Domingo II de Cuaresma: ¿Soñar o despertar?

«Para nuestra vida, si la vivimos con fidelidad, con luz, hay un horizonte, una esperanza, una posibilidad radiante. La vida vivida en serio tiene un futuro de plenitud. El esfuerzo por vivir en comunión con Dios y entregados a los demás no queda baldío. De esta forma se escala cada día la montaña de la transfiguración».

Por Roberto Sayalero, agustino recoleto. Zaragoza, España.

¿Con o sin guarnición? ¿Con o sin luz? ¿Soñar o despertar? Tres preguntas nos sirven hoy para plantear la reflexión.

Un complemento mal elegido puede estropear el mejor de los trajes robándole un protagonismo que no le corresponde. Al igual que sucede con una mala guarnición para un plato o un mal marco para un cuadro.

Con el evangelio de hoy puede pasarnos algo parecido a los complementos mal elegidos, que nos quedemos mirando a la espectacular puesta en escena propia de una película de ficción y nos olvidemos que lo fundamental es lo que sucede, lo que hay en el plato principal. Jesús, como cada uno de nosotros, no es más que un vaso de barro amasado por Dios y bañado en ternura. Hoy nos lo describen lleno, rebosante de luz, en medio de Moisés, el representante de la ley antigua, y de Elías, el profeta. Y todo sucede en un paisaje inigualable: el monte, el lugar del encuentro con Dios; y más en concreto, en el monte de la fidelidad, el Tabor, muy distinto de la montaña altísima a la que el Diablo llevaba a Jesús el domingo pasado. Aquel era el monte del engaño, del halago, del poder que destruye al hombre y a los hombres. Esta preciosa catequesis no es sino una inyección de moral, un adelanto de lo que sucederá después de esta vida. En el fondo: una llamada a la fidelidad.

¿Con o sin luz? La palabra fidelidad puede que a veces nos dé un tanto de miedo, como si nos pesase demasiado la responsabilidad, y nos sintiésemos abrumados por el peso de ser limitados e imperfectos, nos sentimos incapaces… Pero, ¿quién dijo que tenemos que ser invulnerables? No tenemos que ser superhéroes, invencibles, increíbles o magníficos… Para seguir a Dios, para vivir el Evangelio, basta con poner nuestra debilidad a tiro para que Él haga de ella fortaleza. Basta con dejar que nuestro barro frágil se llene de su palabra, que su luz ilumine nuestra fragilidad, para que así brille en nuestro mundo la esperanza… El que es fiel y se va construyendo según el designio de Dios, va tallando y transfigurando su vida, rehaciendo su realidad personal, llenando su vaso de luz, adquiriendo transparencia a pesar de ser barro, transformando el rostro deforme por los golpes de la vida, en una presencia hermosa y cambiando el vestido de harapos del día a día, por un vestido nuevo, blanco, brillante, de fiesta, de plenitud. Así nos lo ha descrito el Evangelio: «Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz».

La última pregunta: ¿Soñar o despertar? No podemos olvidar la reacción de Pedro: Maestro, ¡qué hermoso es estar aquí! pues es una reacción lógica y nada extraña a nosotros. Levantaos, no temáis, dice Jesús. Estamos llamados a manifestar a Dios más allá de nuestras limitaciones, fatigas, decepciones. Jesús tenía que descender del Tabor camino de Jerusalén y encontrarse con la realidad, con el sufrimiento, con la vida. Nosotros nos encontramos muy bien en nuestra tierra pero tenemos que salir, como Abraham, y fiarnos de Dios. La fidelidad es más complicada que cumplir unas normas. La fidelidad es un modo de vida en seguimiento y compromiso constante. La contemplación debe ir emparejada con la misión; si no, no sirve de nada.

Quizá a lo largo de la Cuaresma busquemos muchos complementos para adornar nuestra supuesta preparación, muchas guarniciones que aporten algo más de sabor. No busquemos remedios mágicos sino salir de nuestra tierra, ponernos en manos de Dios. Para nuestra vida, si la vivimos con fidelidad, con luz, hay un horizonte, una esperanza, una posibilidad radiante. La vida vivida en serio tiene un futuro de plenitud. El esfuerzo por vivir en comunión con Dios y entregados a los demás no queda baldío. De esta forma se escala cada día la montaña de la transfiguración.

Tras la Cuaresma llega la Pascua. Y en medio de las dificultades una voz nos marca el camino a seguir: Escuchadle. La vida es un camino de felicidad y hacia la felicidad. No tenemos que pasarlas canutas para llegar al Tabor, pero la fidelidad a Dios implica profecía y eso, acarrea problemas.

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