Domingo 3º de Cuaresma: Jesús y la samaritana

Éxodo 17,3-7: Danos agua que beber; Romanos 5,1-2. 5-8: El amor ha sido derramado en nosotros por el Espíritu que se nos ha dado; Juan 4,5-42: Un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna.

Por fray José Antonio Román, agustino recoleto. Zaragoza, España.

Los relatos de los evangelios, los podemos definir como historias de encuentros personales: Jesús conversando con Nicodemo, con Zaqueo, con el joven rico, con el centurión romano o con la mujer samaritana tal y como se narra en el evangelio de este tercer domingo de cuaresma.

Cuando los discípulos llegan al pozo de agua donde está Jesús, se sorprenden de que esté hablando con una mujer y, además, una mujer samaritana.

Los judíos no se trataban con los samaritanos porque, aunque pertenecían a la misma religión, los consideraban “religiosamente” inferiores. Por otra parte, la total subordinación de la mujer al varón, en tiempos de Jesús, primero al padre y luego al esposo, provocaba que no se viera nada bien que una mujer hablara con un extraño.

Jesús valora igualmente a hombres y mujeres, saltándose los planteamientos de las gentes de su tiempo. Por eso, habla tranquilamente con esta mujer.

La liturgia de la Palabra del tercer domingo de cuaresma reflexiona sobre el agua y la sed. En el libro del Éxodo aparece el agua material que todas las personas necesitamos para vivir y la sed que provoca la falta de esa agua.

Por otro lado, el pasaje del evangelio nos ha hablado de una sed que no se sacia bebiendo agua natural y de un agua viva que salta hasta la vida eterna, es decir, que sacia completamente.

El relato del encuentro y diálogo de Jesús con la mujer samaritana es una auténtica catequesis sobre la fe. Nos detenemos brevemente en algunas frases de esta conversación. “Dame de beber” le dice Jesús. San Agustín al comentar este pasaje afirma que Dios tiene sed de nuestra sed de él. Por eso, Jesús tiene sed de la fe de esta mujer.

El Maestro de Nazaret pide a la mujer: “llama a tú marido y vuelve”. Con esta petición le está interpelando para que examine su conciencia y revise cómo marcha su vida. Ella reflexiona y responde que no tiene marido.

Resulta interesante observar los nombres que se le dan a Jesús a lo largo del relato. Primero es sólo un judío, luego Señor, Profeta, Mesías y, finalmente, Salvador.

La samaritana deja el cántaro junto al pozo (con esta expresión, el autor quiere señalar que abandona los errores de su vida) y, después, va a comunicar a sus paisanos la fe que ha descubierto en su diálogo con Jesús.

El relato del evangelio del tercer domingo de cuaresma nos interpela. Ademas, nos invita a no acudir, para calmar nuestra sed, al agua turbia del placer egoísta o al consumismo desenfrenado.

Hagamos, como la mujer samaritana, nuestro propio éxodo personal pasando de la esclavitud de nuestras debilidades a la libertad de la gracia que no es otra que la libertad de los hijos de Dios. Que así sea.