Domingo I de Pascua: Y ahora, ¿qué toca?

«Para llegar a este soleado y precioso día hemos tenido que atravesar, junto a Jesús y María, los valles más profundos del dolor y el sinsentido, allí donde se repartía a manos llenas la injusticia. Esta semana, desde que Jesús entró en Jerusalén, hemos contado los días al revés, y por un camino de cera, gracias a las procesiones, llegamos hoy a tocar la gloria con los dedos. Porque hoy toca resurrección».

Por fray Roberto Sayalero Sanz, agustino recoleto. Zaragoza, España.

Y ahora, ¿qué toca? Esta es la pregunta propia de una persona despistada o de quien se deja que le arrastre la corriente sin oponer demasiada resistencia. No quiero ir muy lejos, es también la pregunta que a estas alturas de curso hacen, entre clase y clase, aquellos alumnos que aún no se han molestado por aprenderse el horario; quiero pensar que la razón de ese descuido es aprovechar al máximo la capacidad neuronal evitando vacuidades. Por si hay algún despistado, hoy toca resurrección: Sí, resurrección.

Para llegar a este soleado y precioso día hemos tenido que atravesar, junto a Jesús y María, los valles más profundos del dolor y el sinsentido, allí donde se repartía a manos llenas la injusticia. Esta semana, desde que Jesús entró en Jerusalén, hemos contado los días al revés, y por un camino de cera, gracias a las procesiones, llegamos hoy a tocar la gloria con los dedos. Porque hoy toca resurrección.

Hace unos años una pareja al salir de una celebración un domingo de Pascua comentaba: “Pues no es para tanto. Bah, mucha resurrección pero a mí me siguen doliendo los huesos y Antoñito sigue en paro y tu hermana ingresada. Pues sí, decía la otra persona, con voz resignada”. La verdad es que si lo pensamos fríamente no les faltaba razón porque desde fuera todo, más por desgracia que por gracia, sigue igual. Algo parecido a lo que le sucedía a esa pareja al salir de misa es lo que les pasa a las mujeres del evangelio de hoy. Ellas llegan y no ven nada porque no encuentran lo que buscan, la puerta del sepulcro está abierta y no hay un cuerpo destrozado por el calvario al que embalsamar. Entonces, aturdidas, avisan a Pedro y a Juan, que llegan corriendo, echando el bofe, y solo encuentran vendas en el suelo. Jesús está vivo. Ya no necesita trajes de muerto. Dios lo ha resucitado, ha cumplido su palabra, la misma que se resistían a creer. Lo específico de la Pascua no es lo que Dios hace con un cadáver sino lo que hace con una víctima, se trata de un crucificado que vive.

Quienes todo lo fían a una exagerada e infantil omnipotencia de Dios no tienen más remedio que ahogar sus penas en agua bendita. A Dios le gusta más actuar entre bastidores, donde reinan el susurro y la luz negra para que no se interrumpa la función ni se fastidie el decorado cotidiano. La promesa de la resurrección no se esfuma como las palabras de un candidato a “no sé qué”, ni se olvida como el “no lo volveré a hacer más” de un niño caprichoso, ni es efervescente como el juramento de revancha del que pierde todas las apuestas. Dios da un puñetazo definitivo en la mesa. Y cambia el mundo e iza para siempre la bandera de la esperanza en el corazón de todos los que queremos ser sus seguidores. Es que hoy toca resurrección.

En la época de Jesús, la palabra de las mujeres no era creíble, pero ellas estaban en lo cierto. Como nos pasa tantas veces cuando el prejuicio nos obliga a aparcar en las afueras, corremos el riesgo de no hacer ni caso a quienes siguen a un Jesús vivo, a quienes viven en la novedad y el dinamismo del resucitado; a quienes lo reclaman desde el sufrimiento y el dolor; a quienes viven esperanzados, a quienes intentan abrir caminos de felicidad, tejer senderos de alegría… donde los demás vemos desiertos. Parece que es mejor y, políticamente correcto, seguir durmiendo y oliendo a alcanfor, ahogándonos en la sospecha o cortando un buen traje a quien dice que se puede amar a Dios y ser feliz, y hasta disfrutar de la vida, sin complejos ni ñoñerías, aunque las cosas no le vayan de color de rosa, pero se ha dado cuenta de que la vida solo es cristiana si se vive y no se espera a tener todas las cartas para empezar el juego. Así que, hoy toca resurrección.

Toca resurrección, sí. Estamos ni más ni menos que en Galilea donde un sol espléndido brilla, se respiran a raudales alegría y libertad. La esperanza es una suave brisa que nos acaricia el rostro y nos impide rendirnos; que nos mantiene fuertes ante la resignación, el desencanto, la trivialidad y el agarbanzamiento; que nos empuja con las dos manos a luchar por un mundo mejor. La alegría, el gozo, nos permite borrar de nuestro alrededor los horizontes sombríos, la tristeza, la desolación, la estrechez de los sepulcros de nuestros complejos, las telarañas de nuestros miedos y el corsé de los cumplimientos. La libertad nos fortalece para amar sin límite frente a nuestros egoísmos. Ahora sí, ahora, los problemas siguen siendo los mismos, o parecidos. Pero hay sentido, no hay silencio; hay horizontes no muros infranqueables. Así que, no te lo vuelvo a decir. Ponte a cantar, a bailar y dale un beso al que tienes cerca; mándale un mensaje a quien hace tiempo que no escribes. Vístete de guapa o de guapo. Desde hoy, y de lunes a domingo, aunque algún día esté más nublado, toca resurrección.