Domingo II de Pascua: Creer sin haber visto.

Hch 2,42-47: Los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común. Sal 117,2-4.13-15.22-24: Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia. 1P 1,3-9: Mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha regenerado para una esperanza viva. Jn 20,19-31: A los ocho días llegó Jesús.

Toda la cristiandad celebra la Pascua y se dispone a recorrer un camino que va de la experencia inmediata, visible, palpable, vivida por los discípulos de Jesús durante el tiempo de su predicación en Palestina, y los hechos impresionantes de los últimos días en Jerusalén hasta la fe en Jesús que se resiste a ser tocado por Magdalena o invita a creer más allá del ver y tocar.

El capítulo 20 del evangelio de Juan es la presentación de esa transformación del discípulo que fue arrastrado por Jesús con sus signos constatables, como el agua que se conviere en vino, el pan que se multiplica, el Lázaro muerto que vuelve a la vida, el ciego de nacimiento que renace y ve. La resistencia, en muchos de los que fueron testigos de aquellos signos, a esa transformación fue tan obstinada que todo su empeño era negar, destruir toda posible conexión de aquellos signos con la presencia o la obra de Dios (Jn 12,37) .

Los discípulos, sin embargo, creen más allá de sus dificultades para comprender el sentido que Jesús les explica de aquellas obras admirables. No entienden, pero para ellos las palabras que le escuchan son de vida eterna (Jn 6,68). No comprenden que Jesús pretenda ponerse en riesgo de ser apedreado (11,8), pero están dispuestos a asumir ese riesgo con él (11,16).

Llegó el último signo, más inexplicable aún que todos los anteriores: el crucificado en el sitio de la «calavera». Un signo que aparecía a los ojos de todos como el fracaso y la derrota pero al que Jesús de nuevo daba un sentido de triunfo, de gloria. Será el evangelio de Juan el que describirá aquellas horas de la pasión y muerte de Jesús ahorrando a sus lectores burlas de dirigentes, reproches de compañeros de suplicio y quedándose con la mirada atraída por el traspasado (19,37).

Parecería que Jesús se ha ausentado ya definitivamente de la vida de los suyos, pero no, estaba allí, cerca de ellos, no en la tumba, y, al mismo tiempo estaba en el lugar al que ellos no podían acompañarle todavía (Jn 7,34; 8,21; 13,33). Se termina el tiempo en el que lo contemplaron y tocaron con las manos (1 Jn 1) y llega el tiempo de creer sin haber visto.

Lo que fue experiencia de los discípulos primeros será también paradigma para los cristianos a los que, muchos años más tarde, se dirige el evangelista. Lo es también para los cristianos de todos los tiempos. Es la transformación de la fe sustentada en la autoridad de los que nos transmitieron esa fe, en la confianza que nos inspiran, en los sentimientos de entusiasmo, de fervor que suscita Dios en los que inician el camino de la fe en Él, en fe recibida gratuitamente y acogida. La fe que se cultiva con la reflexión, que no se espanta con la razón, que dialoga con el no creyente, que enfrenta cuantas preguntas suscita el misterio y desea saber y comprender (Jn 14,5.22; 16,17-18).

Una fe llamada a crecer, a mantenerse en los tiempos de oscuridad, a «creer sin haber visto».

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