II domingo de Cuaresma: la transfiguración de Jesús.

Génesis 12,1-4a: Vocación de Abrahán, padre del pueblo de Dios; 2 Timoteo 1,8b-10: Dios nos llama y nos ilumina; Mateo 17,1-11: Su rostro resplandeció como el sol.

Por fray José Antonio Román, OAR. Zaragoza, España.

El domingo pasado, el evangelio nos invitaba a vaciar nuestro corazón de tantas cosas que ni necesitamos, ni nos ayudan a acercarnos a Dios. En este segundo domingo de Cuaresma, se nos quiere presentar quién es realmente Jesucristo.

El relato de la transfiguración del Señor, con su cambio de aspecto y la manifestación de su gloria, resulta un evangelio bastante incómodo. ¿Cómo hablar de una gloria que no hemos contemplado?, ¿cómo predicar la transfiguración del Señor, cuando la única transformación que conocemos en las personas son las arrugas de la cara y las canas del pelo? Incluso, hasta nuestro espíritu, nuestra energía y nuestro coraje, con el paso del tiempo, van languideciendo en vez de rejuvenecer.

En la cumbre de una “montaña alta”, los discípulos más cercanos a Jesús, Pedro, Santiago y Juan, le contemplan con rostro “transfigurado”. Les acompañan dos personajes legendarios de la historia de Israel: Moisés y Elías, representantes de la Ley y de los profetas. Pero, los dos tienen el rostro apagado: solamente, Jesús irradia luz.

Pedro no parece haberlo entendido. Propone hacer tres “tiendas”. Una para Jesús, otra para Moisés y otra para Elías. Pone a los tres en el mismo plano. No ha captado la novedad de Jesús. La voz surgida de la nube va a aclarar las cosas: “Este es mi Hijo, escuchadle”.

Por lo tanto, no hay que escuchar ni a Moisés ni a Elías, solo a Jesucristo. Él es el Hijo amado cuyas palabras y vida nos descubren la verdad de Dios.

Los sociólogos afirman que uno de los datos más preocupantes de la sociedad moderna es la pérdida de referentes. Son muchos los que no saben cómo fundamentar su vida ni a quién acudir para orientarla. No encuentran los criterios que pueden regir su manera de vivir, de pensar, de trabajar o de amar. Todo parece sometido al cambio constante de las modas o de los gustos del momento.

Queridos amigos, el ser humano quiere conocerlo y dominarlo todo. Pero no puede conocer completamente ni su origen ni su destino último. En el mensaje de este segundo domingo de Cuaresma hay una invitación escandalosa para los oídos modernos: no todo se reduce a la razón. Las personas debemos aprender a vivir ante el misterio. Y el misterio tiene un nombre: Dios, nuestro Padre, que nos acoge y nos ama con su amor infinito.

Quizás nuestro mayor problema sea habernos incapacitado para rezar y dialogar con Dios. Estamos huérfanos y no acertamos a tratarnos como hermanos. Pero también hoy, en medio de las nubes y oscuridades que rondan nuestra vida, se puede escuchar una voz que nos sigue llamando e invitando: “Este es mi Hijo amado… escuchadle”.

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