Domingo II de Pascua: ¿Ver para creer?

«Pensemos que nos ocurre algo parecido a la escena que nos relata el Evangelio de hoy. Tenemos que descubrir que aunque las puertas estén cerradas por el motivo que sea, Jesús se vuelve a poner en medio, vuelve a salir a nuestro encuentro, a caminar con nosotros en este particular día a día que vivimos. Nosotros, como los discípulos debemos querer reconocerlo, encontrarnos con Él».

Por Roberto Sayalero, OAR. Zaragoza, España.

¿Ver para creer? La cuestión de este domingo me parece que no es difícil de resolver. Es cierto que esconde una disyuntiva relacionada con la vitalidad y grado de madurez de nuestra fe: ver o creer. Ver y creer están a la misma distancia que el cero y el infinito, que el blanco y el negro, incumplen sin complejo alguno la ley de atracción de los polos opuestos. Por tanto a mayor necesidad de visión, menor grado de fe.

Pensemos que nos ocurre algo parecido a la escena que nos relata el Evangelio de hoy. Tenemos que descubrir que aunque las puertas estén cerradas por el motivo que sea, Jesús se vuelve a poner en medio, vuelve a salir a nuestro encuentro, a caminar con nosotros en este particular día a día que vivimos. Nosotros, como los discípulos debemos querer reconocerlo, encontrarnos con Él.

La experiencia de la resurrección no fue inmediata ni para la Magdalena y el resto de mujeres que salieron del sepulcro con más miedo que alegría; ni para los discípulos que seguían encerrados después de saber la noticia; ni para Tomás que quería seguir haciendo con él lo mismo de antes, tocarlo y abrazarlo, como quisiéremos hacer con cualquiera de los nuestros que se ha ido al Padre. Unos y otros lo fueron descubriendo al contrastar sus dudas y vencer sus miedos con la alegría y la esperanza que brotaba de su fe y de la experiencia de la comunidad.

Puede que por mil y una circunstancias nuestra vida no sea todo lo feliz que deseamos, al igual que les sucedió a los discípulos, la clave está en que desde nuestra experiencia personal, en nuestro cara a cara con Dios, pongamos también frente a frente por una parte la oscuridad de nuestros miedos, dudas, inquietudes, soledades, proyectos inciertos; y por otra la luz de la fe en el Resucitado, en ese crucificado que vive. Y lo debemos hacer cada uno personalmente, porque el encuentro con Cristo es personal.

Los últimos versículos recalcan la finalidad del evangelio, de todo lo que contiene, que solamente es una parte de lo que podría contarse, advierte el evangelista; no es otra que creamos que «Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y par que, creyendo, tengáis vida en su nombre».

No está de más volver a pensar que la fe se asienta en la confianza, aunque a veces nos tiemblen las piernas o nos suden las manos por la incertidumbre, o nos duela la espalda de cargar con tantas dudas y preguntas sin respuesta.. Pero toca confiar sin ver, ni tocar, ni controlar. La atmósfera de la incertidumbre es plomiza; el caminar a ciegas es duro. A pesar de que la inteligencia artificial va a cambie nuestra vida y ponga a golpe de clic cualquier dato, va a haber siempre un pequeño vacío donde no vemos y no queda más que creer, que confiar en algo o en alguien. Nosotros intentamos confiar en Dios, sabiendo que no es fácil, solo la comunidad, como a Tomás, es la que amortigua nuestras dudas.

El mensaje de este domingo contiene una invitación a descubrir la presencia de Jesús resucitado en el aquí y ahora que estemos viviendo.. Nuestra primera tarea es dejar entrar al resucitado a través de tantas barreras que levantamos para defendernos del miedo. Que dejemos las sospechas y los recelos, las murallas y los refugios. Que cambiemos el pensar en lo que nos falta por la frescura de una existencia nueva habitada por el espíritu del resucitado que se hace presente en medio de nosotros si estamos dispuestos a recibirlo, a creer sin ver.

.