Domingo 5º de Cuaresma: llorad y confiad

[Ezequiel 37,12-14; Romanos 8,8-11; Juan 11,1-45] La liturgia de la palabra nos invita a plantearnos una cuestión fundamental. La vida de todos y cada uno de nosotros, ¿es un pequeño paréntesis entre dos inmensos vacíos? Es decir, al concluir la existencia humana, ¿sólo queda silencio y olvido? La respuesta a esta gran pregunta, los seguidores de Jesús, la encontramos en el final de la vida del Maestro, en su resurrección.

Por fray José Antonio Román, OAR. Zaragoza, España.

La Pascua es la meta de nuestro viaje cuaresmal, es el paso de la muerte a la vida y, sobre todo, es el grito que proclama: “Jesús vive”, y para Él no hay ni olvido ni silencio.

Celebramos el último domingo de Cuaresma. La semana pasada, el relato del evangelio, utilizando una metáfora, nos situaba en el País de los ciegos. Aquel ciego de nacimiento, curado por Jesús, le reconoce como el Mesías e Hijo de Dios. Sin embargo, los fariseos y las autoridades judías, que no tienen problemas de vista, son incapaces de ver y reconocer a Dios en la persona de Jesús.

De ese país de los ciegos, llegamos al País de los vivos. Jesús abrió los ojos al ciego de nacimiento y le dijo: Yo soy la luz del mundo. En el relato del evangelio de hoy, Jesús afirma: Lázaro, nuestro amigo, duerme; voy a despertarlo. De la misma manera, nosotros no morimos, dormiremos en el Señor. Y Dios nos despertará a todos.

La vida, por más que la puedan alargar la medicina y los adelantos de la ciencia, está destinada a acabarse. Jesús no vino para prolongar la vida biológica de Lázaro o la de sus paisanos, vino a hacernos herederos de la vida gloriosa que sólo Él posee.

Hay muchas afirmaciones que aparecen en los evangelios y muchos dogmas que la Iglesia profesa. Sin embargo, ninguno más difícil y, al mismo tiempo, más necesario que la resurrección. Podemos dudar de cualquier verdad, pero la única que nos define como seguidores de Jesús es creer que vive y que nosotros viviremos con Él.

El relato de la resurrección de Lázaro es muy conmovedor. Nunca aparece Jesús tan humano, frágil y entrañable como en este momento en el que muere uno de sus mejores amigos. Jesús no oculta su cariño hacia estos tres hermanos, Lázaro, Marta y María, que seguramente lo acogen en su casa siempre que acude a Jerusalén.

Un día Lázaro cae enfermo y sus hermanas mandan un recado a Jesús: “nuestro hermano a quien tanto quieres está muy enfermo”. Cuando acude Jesús a la aldea de Betania, Lázaro lleva cuatro días enterrado. Al ver los sollozos de sus hermanas, familiares y amigos, el propio Jesús, profundamente conmovido, también se echa a llorar.

Queridos amigos, las personas tenemos un deseo insaciable de vida. Nos agarramos a la ciencia y a la medicina para prolongar esta existencia biológica. Pero no nos serviría vivir esta vida para siempre. Sería horrible un mundo tremendamente envejecido. Lo que anhelamos es una vida diferente, sin dolor ni vejez, sin hambre ni guerras, una vida plenamente dichosa para todos.

El hombre nunca había tenido, como en nuestra época actual, tanto poder para avanzar hacia una vida más feliz y, sin embargo, se siente impotente ante un futuro incierto y amenazador. Se plantea cuestiones que no consigue resolver: ¿Qué es la vida? ¿Qué es la muerte? ¿Cómo hay que vivir? ¿Cómo hay que morir?

Los cristianos, a pesar de nuestras dudas y oscuridades, creemos en Jesucristo, señor de la vida y de la muerte. Precisamente por ello, en Él buscamos luz y fuerza para luchar por la vida y enfrentarnos a la muerte.