Domingo V de Cuaresma: ¿Morir o dormir?

«Jesús va a decir que no está muerto sino dormido, porque, si la muerte es lo contrario de la vida y los que creen o creemos en Él tenemos vida eterna, la muerte definitiva, la oscuridad absoluta, sólo está reservada a quienes voluntariamente quieren permanecer en ella, a los que “mueren”. El resto “dormimos”, o mejor dicho, “dormiremos”».

Por Roberto Sayalero, OAR. Zaragoza, España.

¿Morir o dormir? A primera vista puede parecer que la pregunta de este domingo es un tanto radical, hasta podría ser considerada exagerada; más aún, puede pensarse que el solo pensar en optar por lo primero es una auténtica barbaridad. Pero esta pregunta, de la mano del Evangelio de este domingo, nos sumerge hasta uno de los verdaderos cimientos de nuestra fe, hasta el yacimiento donde se asienta ni más ni menos que la esperanza.

Hoy nos encontramos con un Dios que llora ante la muerte de su amigo. Un Dios que no sea capaz de reír y sobre todo de llorar, de inclinarse ante el dolor de sus hijos, tiene el mismo valor que un billete del Monopoli en la taquilla de un cine.

El relato, al más puro estilo joaneo, está plagado de símbolos. Vamos a fijarnos en la situación de Lázaro y en la presentación de Jesús como la resurrección y la vida. Lázaro, dice el texto que estaba muerto, llevaba cuatro días y olía mal. Sin embargo, Jesús va a decir que no está muerto sino dormido, porque, si la muerte es lo contrario de la vida y los que creen o creemos en Él tenemos vida eterna, la muerte definitiva, la oscuridad absoluta, sólo está reservada a quienes voluntariamente quieren permanecer en ella, a los que “mueren”. El resto “dormimos”, o mejor dicho, “dormiremos”.

Una vez retirada la losa, la frontera entre muerte y vida, Lázaro sale por su propio pie aunque no deja de ser un muerto a esta vida, simbolizado en las vendas para la cabeza y los pies y las manos atadas.

¿Y qué decir de las lágrimas de Jesús? ¿Hay alguna muestra mayor de empatía? Jesús, pese a quien pese, desborda ternura, sensibilidad y compasión. Jesús no es un médico ni un pinchanubes milagrero, que nos pueda sacar de la muerte física. Él nos ofrece la posibilidad de alargar nuestra vida para que continúe después de la muerte y por encima de ella. Esta vida “larga” se alcanza mediante el seguimiento, imitando su forma de vivir, con un corazón capaz de compadecernos ante el sufrimiento de los demás y no quedándonos como auténticos fiambres almibarados con el formol de la rutina, cuando no amortajados con el cumplimiento de la norma hasta la última coma; o encadenados al miedo de pensar lo que creemos no siendo que el “castigo” sea terrible. Jesús se lo dice a Marta y nos lo dice también a ti y a mí: «El que cree en mi aunque haya muerto vivirá; y el que está vivo Y cree en mí, no morirá para siempre».

Este Jesús que se ha presentado como resurrección y vida, da un fuerte grito a Lázaro para que salga. El profeta Ezequiel en la primera lectura de este domingo insiste también en que hemos de abrir nuestros sepulcros. ¿Y cuales son? Vivimos encajonados en cientos de sepulcros oscuros y húmedos que impiden que penetren la luz y la frescura del evangelio. Puede que estemos muy bien ahí dentro, pero Jesús no deja de gritarnos para que salgamos de ahí cada vez que leemos el evangelio. Hoy nos dice que, como Marta, seamos capaces de apoyarnos en Él, que llora y sufre por sus amigos, como nosotros lo hacemos, que nos tiende su mano en medio del dolor y la desolación, pues Él es, ni más ni menos que la resurrección y la vida.

En esta recta final de la Cuaresma se redondea la dimensión bautismal. Si observamos los evangelios de los últimos domingos vemos el agua viva como don de Dios, en el pasaje de la samaritana; y a Jesús como la luz verdadera que cura al ciego de nacimiento. Se nos habla del agua y del espíritu, propios del bautismo. Hoy se nos presentan las consecuencias: el renacer a una vida nueva. La invitación de hoy es un invitación a creer en el centro de nuestra fe que nos muestra que la muerte carece de poder sobre nosotros. Todo no termina dentro de un sepulcro sino en un “dormir” que nos permite gozar y disfrutar sin límites gracias a este Dios generoso que lo único que nos exige es que nos fiemos de Él. La respuesta, como siempre, depende de ti.

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