Domingo III de Cuaresma: ¿Tienes sed?

Domingo III de Cuaresma: ¿Tienes sed?
«Necesitamos expandirnos, unas alas fuertes que nos permitan volar más allá de lo que somos, que amplíen los horizontes, que quiten el polvo del camino de lo tan sabido que nos reseca continuamente la boca. Ese es el deseo de Dios propio de los que queremos en esta Cuaresma mejorar nuestro seguimiento. Es verdad que el deseo, la sed es continua, que nunca puede apagarse, como nos dice san Agustín: «buscamos a Dios para encontrarlo y cuando lo encontramos seguimos buscándolo».

Por Roberto Sayalero, OAR. Zaragoza, España.

¿Tienes sed? No pretendo estimular tu hipotálamo para que sientas ganas de beber, pero la imagen de la sed nos sirve hoy para orientar nuestra reflexión. Hay quien prefiere eliminarla de forma rápida; para otros la sed se elimina lentamente y con bebidas no muy frías; otros calman su sed con agua o café caliente… Cada uno a su manera. ¿Y la sed de sentido? ¿o de cariño? ¿o de felicidad? ¿o de Dios? Ahí sí que no sirve un buen trago; es un proceso mucho más lento; podría decirse que nos acompaña toda la vida.

Nuestros ojos reflejan un anhelo insaciable, seamos como o quienes seamos; nuestras pupilas contienen un deseo insaciable, un abismo sin fondo, una sed infinita de felicidad. En nuestros ojos hay un pozo profundo, que no es otro que el de la samaritana

Jesús aparece en escena sentado en el brocal, como un mendigo de amor: Dame de beber. Esa petición se clava como una flecha en el corazón de la mujer. La escena es curiosa: Jesús, judío, se abaja ante la samaritana, que está tranquila porque ella puede sacar agua del pozo y Jesús no. De haber terminado aquí la historia nos quedaríamos con una obra de caridad por parte de una samaritana que da de beber a un judío sediento. Eso nos puede recordar a aquel samaritano que socorrió al judío apaleado. Pero Jesús comienza a hablarle de otros pozos, de otras aguas y de otros deseos que comienzan a suscitar curiosidad en la mujer, que ya no se siente tan segura como al principio; ahora es ella quien pide beber de esa agua distinta capaz de ahogar para siempre su sed. Si bebe acabará con sus miedos, sus fatigas, sus desilusiones. La fuente de esa agua magnifica es Él mismo, el Mesías. Aquella mujer queda totalmente deslumbrada y anuncia a sus paisanos la buena noticia para que ellos puedan también beber de esa agua de salvación: Ya no creemos por lo que tú dices, nosotros mismos lo hemos oído.

¿Y tu sed? Necesitamos expandirnos, unas alas fuertes que nos permitan volar más allá de lo que somos, que amplíen los horizontes, que quiten el polvo del camino de lo tan sabido que nos reseca continuamente la boca. Ese es el deseo de Dios propio de los que queremos en esta Cuaresma mejorar nuestro seguimiento. Es verdad que el deseo, la sed es continua, que nunca puede apagarse, como nos dice san Agustín: buscamos a Dios para encontrarlo y cuando lo encontramos seguimos buscándolo.

A la luz del relato de este domingo asoman dos actitudes fundamentales: el encuentro y la escucha. Cada vez que celebramos un sacramento nos estamos encontrando con Jesús, somos nosotros quienes nos sentamos en su brocal para intentar calmar un poco nuestra sed. Quizá por las semejanzas podemos relacionarlo más con el bautismo, pero esto podemos aplicarlo también a la eucaristía, que nos convierte en anunciadores de la buena noticia a lo largo de la semana, surtiendo de esa agua viva de la que hemos participado; la confirmación por la que adquirimos una misión; al matrimonio que un día bendijo Dios convirtiendo a cada conyugue en surtidor de vida para el otro; y en el sacramento del orden en el que la gracia recibida hace del sacerdote servidor de agua para todos aquellos que se acercan al pozo y le obliga también a sentarse en el brocal al encuentro de muchos samaritanos.

Sed más o menos saciada, cada uno conforme a su vocación. Lo importante es que, como la samaritana, dejemos nuestro cántaro que ya no nos sirve y simboliza el agua envasada, estática, tranquila…; y bebamos del propio manantial que rompe con los moldes y los cántaros porque es siempre novedad e impide beber siempre de la misma forma. Jesús se sienta en nuestro brocal continuamente. para ir apagando nuestra sed. ¿Estamos dispuestos?

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