Domingo IV de Pascua: La Puerta para entrar y salir con libertad.

Hch 2,14a.36-41: Dios lo ha constituido Señor y Mesías. Sal 22,1-3a.3b-4.5.6: El Señor es mi pastor, nada me falta. 1P 2,20b-25: Os habéis convertido al pastor de vuestras almas. Aleluya Jn 10,14: Aleluya, aleluya, aleluya. Jn 10,1-10: Yo soy la puerta de las ovejas.

Por Rafael Mediavilla, agustino recoleto. Valladolid, España.

Cuando leíamos o escuchábamos la lectura del evangelio de Juan durante la Cuaresma, la Iglesia nos invitaba a recorrer el itinerario del catecúmeno que se preparaba para entrar en el discipulado de Jesús. Los textos del evangelio de san Juan a los que se da preferencia en ese tiempo se leían a la luz de la experiencia de los que se preparaban para recibir en la vigilia pascual el bautismo. Lo mismo que de todos los otros relatos de los evangelios, los cristianos hacían una doble lectura.

La primera motivada por el conocimiento de Jesús, de los hechos vividos por Él durante su tiempo de vida en Palestina antes de su muerte, por el conocimiento también de cómo habían vivido apóstoles y discípulos durante ese tiempo su proceso de adhesión a Jesús. La segunda motivada por el conocimiento y la expresión de los primeros cristianos en su itinerario de conversión, de adhesión a la Iglesia, a Cristo resucitado.

Por eso textos como el diálogo de Jesús con la samaritana unas veces exigen del lector cristiano conocer el trato de Jesús con una mujer, la presentación que le hace a ella y a su pueblo del mensaje de salvación que trae, otras veces exigen del mismo lector cristiano conocer y creer en el Jesús que es agua viva para su existencia.

Al llegar el tiempo de pascua han de permanecer ambas lecturas. Tiempo de Pascua que no lo es simplemente en cuando tiempo del año litúrgico sino tiempo de Pascua permanente en la vida del cristiano, pues Jesús ha resucitado para siempre y ya no muere más (Rm 6,9). Los textos de los evangelios que se proclaman en la Pascua tienen que leerse también desde la experiencia pascual. En los comentarios de esos textos leídos en los domingos segundo y tercero hemos intentado hacer esa lectura. Al mismo tiempo establecer una coherencia con el sentido del texto y su aplicación. Podría parecer que el texto de este domingo no se presta a esa lectura por ser un texto anterior al Cristo resucitado. Pero la respuesta a esa supuesta dificultad es clara: el texto no recoge sin más el pensamiento de Jesús que predica durante el tiempo de su vida mortal sino el sentir, el pensar y la respuesta del evangelista, y de la comunidad creyente en la que vive su fe, al desafío del tiempo pascual.

Esto no se realiza trasladando las figuras o imágenes en las que se reconoce a Cristo a su aplicación a los ministros de la Iglesia.

El afán clasificatorio de los textos y relatos del evangelio y el entusiasmo por entenderlos a partir de una comprensión unívoca del género literario ha llevado a muchos a considerar el capítulo 10 del evangelio de Juan como una alegoría, justificada por sus diferencias con los relatos parabólicos. Hoy día varios estudiosos del evangelio abogan por una forma literaria más singular y muy flexible, emparentada con el mashal. Podemos preguntarnos el por qué el narrador Jesús unas veces se identifica con la puerta y otras con el pastor, cuando en la alegoría no cabe esa duplicidad. El problema es que llevados de esa clasificación del relato se concluye que el rebaño o el redil es la Iglesia, etc. Esas interpretaciones alegóricas las hicieron los santos padres no tanto por el afán de descubrir lo que el texto quiere expresar como por la aplicación que querían dar al mensaje de Jesús de modo que fuera válido para la realidad que ellos vivían. Tienen su razón de ser, pero no son de obligada aceptación ni siquiera hay motivo para considerarlas prioritarias.

Lo cierto es que Jesús, y el evangelista también, quieren declarar quién es Jesús y se sirven de diversas imágenes: pastor que entra por la puerta y puerta por la que entran y salen las ovejas.

El texto está distribuido en los tres ciclos (ABC) del domingo IV de Pascua. El correspondiente a este año recoge los versículos en los que Jesús se define como “puerta”. Una puerta al servicio de las ovejas y por la que no entran ni ladrones ni bandidos. Condicionados por la visión particular que se tiene de las ovejas se les atribuyen características que en ningún modo están en el relato, docilidad, sumisión, etc. Al contrario, el relato habla de ovejas que toman sus propias decisiones y hacen su elección, siguen a aquel cuya voz conocen y no la voz de los extraños, entran y salen con libertad. Al hacerlo por la puerta se salvan, encuentran pastos.

Los cristianos que escucharon la predicación de los apóstoles y de los que se habían sumado antes que ellos al grupo de los creyentes y del mismo evangelista no se sentían atraídos por un redil en el que tuvieran que permanecer encerrados para salvarse sino por una puerta abierta por la que entraban y salían libremente y recibían vida abundante. Lo que les libra de ladrones y bandidos no son los muros o cercas del aprisco, ya que no es obstáculo para que lleguen a entrar los que roban, matan y hacen estragos sino su capacidad de discernimiento, de saber distinguir las voces y elegir a Cristo a quien quieren escuchar. Y la voz que le escuchan no es el mandato de permanecer dentro del redil sino de salir afuera.

Jesús es quien viene a descubrir, para los que le siguen y para los que todavía no lo hacen porque todavía no son de este redil, dónde está la vida, la salvación y la abundancia. Los fariseos manifiestan su convencimiento de que el camino de Dios está en el sometimiento a la ley, en la expulsión de los que se oponen al pensamiento de la religión; ellos son los que, sin dudar, ven lo que Dios quiere (cf. 9,34-41). Esta tensión entre Jesús y los “judíos” enmarca todo el relato de Jesús sobre el Buen Pastor. Lo propio de los “judíos” es no creer porque no son de las ovejas (Jn 10,26); lo propio de Jesús es dar la vida, y además la vida eterna (Jn 10,28).

.