Domingo 4º de Cuaresma: Ojos nuevos.

1 Samuel 16,1b. 6-7. 10-13a: David es ungido rey de Israel. Efesios 5,8-14: Levántate de entre los muertos y Cristo te iluminará. Juan 9,1-41: Él fue, se lavó y volvió con vista.

Por fray José Antonio Román, agustino recoleto. Zaragoza, España.

En este cuarto domingo de Cuaresma, la palabra de Dios nos quiere recordar nuestro nacimiento a la vida cristiana, es decir, nuestro bautismo.

San Pablo en su carta a los cristianos de Éfeso, les recuerda: «Antes eráis oscuridad, ahora sois luz en el Señor; antes eráis ciegos, ahora veis”. Por eso, el Apóstol nos invita a caminar como hijos de la luz, buscando lo que agrada al Señor.

Jesús ve a un ciego de nacimiento. Sus discípulos le preguntan: ¿quién pecó, él o sus padres?, ¿quién tuvo la culpa de que naciera ciego?

Los hombres siempre buscamos razones para justificarlo todo. Sin embargo, Jesús tiene una forma de pensar muy diferente y nos dice: Dios no ve la ceguera como castigo por el pecado sino como una ocasión para manifestar su actividad salvadora.

Para Dios no hay culpables; sólo hay personas que salvar, personas destinadas a ver su gloria, personas invitadas a conocer a Jesús. En el relato del evangelio, esa persona fue un ciego de nacimiento. En la actualidad, somos todos y cada uno de nosotros.

Jesús hizo un poco de barro lo colocó en los ojos del ciego y le mandó lavarse en la piscina de Siloé. El ciego obedeció, se lavó, recuperó la vista y conoció a Jesús. Entonces, este hombre comenzó a ver, no sólo con los ojos materiales sino también con los ojos de la fe.

Los cristianos en nuestro viaje hacia la fe tenemos que ir cada día descubriendo niveles más profundos:

No basta decir: «ese hombre llamado Jesús», era bueno, porque ha habido y hay muchos hombres buenos en el mundo.

No basta decir: «ese hombre llamado Jesús es un profeta», porque ha habido y hay muchos profetas.

No basta decir: «ese hombre llamado Jesús es el enviado de Dios», porque ha habido y hay muchos hombres de Dios

Entonces, somos llamados a afirmar: Creo, Señor Jesús, que tú eres la luz de mis ojos. Sólo tú tienes palabras de vida eterna. Sólo en ti está la salvación.

Jesús va siempre al fondo de las cosas. Habla con autoridad porque habla desde la verdad. Lo que dice y hace es claro y fácil de entender. La gente lo percibe enseguida. En contacto con Jesús cada uno se encuentra consigo mismo.

Lo vemos en los diferentes encuentros personales que tiene Jesús en los evangelios: con Zaqueo, Nicodemo, con la mujer samaritana que veíamos el pasado domingo o con el ciego de nacimiento que hemos contemplado en este relato. En definitiva, la relación con Jesús nos sitúa ante la auténtica verdad de nuestra vida.

Ojalá, todos podamos decir con plena confianza, igual que el ciego de nacimiento: Yo sólo sé una cosa: antes no veía y ahora veo; antes era oscuridad y ahora soy luz; antes no conocía a Jesucristo y ahora lo conozco y lo amo.

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