Pentecostés 2023

Hechos de los Apóstoles 2,1-11: Se llenaron todos del Espíritu Santo y empezaron a hablar; Salmo 103: Envía tu espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra; 1 Corintios 12,3b-7.12-13: Hemos sido bautizados en su mismo Espíritu para formar un solo cuerpo; Juan 20,19-23: Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Recibid al Espíritu Santo.

Por Tomás Ortega, agustino recoleto. Getafe, Madrid, España.

El Resucitado da el don del Espíritu Santo

En el Evangelio de Juan, durante el discurso de despedida, el Señor insiste en la necesidad del Espíritu: habla del Consolador, el Defensor, el Espíritu de la verdad, el Espíritu SantoY yo le pediré al Padre que os mande otro Defensor, el Espíritu de la verdad, para que esté siempre con vosotros. (Jn 14,17) … pero el Defensor, el Espíritu Santo que el Padre va a enviar en mi nombre, os enseñará todas las cosas y os recordará todo lo que yo les he dicho. (Jn 14,26). Los discípulos, a los que Jesús está por dejar, no serán abandonados, sobre ellos vendrá el Espíritu del mismo Señor, para que este les revele la verdad y sea su fuerza en la misión que están por comenzar. Por eso, no es de extrañar que el mismo día de la Resurrección del Señor, éste les dé el don del Espíritu Santo: Recibid el Espíritu Santo (Jn 20,22). Jesús sopla sobre los Apóstoles su propio aliento vital, el aliento que lo ha levantado de la tumba y le ha devuelto a la vida y ahora es propiedad de los discípulos: A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados (Jn 20,23)… Poder perdonar los pecados es signo de la nueva autoridad que tienen los creyentes.

Esto sigue la lógica del Evangelio de Juan: el que cree en el Hijo tiene ya la vida eterna (Jn, 3,36); en otras palabras, el discípulo está en otro nivel, no por encima de los demás, sino que ha entrado en comunión con el Señor, por eso, la vida del creyente se prolonga hasta la vida eterna, la muerte no es el final —como en el caso de Cristo—, es solo un paso; puesto que la vida del creyente es eterna, y esta viene potenciada por el Espíritu Santo. Solo una excepción, el pecado es lo que rompe esta comunión, por lo que Jesús da el poder a sus discípulos para poder restaurar la comunión.

La comunidad, lugar del Espíritu Santo

El texto de los Hechos de los Apóstoles (2, 1-11) narra la venida del Espíritu Santo sobre la primera comunidad cristiana. Durante la fiesta judía de Pentecostés, el Espíritu Santo se manifestó de forma visible: como lenguas de fuego sobre los que estaban allí reunidos: María, los Once, pero también sobre una comunidad de hombres y mujeres, que se reunían a orar, a recordar las palabras del Señor y a pedir que se cumpliera la promesa del Espíritu. Después de ser tomados por el Espíritu, abandonan el lugar seguro y salen a la calle, al mercado, al ágora y se dan a conocer: hablan en las lenguas de todos los hombres. Si Babilonia se había convertido en una pluralidad confusa, Pentecostés se convierte en el “lugar” donde todos se entienden, porque a pesar de hablar lenguas distintas, el Espíritu da a todos el don del entendimiento.

Los Hechos de los Apóstoles es llamado por algunos como “el Evangelio del Espíritu Santo” y tiene su lógica, puesto que es él —el Espíritu—, quien dirige la misión y la obra de las personas o las comunidades: el diácono Felipe en Gaza y con el Eunuco, Pedro y Juan en Samaria, Pedro en la casa de Cornelio, Pablo y Bernabé enviados a Antioquía. El Espíritu Santo está en la comunidad, en la Iglesia de los orígenes, la ayuda, la impulsa a que salga de la falsa seguridad de las puertas cerradas, la lanza al mercado, al Templo, a Antioquía, a Capadocia, a Grecia, a Roma… a todos los confines del Imperio y más allá. La comunidad deja de ser un puñado de galileos para convertirse en ekklesia, convocación de hijos de Dios, todos ellos llamados por el Espíritu Santo.

Diversidad de carismas, pero el Espíritu es el mismo (1 Corintios 12,4)

Pablo anima y exhorta a sus comunidades a mantenerse en el Evangelio que han recibido, que de hecho no es una idea monolítica y cuadriculada. En esta carta a los Corintios, Pablo les recuerda la riqueza de los diversos carismas que el Espíritu ha suscitado, suscita y seguirá suscitando en aquella comunidad. Cada don o carisma es un regalo para el servicio y el crecimiento de la comunidad. Hoy Pablo nos habla a nosotros y, en este momento presente, nos invita a no desaprovechar la gracia que hemos recibido de parte del Señor; con su Espíritu somos tocados y transformados, y llamados a transformar la sociedad y el mundo en que vivimos. Hemos de unirnos a la voz del salmista que reconoce que sin ese soplo divino estamos condenados a la muerte: Escondes tu rostro y se anonadan, les retiras su soplo, y expiran y a su polvo retornan (Sal 104,19). Somos invitados a reconocer esa fuerza de Dios en nosotros. Somos invitados a pedir que esa gracia no nos abandone: ¡Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor!