Jueves Santo: día del amor como humilde servicio.

Hemos acudido para ayudarte a vivir «en cristiano» este día de Jueves Santo, al sermón 49 de san Ezequiel Moreno, agustino recoleto obispo de Pasto, Colombia (1848-1906), que lo pronunció probablemente en Pasto. Su tema es el mandato de la caridad y exalta la novedad de la humildad, a imitación de Cristo. En su predicación se detiene a imaginar con viveza el lavatorio de pies de Judas.

La humildad, la gran novedad

«El mundo puso en el corazón del hombre la montaña del orgullo, y Jesucristo con su acción y el evangelio con su relato atacan esa montaña por su base. El orgullo tiende a subir, la humildad a bajar; el orgullo aspira a ocupar el primer puesto, la humildad el último; el orgullo quiere ser rey, la humildad, esclavo; el orgullo es el vicio príncipe, la humildad la virtud fundamento. La humildad, finalmente, es un sentimiento dulcísimo e inefable que no tenía nombre en la lengua de los hombres, y que se ha creado un nombre, una gloria y una historia con la acción de Jesucristo de lavar los pies a sus discípulos y con el relato que hace el evangelio de esa acción humilde y sublime a la vez.»

El lavatorio, culmen de la humildad

«… ¿Adónde vas, Jesús mío? ¿Adónde se dirigen tus pasos en esa forma de siervo? ¿Qué vas a hacer? El evangelista nos lo dice de un modo preciso con estas palabras: Echó agua en un lebrillo, y comenzó a lavar los pies de los discípulos y a limpiarlos con la toalla con que estaba ceñido (Jn 13, 4-5).

Dicen los libros santos que Abrahán recibió con esmerada diligencia a tres huéspedes y que, antes de darles un convite, les lavó los pies (cf. Gen 18, 4). Yo no desconozco lo ejemplar de aquel acto, pero lo practicaba un hombre, y sus huéspedes eran ángeles. Dicen también que Abigail se ofreció a lavar los pies de los criados de David (cf. 1 Sam 25, 41), pero David era un gran rey y Abigail una pobre aldeana. Se engrandece a la Magdalena por lo que hizo con Jesucristo en casa de Simón el leproso (cf. Lc 7, 36-50); pero era una pecadora y Jesucristo el Hijo de Dios.

Aquí, en el cenáculo, cambia la escena por completo. Un Dios pone agua en un lebrillo, empieza a lavar los pies de los discípulos y a enjugarlos con el lienzo de que se ha ceñido. Él va en busca del lebrillo, él busca el agua, él la echa, él la lleva, todo lo hace sin ayuda por sí solo… y, en medio del silencio y asombro de sus discípulos, empieza a lavarles los pies. ¿Qué es esto? ¿Os asombráis, cristianos? Pues voy a quitaros el asombro con estas palabras de mi gran padre san Agustín: “¿Qué admiración puede causar el que echara agua en el lebrillo para lavar los pies de los discípulos aquél que derramó su sangre en la tierra para lavar con ella la inmundicia de los pecados?”».

El lavatorio de Judas

«¿Quién fue el primero de los discípulos a quien Jesucristo lavó los pies? San Juan en su evangelio no lo dice expresamente, pero el doctor y padre de la Iglesia san Juan Crisóstomo afirma que antes que a ningún otro, Jesucristo se acercó humilde, atento y lleno de dulzura al traidor Judas… y me parece que estoy viendo al Salvador colocar a los pies de aquel ingrato el baño, arrodillarse luego, coger con sus manos divinas aquellos pies, lavarlos con delicadeza, enjugarlos con ternura, ponerlos sobre su corazón sagrado, mirar al traidor, y con aquellos ojos que dieron luz al sol, decirle amoroso: “¡Oh Judas, pobre discípulo mío! ¡Judas! Yo te traje a mi apostolado, te he sentado a mi mesa, te he llevado en mi compañía, te di el poder de hacer milagros. ¡Judas! amigo mío, ¿por qué me has vendido? Judas amado, ¿qué mal te ha hecho tu Maestro? Judas, detente, aún es tiempo de misericordia para ti, arrepiéntete de tu pecado. Yo estoy dispuesto: moriré por el hombre, pero no seas tú el que me entregue a los enemigos. Mírame, mírame aquí a tus pies… ¿No sientes el ardor de caridad que hay en mi corazón? ¿No ves las lágrimas con que lavo de nuevo tus pies? Judas, ¿qué más quieres de mí?…”».

Haced vosotros lo mismo

«¿Qué falta ya? Muchísimo, pero hay que decirlo de corrida. El evangelista sigue diciendo: Después que les hubo lavado los pies, y hubo tomado su ropa, volviéndose a sentar a la mesa les dijo: “¿Sabéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis Señor y Maestro y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavar los pies los unos a los otros. Porque ejemplo os he dado, para que como yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis” (Jn 13, 12-14).

¡Qué razonamiento tan claro y tan convincente! ¡Quién resistirá a su lógica? ¡Quién no seguirá el ejemplo de Jesucristo? ¿Quién no se ejercitará en obras de humildad y caridad para imitarle? ¡Oh, qué fuerza ha tenido ese ejemplo de Jesucristo para muchas almas! La doctrina de Jesús enseñada en el cenáculo con su ejemplo, ha suscitado innumerables almas heroicas y generosas que, convencidas de que cuanto más se humillen ante el mundo más se elevan delante de Dios, no han cesado de imitar el ejemplo del Salvador consagrándose a servir al pobre, al necesitado, al enfermo, a todos los afligidos por la desgracia. Y jamás faltarán en este mundo esas bellezas del catolicismo, esas almas que imitan al Salvador; antes faltarían, como dice el apóstol, las profecías, los milagros, el don de lenguas, que dejasen de existir ejemplos de caridad cristiana. El amor no pasa nunca (1 Cor 13, 8)».

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