Domingo de Resurrección: Cantemos el aleluya con esperanza hasta llegar al aleluya definitivo

El sermón 69 de san Ezequiel Moreno (1848-1906), predicado probablemente en Pasto un Domingo de Resurrección, nos ofrece una presentación apologética de la Resurrección de Cristo, forma extraña hoy día de presentar el prodigio de la Resurrección, pero que manifiesta una fe profunda en el misterio central de la fe cristiana. Dejemos que resuene en nuestro interior el pensamiento del santo protector de los enfermos de cáncer.

«No os voy a probar en este rato el dogma de la Resurrección, porque vuestra fe no lo necesita. Voy solo a hacer un relato sencillo del hecho sacado de lo que nos dicen los evangelistas. De él se desprenderán lecciones provechosas para vuestra alma.

Cuando un hecho lo atestiguan escritores contemporáneos incapaces de engañar, igualmente que, de ser engañados, el hecho según regla de la más rigurosa crítica debe tenerse por cierto. Si esto se negara habría que negar toda historia.

Ahora bien, ¿quiénes son los que nos atestiguan el hecho de la Resurrección de Jesucristo? Son testigos oculares del hecho sus mismos discípulos, los que le habían acompañado por largo tiempo. Para no creerlos, habría que suponer una de dos cosas: o que quisieron engañarnos o que ellos se engañaron. Y ninguna de las dos pudo suceder».

No quisieron engañar

«1º Por ser quienes eran. Eran ignorantes y no eran capaces de inventar y urdir una tal impostura. Eran tímidos y tampoco se hubieran atrevido.

2º Porque no reportaban utilidad ninguna. ¿Con qué fin iban a mentir? ¿Quién iba a premiarles la mentira? No podían esperar premio de Jesucristo, suponiéndolo muerto y muerto para siempre.

Se dirá tal vez que, por amor propio y por salvar el honor de su maestro. Pero ¿se concede que eso los llevara a todos hasta el punto de querer ser perseguidos, azotados, encarcelados y muertos con exquisitos martirios? ¡Ah! No, eso no se concibe, ni puede suceder.

Pero, aunque hubieran querido engañarnos,

3º No hubieran podido. ¿Cómo burlar la vigilancia de los escribas y fariseos que todo lo previnieron, deseosos de que acabara la memoria de Jesús? Es cosa sabido que, apenas el sagrado cadáver fue puesto en el sepulcro, los escribas y fariseos, temiendo que sus discípulos lo robaran y luego divulgasen que había resucitado, se presentaron a Pilatos diciéndole: Ahora recordamos que aquel seductor dijo cuando vivía que había de resucitar después de tres días. Mandad, pues, que se custodie el sepulcro hasta el tercer día a fin de que sus discípulos no vayan a robarlo y hagan creer a las gentes que ha resucitado (Mt 27, 63).

Todo ello se hizo como desearon y pidieron. Un cuerpo de guardia de soldados romanos fue a custodiar el sepulcro y para mayor precaución se selló la enorme piedra que cubría el sepulcro con el sello público (Mt 27, 66).

Tomadas estas precauciones, para que los apóstoles hubieran podido dar algún viso de verdad a la impostura de la Resurrección, antes que todo era indispensable que se hubieran apoderado del cadáver de Jesucristo, porque mientras se le viese en el sepulcro, ¿cómo se había de persuadir a nadie que había resucitado? ¿Y era posible apoderarse de dicho cadáver? ¿Cómo habían de hacerlo si el sepulcro estaba rodeado de soldados que lo guardaban? ¿Se dirá que los centinelas se durmieron? Esta es la salida que encontraron los escribas y fariseos: Decid, dijeron a los soldados, que estando vosotros durmiendo vinieron los discípulos y se lo llevaron (Mt 28, 13). Pero recurso de niños. “¿Cómo, dice mi gran padre san Agustín, podían atestiguar que se lo llevaron si estaban durmiendo?” El que duerme ni oye ni ve. Profundo, además, debiera haber sido el sueño para que se pudiera levantar la gran losa, entrar al sepulcro, y sacar el cadáver sin que nada notaran. Además, pruebas habían dado los apóstoles en la noche del prendimiento de que no eran hombres de tales aventuras».

No se engañaron ellos

«Ni se puede decir que ellos mismos se engañaran. Lo que nos refieren en el evangelio lo vieron con sus propios ojos, lo oyeron con sus propios oídos, lo palparon con sus manos, como dice san Juan: Lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos acerca del Verbo de la vida… de ello damos testimonio y os lo anunciamos… (1 Jn 1, 1-2). ¿Y qué más se necesita para estar cierto de un hecho que verlo, oírlo, palparlo? Si el que ve, oye y palpa una cosa puede engañarse, sería preciso decir que todo lo que percibimos con los sentidos es tal vez ilusión o engaño, pero esto es un disparate. Nadie nos podrá persuadir de que este templo que vemos y donde estamos no es templo, y que esta voz que oís no lo es. Al que dijera tales despropósitos le tendríais por loco y con razón.

Ninguno de los evangelistas nos ha relatado el hecho mismo de la Resurrección o, mejor, el modo como se efectuó tan inaudito prodigio. Vieron al Resucitado, pero no dicen cómo salió de la tumba, probablemente porque no lo supieron. San Mateo es el que refiere de más atrás los incidentes de aquella noche memorable y, sin especificar la hora, dice: “Había habido un gran terremoto. Porque un ángel del Señor descendió del cielo y, llegando, revolvió la piedra, y se sentó sobre ella. Su rostro era como un relámpago y su vestidura como la nieve. Y de temor de él los [guardias] se asombraron y quedaron como muertos” (Mt 28, 2-4).

Repuestos algún tanto de su terror, los guardias corrieron a Jerusalén a referir lo que habían visto, y agrega san Mateo que se reunió el consejo de los sacerdotes y ancianos del pueblo y en él se determinó comprar a precio de oro el silencio de los guardas: “Les dieron, dice, una grande suma de dinero a los soldados diciendo: Decid que vinieron de noche los discípulos y lo hurtaron mientras vosotros estabais durmiendo. Y si esto llegare a oídos del gobernador, nosotros se lo haremos creer y miraremos por vuestra seguridad. Y ellos tomando el dinero lo hicieron conforme se les había instruido. Y esta voz que se divulgó entre los judíos dura hasta hoy día” (Mt 28, 13-15).

Esto escribió san Mateo por el año 42, esto es ocho o nueve años después de la Resurrección, en vida de muchos de los que habían presenciado los sucesos, y que podrían haberle desmentido fácilmente».

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