos, celebrándola juntos, contagiándose la caridad y uniéndose en el servicio era participar de un mismo Espíritu, era transmitirse unos a otros la corriente de la misma fe, la aspiración a realizar un mismo sueño.

Después vendría el tiempo de escribir fórmulas sobre Dios, de componer doctrina, pero en el origen de la fe en un Dios que era Padre, Hijo y Espíritu Santo estaba una experiencia, una vida; la vida de los creyentes. Pretender creer en el Espíritu Santo sin vivir ayudados por Él, sin experiencia de fe y servicios compartidos con otros creyentes, es crear galimatías a los que llamamos misterios para defendernos del reproche de no saber explicarlos.

El testimonio evangelizador, como el de Pedro o Pablo, es dar a conocer una experiencia, nuestra experiencia como creyentes, que un día conocieron a Jesús y hoy continuamos conociéndolo con asombro, porque su ser y su actuar cada día nos enseña algo nuevo y, sobre todo, nos hace vivir en permanente novedad. Eso es lo inexplicable, el misterio, la presencia del Espíritu en los discípulos de Jesús. El mundo seguirá sin poder recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce, pero el creyente se sabe habitado por Él, experimenta su presencia y su acción en su vida.