Domingo V de Pascua.

«En el Evangelio, sin abandonar el tono de despedida del domingo pasado, Jesús plantea una condición: Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Guardar los mandamientos no es una moneda de cambio o un mérito hueco para obtener una medalla, ni siquiera un premio de consolación, sino que es la consecuencia lógica del amor incondicional a Jesús, manifestado a través del amor al prójimo».

¿Amor o costumbre? Puestas ambas opciones en la balanza, quizá nos ponga un poco nerviosos el posible veredicto; puede que lo que creemos hacer por amor lo estamos haciendo por costumbre, o por rutina; de la misma manera que los autómatas cumplen con el plan establecido.

En el Evangelio, sin abandonar el tono de despedida del domingo pasado, Jesús plantea una condición: Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Guardar los mandamientos no es una moneda de cambio o un mérito hueco para obtener una medalla, ni siquiera un premio de consolación, sino que es la consecuencia lógica del amor incondicional a Jesús, manifestado a través del amor al prójimo. No se trata de presentar una hoja de servicios inmaculada sino de amar desde lo que somos, aceptando nuestras limitaciones, pero intentando superarlas cada día.

El mandamiento del amor, en forma condicional es un imperativo, un ámame interminable que hoy Jesús nos dice a cada uno de nosotros. El imperativo no hace memoria ni fundamenta el presente ni el pasado ni premedita el futuro sino que es un “ahora mismo”, un “ya” sin preparativos, sin tiempo para decidir. Solamente es amor verdadero, aquel que reclama continuamente un ámame. Dios es solo amor y un amor no puede reclamar otra cosa que amor por nuestra parte. Así de fácil y así de complejo a la vez a la hora de vivirlo.

A veces se confunde o se rebaja el amor a la categoría de sentimiento. Eso es como quitarle el gas a un refresco o echar agua en el vino. El amor es mucho más que un sentimiento. Amar es vivir orientado hacia los demás. El amor no es una actitud más de la vida, aunque la consideremos la más importante. La vida y el amor no están como el agua y el aceite, por un lado la vida y por el otro el amor; no son unos compañeros accidentales de viaje. El amor es la vida y la vida verdadera consiste en el amor. La vida es acción y amar es hacer la vida del amor. «Si me amáis guardaréis mis mandamientos». Por esta razón, la vida del amor no entiende de rutina, ni de dos días iguales, así que cuando aparece quiere decir que ese ámame fundamental se ha debilitado.

Como seguidores de Jesús, ahora más que nunca es tiempo de amar. La semana pasada Jesús se mostraba como camino, verdad y vida para llegar a la meta, Dios. Solamente se puede recorrer este itinerario amando. Esa es la gran condición, el as en la manga que nos permite llevar una vida cristiana plena, capaz de producir frutos de alegría y esperanza en quienes nos rodean. A veces nos hemos confundido pensando que amar a Dios sobre todas las cosas significa amar solo a Dios olvidando que cuando amamos de verdad a quienes nos necesitan estamos amando a Dios.

En los tiempos en que nos toca vivir no es el momento de entonar el “sálvese quien pueda”, sino de tener claro que formamos parte de un todo, de un cuerpo en el que somos interdependientes. Los valores y principios se prueban en el crisol de la dificultad. Los tiempos revueltos demuestran lo que verdaderamente es válido, lo que permanece frente a lo que cambia o se esfuma quizá porque no es más que una moda. Con el paso de los siglos nadie ha superado la fuerza salvadora del ámame de Dios a través del prójimo.

Por tanto, si tu amor resulta que es costumbre, si has perdido la ilusión por culpa de la rutina o el desencanto, piensa en lo que Dios hace contigo por medio de los demás e intenta hacerlo tú también. De esta manera podrás sentir con mucha más profundidad el amor de Dios, te sentirás más unido a Él, dejando aparcada para siempre la rutina haciendo realidad en tu día a día el continuo ámame de Dios.