Domingo III de Pascua: el tiempo del Espíritu.

Hch 2,14.22-33: No era posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio. Sal 15,1-2.5.7-8.9-10.11: Señor, me enseñarás el sendero de la vida. 1P 1,17-21: Fuisteis liberados con una sangre preciosa, como la de un cordero sin mancha, Cristo. Lc 24,13-35: Lo reconocieron al partir el pan.

Por Rafael Mediavilla, agustino recoleto. Valladolid, España.

El relato de la aparición a los discípulos de Emaús ha sido un recurso cada vez más frecuente en los últimos años para aplicarlo a la vida cristiana, y particularmente a la vida consagrada. Y, sin embargo, puede seguir siendo fuente de inspiración novedosa. Por ejemplo, podemos ofrecerlo como sugerente, teniendo en cuenta el contexto de la Pascua, para la situación presente del cristiano y el consagrado, una vez más.

Los apóstoles y los discípulos de Jesús habían experimentado una revolución en sus vidas a partir de su experiencia de haber escuchado a Jesús y, sobre todo, haber convivido con él. Su mundo de valores, su forma de vivir, la visión de sí mismos, la consideración de los demás, la relación entre ellos y con los otros era nueva, diferente y sustentada en el estar con él, en el acompañarle, en haberse dejado elegir por él.

Todo ello pareciera haberse desmoronado al morir y ya no tenerlo al lado, al no escuchar su voz y recibir su enseñanza, al no estar delante de ellos en el camino para compartir también su destino.

Por eso recuperar a Jesús, hacer con él el camino, reunirse de nuevo en la misma casa y en la misma sala era vivir un transporte de alegría y fortaleza. Pero en aquellos días iban a vivir una nueva experiencia y a aprender una nueva forma de vivir. No era una recuperación sin más. No responde a las expectativas que ellos pudieran tener: un Jesús que además de volver a recorrer los caminos de Palestina, de ser profeta para todo el pueblo en obras y palabras, fuera también liberador de Israel. Ese era el Jesús que tanto les había entusiasmado (Lc 19,37), por quien lo habían dejado todo (Lc 5,11 y 14,26), con el que Pedro estaba dispuesto a ir a la cárcel y a la muerte (Lc 22,33).

No había revivido a semejanza de Lázaro resucitado para continuar la vida anterior a su muerte. No es el Jesús que vuelve para desconcertar a escribas, fariseos o jefes del pueblo, o que de nuevo se llega hasta el templo para desbaratar los pensamientos y la forma de vida de todos.

Es el Jesús que se hace presente solo a las mujeres que lo buscan o a sus discípulos. Es el Jesús que los acompaña en el camino pero que después desaparece de su vista para que sean ellos quienes, sin su presencia visible y palpable, hagan el camino de vuelta. Es el Jesús que come con ellos (Lc 24,39 y 41-43) y a continuación desaparece de su vista (24,31 y 51).

Ha comenzado para todos los discípulos una nueva etapa, que les obliga a liberarse de su dependencia de lo vivido, a pesar de haber sido fundamental en su vida y generador de fe y entrega a Él. Es el tiempo de tomar la decisión de levantarse, de reencontrase con sus compañeros (Lc 24,33), de tomar la iniciativa, de ser creativos porque han sido revestidos de la fuerza que viene de lo alto (Lc 24,49).

Esa experiencia vivida por los discípulos de Jesús se convierte en el patrón de crecimiento de la Iglesia en toda su historia. En algunos momentos de ella es especialmente modélica. Cuestiona la nostalgia de lo que ya pasó para abrirse a lo que está llegando, para elaborar y llevar a cabo las nuevas respuestas para el presente. El apego a fórmulas, estructuras, edificios, costumbres, formas de vivir o relacionarse impide el dinamismo que hace crecer a la comunidad de fe y responder creativamente al presente. El discípulo de Jesús corre el riesgo de convertir en esencial al mensaje del maestro lo que formaba parte de un tiempo ya pasado. Jesús acudía a la sinagoga o al templo pero pronto las comunidades cristianas fueron conscientes de su libertad para nuevas formas y lugares para el encuentro, el diálogo y la celebración.