Domingo de Ramos. Comentario a las lecturas.

Mateo 21,1-11: Bendito el que viene en el nombre del Señor. Isaías 50,4-7: No oculté el rostro a insultos y sé que no quedaré avergonzado; Filipenses 2,6-11: Se rebajó a sí mismos; por eso Dios lo levantó sobre todo; Mateo 26,14 – 27, 66: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Por José Antonio Román, OAR. Zaragoza, España.

En nuestra niñez, con cierta frecuencia nos preguntaban: ¿qué quieres ser cuando seas mayor? Cada uno de nosotros teníamos un bonito sueño por vivir: ser un deportista famoso, ser actor o actriz, ser presentador o presentadora de televisión… Sí, un hermoso sueño en cada corazón de niño.

A un pequeño de seis años, también le hicieron la misma pregunta: ¿qué quieres ser cuando seas mayor? Éste contestó con decisión: «yo quiero ser Dios”. Muchas veces, el sueño de los hombres es eliminar a Dios y ocupar su puesto. Porque Dios es todo. Dios lo puede todo. Entonces, pretenden serlo todo y poderlo todo.

El relato de la Pasión de Jesús nos muestra el sueño de Dios hecho añicos, la impotencia de Dios, el fracaso de Dios, la muerte de Dios. Pero, sabemos muy bien, que todo ello tendrá un final feliz con la resurrección de Jesucristo.

Nuestro mundo está lleno de iglesias presididas por la imagen de Jesús en la cruz. Sin embargo, también, está lleno de personas que sufren crucificadas por las guerras, las injusticias o la soledad: enfermos privados de cuidados, mujeres maltratadas, ancianos ignorados, emigrantes sin futuro; personas, muchas personas enquistadas en el hambre, la pobreza o la desesperación.

Esa cruz de Cristo que recordaremos en el conmovedor relato de su Pasión, nos recuerda que Dios sufre con nosotros. No estamos solos ante el dolor y el sufrimiento.

Los cuatro evangelios en los relatos de la Pasión coinciden en lo esencial, pero cada uno posee su propia originalidad dependiendo del fin perseguido y de sus destinatarios. Algo que resaltan todos ellos es el silencio de Jesús. Él habla muy poco, son los demás quienes intervienen.

Dos detalles importantes podemos destacar en el relato de Mateo que no cuentan los otros evangelios. Es el único que señala el dinero que recibe Judas por entregar a Jesús, 30 monedas de plata. Ese era el precio estipulado que debía pagarse por un esclavo. El autor nos invita a reflexionar qué precio o mejor qué aprecio sentimos realmente por Jesucristo, qué valor damos a su persona. Además, con ese dinero que luego Judas, arrepentido por haber entregado a un inocente, arroja en el templo, se comprará el campo del alfarero (evocación de alfarero con Dios creador).

Otro detalle significativo que no recogen los otros evangelios es el hecho que los sumos sacerdotes y fariseos acuden a Pilato a pedirle que vigile el sepulcro donde han depositado a Jesús, “porque puede ser robado por sus seguidores y proclamar que ha resucitado como había dicho, en varias ocasiones, aquel impostor”.

En esta ocasión, el autor del pasaje quiere insistir que ni la vigilancia más estricta como la que puede ejercer el poder romano es capar de mantener a Jesús en el sepulcro, porque Él es la resurrección y la vida.

Todos estos relatos de la Pasión nos muestran que Jesús murió como había vivido, amando a todos. Por eso, en Jesucristo crucificado y en su vida entregada a los demás, podemos percibir el inabarcable amor de Dios. No olvidemos nunca que Jesús en la cruz no está acusándonos de nuestros pecados sino ofreciéndonos su amor y su perdón.

Los días de Semana Santa son toda una oportunidad para comunicar vida a los demás, para pedirle al Señor que resucite todo lo bueno que, por el motivo que sea, está muerto o lo parece. Cuando a nuestro alrededor sólo percibimos peligro, miedo, pánico sin control, celebrar estos días santos nos abre una ventana a la vida y a la esperanza. Una vida y una esperanza que únicamente encontraremos, de manera definitiva, en Jesucristo resucitado.

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