Domingo IV de Cuaresma: ¿Ventanilla o pasillo?

«Los seguidores de Jesús lo mejor es que viajemos en ventanilla, para poder ver más allá, ¿o no?, y nos dejemos aconsejar también por aquellas personas que nos ayudan a abrir los ojos a la realidad que no somos capaces de ver por nosotros mismos. No es fácil abrir los ojos y descubrir la verdad, aunque esté delante. A Dios no podemos abrirnos de golpe sino poco a poco. Dios no es para curiosos ni para mirones. Dios se oculta a las miradas superficiales».

Por fray Roberto Sayalero, OAR. Zaragoza, España.

¿Ventana o pasillo? Hay para quien es una elección indiferente, pero también hay quien considera importante la posición de su asiento a la hora de tener un viaje lo más apacible posible. No quiero poner los dientes largos a nadie ahora que se acercan las vacaciones de Semana Santa. Para nuestra reflexión, pensemos en la travesía por el desierto cuaresmal: ¿preferimos ventanilla o pasillo? ¿Nos gusta más la monótona sucesión de acontecimientos sin sorpresa alguna mirando el pasillo o preferimos estar sujetos a la espontaneidad y sorpresa que va apareciendo en nuestra ventanilla?

Para ver no es suficiente tener los ojos abiertos, ni tener una visión perfecta sin miopía, ni astigmatismo, ni cataratas, ni presbicia… lo necesario es saber educar la mirada de tal forma que viendo, veamos. La vida y mucho menos la cristiana, no nos la deberíamos tomar como quien se sienta en su asiento dispuesto a tragar con lo que le echen.

La primera lectura de este domingo distingue entre la mirada de Dios y la visión de la realidad que tiene el hombre. El libro de Samuel advierte de ciertas deficiencias de visión: “el hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón”. Al quedarnos en la fachada y en las apariencias, reducimos notablemente nuestra franja de visión; nos quedamos en la superficie de las personas, de las cosas, de los acontecimientos, y somos incapaces de entrar en el interior y sondear el corazón, que es donde está “lo esencial”.

El evangelio vuelve a presentarnos hoy otro pasaje cargado de símbolos sumamente sugerentes para nuestra reflexión personal ahora que la cuaresma va terminando y se acerca la luz de la Pascua. Nos topamos de frente con un marginado que nace a la vida. Era ciego de nacimiento es decir sin culpa propia. Jesús, la luz, lo cura con tierra y saliva. La tierra nos traslada directamente al libro del Génesis al relato de la creación, al momento en que Dios amasa con mimo al ser humano. La saliva significa para los judíos el aliento condensado, el espíritu, la fuerza vital. Con los ojos embadurnados de barro y saliva Jesús lo manda a la piscina de Siloé para que se lave. Como siempre la pelota vuelve al tejado del hombre. Jesús ha tomado la iniciativa, se ha acercado. Ahora es el ciego quien opta por la plenitud: sale como hombre nuevo, recreado con el barro, amasado de nuevo, y lleno del espíritu. El que antes estaba sentado, inmóvil, dependiente de la compasión ajena, es ahora fuerte y capaz de no dejarse avasallar por la autoridad y el prestigio de los fariseos, y de defender ante ellos la acción y figura de Jesús, llegando incluso a ser excluido de la sinagoga. Es aquí cuando Jesús vuelve a hacerse presente para acogerlo nuevamente e invitarle a ver de verdad.

A partir de aquí vayamos a nuestra vida. Se nos invita hoy a reflexionar sobre nuestra manera de ver y de mirar. A no huir de la realidad. Hay veces en que miramos y no vemos nada. Lo tenemos todo delante de nuestros ojos pero están llenos de escamas y solo ven aquello que se empeñan en ver. Al ciego del evangelio le quieren hacer ver y decir, y hasta confesar, lo que él no puede ni ver, ni decir, ni creer. Él ve lo que ve y dice lo que dice. Hay también quienes se empeñan en hacernos ver lo que ellos ven y de vernos como ellos nos ven.

Los seguidores de Jesús lo mejor es que viajemos en ventanilla para poder ver más allá, ¿o no?, y, si tenemos dificultades, nos dejemos aconsejar por aquellas personas que nos ayudan a abrir los ojos a la realidad que no somos capaces de ver por nosotros mismos. No es fácil abrir los ojos y descubrir la verdad, aunque esté delante.

A Dios no podemos abrirnos de golpe sino poco a poco. Dios no es para curiosos ni para mirones. Dios se oculta a las miradas superficiales. Dios nos ha de ir atrayendo, dejándonos sorprender cada día con múltiples detalles que le hacen presente. El evangelio tiene que ser para nosotros un colirio que borre las escamas que nos hacen sentir tan cómodos como alejados de nuestra vocación de seguidores de Jesús. Abramos, nuestro corazón a la libertad de quien ve por sí mismo y se siente atraído por esa luz llena de ternura que es el Dios de Jesús. Ocupémonos también de aquellos que no pueden ver, y de aquellos a quienes nadie mira, pues si no, como dice José Saramago en el Ensayo sobre la ceguera: «creo que estamos ciegos; somos ciegos que ven, o mejor, ciegos que viendo no ven». Abramos bien los ojos.

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